Ponemos el número 4 encima del bizcocho de vainilla. Hacemos la misma ceremonia del cumpleaños anterior. Cada uno prende la vela y la sopla. Horacio lo hace al final. Aplaude ensimismado. María le entrega el dibujo de su prisma, enmarcado, envuelto en papel de regalo. Cuando nuestro hijo abre el papel se queda concentrado en la imagen, acariciando el vidrio que la protege. Se entretiene. Justo cuando, en su inocencia, la va a tirar al suelo, cojo la imagen y la guardo.
Marco saca de su auto una silla de ruedas. Subo a Horacio en ella y salimos a pasear. Tenemos suerte de vivir en un lugar alejado de la ciudad. Sin gente curiosa que haga preguntas al ver un niño que crece tan rápido. Después de andar por varios minutos, entramos en un bosque. Se nota que está fascinado con el canto de los pájaros. Mueve su cabeza de un lado a otro intentando detectar el origen de cada sonido nuevo. Seguimos caminando entre los árboles hasta que Horacio divisa a lo lejos una enorme casa abandonada, cubierta de enredaderas, en lo alto de una colina. La señala con tanta insistencia que enrumbamos hacia el lugar. Llegamos un poco agitados por el largo trecho. La puerta, cubierta de telarañas, está abierta. Cuando la cruzamos, Horacio señala el sótano. A nosotros no nos gusta la idea y damos media vuelta, pero mientras más nos alejamos, más fuerte llora Horacio. Volvemos a esa casa y después de mirarnos entre sí, con cara de qué le vamos a hacer, descendemos por la escalera crepitante, guiados apenas por la luz del encendedor de Marco. “Solo unos segundos” digo cuando llegamos al piso “porque esto da miedo”.
“No pasa nada” dice Marco, que acerca la luz a unos muebles viejos y a cuadros antiguos con retratos. “Quizás son los antiguos dueños” sugiere María. Es entonces cuando Horacio, mirando hacia cualquier parte, empieza a decir sus sílabas extrañas, con vehemencia, levantando el tono de su voz por ratos, alargando las vocales “a” y “e”. La forma en que esos sonidos retumban en las paredes del sótano es aterradora, como si varios niños nos hablaran a la vez. Todos salimos disparados de allí, mientras Horacio protesta con lloriqueos. Una vez en la casa, tomamos un vaso de limonada.
—¿No pasa nada, Marco? —digo mirando a mi amigo, un poco contrariado.
—Bueno, técnicamente, no pasó nada... Solo entramos en un sótano y tu hijo empezó a hablar de forma extraña —responde.
María carga a Horacio, tratando de calmarlo. Es la primera vez que llora así, como protestando porque no hicimos lo que él quería.
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La vida de Horacio
General FictionLa vida de Horacio es la historia de un niño con un ADN especial que nace el primero de enero del 2015. Página oficial: www.lavidadehoracio.com
