Capítulo 112

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La Bruja y la Santa

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La señora Morris entró al dormitorio del Gran Duque y lo encontró sentado en el balcón, con una copa de whisky en la mano. A pesar del reciente revuelo, lucía de buen humor, como si la preocupación no tuviera espacio en su alma.

—Realmente es deplorable, alteza —dijo con severidad.

William ni siquiera giró la cabeza. Seguía hojeando el correo con una sonrisa, indiferente a su comentario. La señora Morris ya había revisado la correspondencia y solo dejó lo que requería atención. Una carta del banco bastó para cambiar la expresión del joven noble.

—Preparen el carruaje. Saldré en treinta minutos.

—¿Por qué no toma un descanso? —sugirió la señora Morris—. Ha trabajado demasiado últimamente. Sé que es joven y fuerte, pero el cuerpo siempre cobra la factura.

—Y si me enfermo, le pediré a mi niñera que me cante una canción para dormir —bromeó William, sin despegar la vista del periódico.

La portada aún hablaba de la princesa Olivia. Una cantante de ópera revelaba, con lujo de detalles, su presunto romance con el príncipe infiel. Mientras mordía una manzana, William pensaba que a veces uno debía cargar secretos hasta el fin de sus días.

La actriz había sido bien pagada para interpretar un papel: pintar al heredero como un infiel. Guardaría ese secreto por siempre. A él no le importaba. Ya le había asegurado a Candy que no había nada que temer.

Pensó en ella. Candy. El deseo lo invadió. Recordó la noche anterior, y mientras reía solo, comprendió por qué le resultaba tan difícil mantenerse alejado. Se había escabullido de su cama en silencio, procurando no despertarla. Se bañó en su habitación, y cuando terminó, ya era casi mediodía.

—¿Tienes algo que decirme?

Esa imagen de Candy, con los ojos llorosos, se le apareció mientras contemplaba el jardín desde el ventanal. No tenía sentido ocultárselo, pero tampoco quería alterar su descanso. Planeaba hablar con ella al regresar de unos pendientes. Cenarían juntos y entonces se lo contaría.

William se lamió los dedos manchados de jugo y dejó el corazón de la manzana sobre la mesa. Se levantó, se ajustó el abrigo y salió al pasillo. La señora Morris lo esperaba con los brazos cruzados.

—¿Tiene algo que decirme, alteza?

Estaba más rígida que de costumbre, pero en su mirada se escondía una leve chispa burlona. Él notó el gesto y sostuvo su mirada.

—Mi niñera seguiría siendo muy bonita, incluso si tuviera nietos —dijo él, con media sonrisa.

La señora Morris soltó una risa extraña, inesperada. Era severa, pero esa frase logró vencer su coraza.

—Te ves mucho mejor cuando sonríes —agregó William.

—Alteza...

—Hablo en serio.

Su voz era cálida, casi paternal. Ella asintió, sabiendo que el muchacho había llegado a su límite.

—Ha pasado por muchas cosas, señor.

Se hizo a un lado para que él pasara, como siempre lo había hecho desde niño. Antes de que subiera al carruaje, ella le hizo una reverencia más profunda que de costumbre. Cuando él le sonrió, volvió a ver en su rostro al niño travieso que solía regañar.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora