Una noche en paz
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—William.
Candy susurró su nombre mientras él se detenía en la entrada del dormitorio. Ella parpadeó, intentando disipar la bruma de aturdimiento que nublaba su mente. Sus ojos buscaron los de él mientras se acercaba; el cabello suavemente despeinado de William se movía con la brisa que entraba por la ventana entreabierta.
—Pareces cansado —dijo Candy, avanzando hacia él—. ¿Estás bien? —susurró con suavidad.
La preocupación creció en su pecho al ver a aquel hombre tan distinto y, al mismo tiempo, tan familiar. Como era habitual, William respondió con una sonrisa, dejando escapar una breve risa. El mismo de siempre. Sus palabras no eran las que él esperaba, pero en lugar de irritarlo, le provocaron esa risa tan suya, tan resignada.
Se sentó en el borde de la cama y recorrió la habitación con los ojos enrojecidos. A Candy le vinieron a la mente recuerdos del verano sofocante, del vaivén de las cortinas agitadas por el aire cálido, y de cómo la presencia de la hermana del poeta muerto lo había distraído al punto de olvidar que el verano ya agonizaba.
William nunca había creído que el trabajo pudiera agotarlo de esa forma. Siempre tan práctico, tan dado a resolver cualquier asunto con eficiencia, no se dio cuenta de que el peso constante de las decisiones estaba comenzando a deshilacharlo por dentro. Se sentía como una cuerda tensa, a punto de romperse.
Estaba exhausto.
Se cubrió los ojos con una mano, intentando aliviar el ardor, y le dirigió una sonrisa cansada a Candy. Sus miradas se encontraron poco a poco, y los ojos claros y brillantes de ella reflejaron preocupación.
La reunión con los ministros se había prolongado más de lo previsto. Aunque Adrien le insistió en que descansara en palacio, William se empeñó en volver a casa con su esposa.
Sabía que había algo irracional en su obstinación, pero no le importaba explicárselo a sí mismo. Solo quería verla. Y se alegraba de que aún no estuviera dormida.
La había extrañado.
—¿Ha pasado algo más? ¿Ese libro te causó problemas? Lo vi —dijo, lanzando una mirada fugaz al volumen sobre la mesita de noche—. Quise entender mejor lo que estaba pasando. Lo siento, necesitaba saberlo... pero ahora estoy más confundida que nunca, William. ¿Podrías explicármelo?
—Más tarde —respondió él.
Alargó la mano y desató la cinta de su camisón. Candy comprendió su intención cuando sus manos subieron hasta sus pechos.
—¡William! —exclamó ella, pero sus protestas se disiparon en el beso que él le robó.
La besó con una intensidad que hizo que su lengua invadiera su boca sin pedir permiso. Le bajó el pijama, dejando su torso al descubierto.
—Más tarde, Candy —susurró, recostándola con delicadeza mientras su sombra se cernía sobre ella—, más tarde.
Le retiró el pijama por completo y se inclinó para sujetarla contra el colchón. La besó por todas partes: mejillas, orejas, labios, nuca. El cuarto se llenó del sonido urgente de los besos en la penumbra.
—William, espera, el bebé —dijo ella con voz temblorosa cuando la mano de él recorrió el leve abultamiento de su vientre y descendió más. Candy intentó resistirse con mayor firmeza.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
