Capítulo 123

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Silencio bajo la escarcha

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William encendió un cigarro, un hábito que había retomado desde que ella se fue. Ya no estaba su tos para hacerlo sentir culpable por fumar cerca.

A través del humo espeso, se dibujaban recuerdos de Candy con su traje de campesina, caminando por la plaza. Siempre aparecía cuando la multitud se disipaba, atrayendo irremediablemente su atención.

Recordó el día en que Candy captó todas las miradas en el club de campo. William admitió que, como todos los demás, también había caído hechizado. No fue solo la emoción de la apuesta lo que lo llevó a perseguirla. Aquel juego infantil desató una onda expansiva que trastocó su vida.

Pudo haberse mantenido al margen, disfrutar de su soledad. Pero eligió cazar al ciervo como los demás, y cuando quiso detenerse, ya era tarde. Aún sabiendo lo que hacía, siguió adelante.

Cuando Candy descubrió la apuesta y lo enfrentó, todo se vino abajo. Quiso confesarse, redimirse. Anhelaba ser el esposo que ella había soñado. Ella lo colocó en el centro de su universo, pero él se negó a hacerla el centro del suyo.

«Trofeo, escudo contra Olivia, esposa deficiente». Las palabras de Candy lo paralizaron. Al final, solo había conseguido hacerle daño. ¿Por qué no había podido aceptarlo antes?

—Divorcio.

Esa palabra, pronunciada en voz baja, rompió lo que quedaba de sus defensas. Todo se había salido de control. Había creído que podía manejarlo, que siempre tendría la mano ganadora.

William alzó la vista hacia el cielo nocturno y soltó una nube espesa de humo, como si con ella pudiera disipar el hedor a fracaso.

—Divorcio...

A pesar de todo, sentía una punzada de simpatía por Candy. Seguía siendo su esposa, aunque ya no cumpliera con sus expectativas. Nunca se había decidido a liquidar su deuda emocional de la manera adecuada.

El sonido de un carruaje acercándose lo sacó de sus pensamientos. Se incorporó de la fuente con pasos firmes y silenciosos.


***

Bajo el sol invernal, los campos escarchados brillaban como diamantes. El crujir de la hierba helada bajo pasos delicados rompió el silencio. Candy se acercó a la casa solitaria al final del camino.

—Mi señora —la saludó Duman Royce desde los establos.

Candy bajó la capucha y le sonrió con calidez.

—Buenos días.

—¿Otro paseo matutino con este frío?

Candy asintió con una reverencia y entró en casa, donde la señorita Pony comenzó a quejarse de inmediato. Tras calmarla, Candy pudo retirarse a su habitación.

Después de leer un rato, desayunó con su abuela. Hablaron del invierno, de la artritis de la anciana y del ternero recién nacido. Había una regla implícita: no hablar del pasado en la ciudad.

Pasó la mañana resolviendo un crucigrama, disfrutando de la calma. Esperaba con ansias al cartero: quizás traería noticias del divorcio. Aunque su matrimonio había terminado tiempo atrás, solo faltaba la formalidad legal.

Salió a esperar al correo, envuelta en un chal de lana. Observó la calle desierta, el aire cortante y el cielo claro. Si no llegaba hoy, llegaría mañana.

Regresó a casa, planeando una tarde sencilla: ordenar libros, tejer medias nuevas, hornear un pastel de canela.

—¡Su Alteza!

Estaba por entrar cuando oyó la voz.

—¡Su Alteza!

Candy reconoció la voz y se giró.

—¿Lisa?

Una joven alta corría por el sendero con una maleta. Al verla, Candy no lo podía creer. Lisa dejó su equipaje, se sujetó el sombrero y corrió hacia ella, el rostro cubierto de lágrimas.

Lisa cayó en sus brazos, sollozando sin control.


***

Al caer la noche, la casa Harbour bullía de invitados. Familias nobles llegaban en carruajes engalanados. Era un espectáculo digno de la aristocracia.

El carruaje de William De Ardley llegó cuando la fiesta ya había comenzado. Al enterarse, la marquesa de Harbour no pudo ocultar su emoción.

—Me alegra tanto verte, William —dijo, conteniendo la exaltación—. Espero que la Gran Duquesa regrese pronto, cuando recupere su salud.

—Sí, regresará pronto —respondíó William, mirándola de frente.

Entre los rostros conocidos, William se desplazaba con su característica sonrisa. Respondía a las preguntas repetidas sobre Candy con elegancia, prefiriendo eso al silencio incómodo que reinaba en su estudio ante el retrato de su esposa.

—¿No bailaron ustedes en esta misma fiesta? —comentó una condesa—. Recuerdo admirarlos tanto aquella noche.

William sonrió. Gracias a Candy, había aprendido a mantenerse sereno ante comentarios hirientes.

—¿William, estás bien? —preguntó Adrien en voz baja.

William sostenía su copa con desgana. Sabía que su hermano solo estaba allí para vigilarlo, por mandato de su madre.

—¿Qué estilo preferirías para mi próxima caída en desgracia? —se burló William.

Recorrió el salón hasta llegar a la esquina donde Candy se había refugiado aquel año, demasiado tímida para unirse a la fiesta. Miró a Adrien, que lo observaba en silencio.

—Honestamente, no se me ocurre nada mejor que esto —murmuró.

—¿Por qué te comportas así? Madre está muy preocupada. Y padre también.

—Gracias por tu preocupación. Estoy bien.

—William...

—Tengo una niñera que me canta canciones, así que no te inquietes.

William sabía que estaba diciendo tonterías, pero el constante eco del nombre de Candy lo había alterado. Dejando atrás a Adrien, se unió a un grupo bullicioso.

La fiesta, en realidad, le resultó aburrida. Bebía más de lo habitual. Cuando sintió que perdía el control, se excusó y se dirigió a los pasillos del ala este, donde el bullicio se disipaba.

Pensamientos de poesía cruzaron su mente, hasta que un grito interrumpió el silencio. El mismo miedo que había visto en Candy aquel día.

¡Teatro barato de una mujer ebria!

William suspiró con fastidio y giró en dirección al sonido. Sus pasos resonaron con fuerza por el pasillo mientras avanzaba decidido.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora