Capítulo 121

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La carta que nunca esperó

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Querido William,

Lamento haberme marchado de esta manera. Sé que está mal, pero no podía quedarme ni un minuto más. No me atreveré a pedir tu comprensión, porque sé que lo que he hecho no tiene perdón.

William, creo que nuestro matrimonio ha llegado a su fin. Ya no tengo la confianza para seguir siendo una florecita complaciente. Ya no puedo sonreír como antes. Se ha vuelto demasiado doloroso y difícil continuar como tu esposa.

William dejó caer la carta sobre la mesa y encendió un cigarro. Inhaló con fuerza, exhaló el humo con lentitud, y luego soltó una carcajada seca. La había leído varias veces, pero cada palabra le seguía pareciendo más absurda que la anterior. Pensó que lo estaba haciendo bien, que finalmente había encontrado un equilibrio. Y justo cuando bajó la guardia... lo mordió el destino.

Gracias por todo el tiempo que compartimos.

Aunque el matrimonio que imaginaste no fue el mismo que yo soñé, fuiste generoso conmigo. Me diste tantos regalos, tantas bendiciones. Pero al final, solo te causé dolor. No supe ser una buena esposa.

Quise hacer lo correcto, cumplir con mis responsabilidades, pero entiendo ahora que eso solo nos conducía a un sufrimiento mayor. No me necesitas como trofeo, ni como escudo. Y yo... ya no deseo ser la esposa de un hombre al que ya no amo.

Ese párrafo, en particular, le provocó una sonrisa amarga.

—Un hombre al que ya no amo... —repitió en voz baja, con ironía.

La carta sonaba como la pataleta de una niña caprichosa, haciendo pucheros porque no obtuvo lo que quería. ¿Eso era todo? ¿Se marchaba porque ya no lo amaba?

La imagen del caos de aquella madrugada lo golpeó de nuevo. Recordó la desesperación de no encontrarla.

—¡Encuéntrenla! ¡Candy! ¡Busquen a mi esposa!

Despertó a todo el palacio. Dio órdenes sin sentido, en un frenesí que desbordaba angustia. El mundo se le vino abajo. Fue como si le arrojaran agua helada en el rostro: el alcohol se disipó de golpe, dejando solo el vértigo del miedo. Su corazón se aceleraba sin control, su mente era un torbellino de pensamientos oscuros y catástrofes imaginarias.

—Candy...

Su nombre le ardía en la garganta. Pensó que perderla lo enloquecería, y tal vez lo habría hecho si la señora Morris no hubiera aparecido con la carta entre las manos.

Volvió a tomar el papel y siguió leyendo.

Te debo mucho, y por eso creo que lo mejor es terminar aquí, antes de endeudarme aún más con un matrimonio que ha perdido su sentido.

Ojalá pudiera despedirme como se debe, pero no puedo soportarlo más. Me voy así. Necesitarás tiempo para organizar tus pensamientos.

Gracias por todo. Siento no haber sido capaz de corresponder tu bondad.

He dejado mi libreta bancaria, con todos mis ahorros, para saldar la deuda que siento tener contigo por haber invertido en mí.

Volveré a Bertford. Cuando estés listo, podremos hablar del adiós.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora