Capítulo 124

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El lirio olvidado

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Connor Heinz se sorprendió al ver al Perro Loco de Fairsfren. Al volverse hacia el príncipe, notó una expresión igualmente desconcertada en su rostro. William lo observaba con la cabeza ligeramente inclinada.

—Hola, Heinz —dijo William en voz baja—. ¿Nos volvemos a encontrar?

Al principio, el tono suave de su voz y su cálida sonrisa parecían amistosos, pero cuando Connor se tensó, la doncella sentada al final del sofá se alejó discretamente, en busca de refugio.

«Una vez te ofrecí advertencias amables, pero ahora simplemente me rechazas.»

William rió entre dientes mientras despedía a la criada con un gesto. Connor recordó el año anterior, cuando había sido humillado frente a todos.

Los pasos de la sirvienta se desvanecieron por el pasillo, y William se acercó lentamente, con la calma de quien no ve a su presa... o como si se acercara a un amigo. Pero se cernió sobre él con tal presencia que impedía a Connor ponerse de pie.

—Dime, Heinz, ¿tienes algún apego especial a esta habitación?

—Apártate de mi camino —gruñó Connor.

—Eso ha sido grosero —respondió William con frialdad—. Te hice una pregunta.

—¿Y qué te importa?

Connor intentó contener su ira, pero era una batalla perdida desde el inicio. William mantuvo su mirada fija, impasible, dejando a Connor inseguro sobre lo que realmente pasaba por su mente. Connor trató de sostenerle la mirada, pero no fue tan osado como el príncipe.

—No es lo que piensas. Ella... la chica intentó seducirme primero.

—¿De verdad? —preguntó William con voz neutra. El mismo argumento patético que usó con Candy.

William recordaba con vívidos detalles el verano anterior y los comentarios vulgares que Connor había hecho sobre su esposa. Pero Candy, como siempre, le sonreía dulcemente y se mantenía a su lado. Ella soportaba tanto... y aun así, siempre se preocupaba por él. Incluso cuando ese imbécil intentaba intimidarla.

La imagen de Candy esperándolo al final del puente se apoderó de su memoria. Ella no tenía un plan, simplemente lo esperaba. Le había dicho que sentía que siempre estaría ahí, aguardándolo.

En retrospectiva, Candy siempre lo había esperado con una sonrisa serena y un brillo en la mirada, como las luces que bordeaban el río Abit.

William creyó que todo estaba bien porque ella sonreía.

Una sonrisa más tarde desmentida por palabras que aún lo perseguían: trofeo, escudo contra Olivia, esposa deficiente.

Entonces él pensó que ella estaba bien.

William sonrió y cerró los ojos un instante. Cuando los volvió a abrir, su rostro había recuperado esa frialdad habitual. Toda emoción había desaparecido.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó con calma cuando Connor intentó escabullirse a su alrededor.

Connor, sin pensarlo dos veces, se apresuró a huir. A pesar del alcohol, logró esconderse tras una columna. Pero William lo siguió a paso firme, con largas zancadas cargadas de determinación.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora