Capítulo 4

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Una gran fortuna

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—Te recuerdo que estamos en bancarrota, tarde o temprano perderemos nuestra propiedad. ¡La quiebra está a la vuelta de la esquina! ¡Incluso si quisieras, no tienes nada de valor que compartir con la hija de tu ex esposa! —Bárbara White le gritó a su esposo, quien parecía tener la boca cosida desde hacía bastante tiempo— ¿Estás escuchándome? ¡Cariño! ¡Oye, Elyan! —volvió a gritar y le quitó la botella.

Desde el incidente de la estafa, Elyan había estado ahogando su ira y tristeza con el alcohol. Por lo general ella lo dejaba solo y no le decía nada, pero hoy no podía permanecer callada.

La noche anterior, cuando Bárbara escuchó de labios de la criada que había llegado una joven que decía ser la hija de Elyan, pensó que solo se trataba de alguna loca callejera que intentaba crear problemas, pero cuando mencionó el nombre de "Candice White", no tuvo más remedio que recibir la inesperada visita. Había corrido de prisa hacia la entrada principal, solo para ver una escena asombrosa frente a ella. Candice White estaba de pie en el umbral, era la imagen exacta de su madre, tanto que llegó a pensar que Ayana Lanyer había vuelto a la vida.

—¡Cariño! ¿Qué vas a hacer con esa niña?

—Voy a enviarla de vuelta —dijo Elyan finalmente.

—¡Es muy fácil para ti decir eso!, sinceramente yo no creo que se vaya tan fácilmente, ¿acaso no escuchaste lo que te dijo? —replicó furiosa.

Candy había solicitado la ayuda del vizconde White para evitar que la casa principal de la familia Lanyer cayera en manos de un extraño. Sus palabras habían sido claras aunque las hubiera dicho con nerviosismo, y Bábara había tenido que reunir toda su paciencia para no echarla de inmediato.

—Señor, señora, el desayuno está listo. Lady Candy ya ha bajado y los espera en el comedor. —La voz de la criada al otro lado de la puerta detuvo el inminente arrebato de la vizcondesa.

—Eres elocuente, querida, sé que puedes convencerla para que se vaya por su propia voluntad, ¿verdad? —dijo el vizconde levantándose de su asiento, luego salió del lugar dejando atrás a su segunda esposa.

Después de haberle brindado comida y un lugar para pasar la noche, Elyan sentía que ya había hecho suficiente y estaba decidido a expulsar a esa hija suya. Él no tenía ni un atisbo de deseo en reconocerla y mucho menos ahora que ella solo aparecía para pedirle dinero descaradamente. La enviaría de regreso al campo, esa era su firme decisión, eso, hasta que llegó al comedor y vio a la muchacha que esperaba en silencio.

—Hola, padre... —saludó Candy con voz suave y clara después de levantarse de la silla.

«¿Padre?», repitió Elyan intCandymente mientras miraba a la joven damita frente a él.

Su cabeza estaba ligeramente inclinada y sus manos temblorosas entrelazadas en un intento por calmar su nerviosismo. Una cara pequeña con rasgos faciales limpios que evocaban buena voluntad, de constitución menuda y esbelta. Realmente se parecía a su madre, el único rasgo que parecía haber heredado de él era el cabello rubio.

Elyan tragó saliva y continuó examinando a su hija. A pesar del atuendo anticuado, la joven poseía una belleza que no podía ser ignorada. Si vistiera un hermoso vestido hecho de la más fina seda y adornara su cuello con brillantes joyas, seguramente opacaría la belleza de la princesa Olivia, quien era venerada como la dama más hermosa de todo el reino.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora