En el nombre del amor y el abismo
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Candy volvió a colocar la flor que había quitado del sombrero. Resultaba gracioso verlo tan adornado, aunque sin ningún otro accesorio, lucía un tanto extraño.
—¿Está segura de que quiere ir? ¿Por qué no se queda aquí y se relaja un poco más? —preguntó Lisa.
—Ya he descansado demasiado.
Candy completó el sombrero con una sola flor y se lo colocó con determinación. Había tomado la decisión de dirigirse al Palacio de Verano, donde residía la Familia Real. Aún no había ofrecido una disculpa adecuada por el incidente durante el picnic, y sentía que era su deber hacerlo.
—Su Alteza, ¿qué pasa con estas flores? —dijo Lisa, señalando una pila de ramilletes desechados sobre la mesa.
Candy miró las flores que había preparado. Eran hermosas, aunque incluso las flores artificiales podrían deteriorarse con el tiempo. Se preguntó si una persona podría vivir su vida como una flor: bella e inofensiva.
Espantó ese pensamiento de su mente, se ajustó la base del sombrero, se colocó los guantes y tomó su sombrilla antes de dirigirse al carruaje que la esperaba frente a la mansión.
Aunque el Palacio de Verano se encontraba dentro de los muros del Palacio Surwhich, el ambiente en la orilla era marcadamente distinto. Al detenerse el carruaje, los cantos de las gaviotas y el suave vaivén de las olas inundaron sus sentidos, acompañados del fragante aroma de las rosas.
Al bajar, notó que no era la única invitada de ese día. Otro carruaje, con el escudo de la distinguida familia del duque Heine, también había llegado.
En el extremo opuesto del jardín, se hallaba una pequeña mesa de té dispuesta para tres personas. Era el mismo lugar donde había conocido a la reina por primera vez, a finales del verano pasado.
Candy contempló la pérgola, ahora adornada con rosas en plena floración, y se volvió hacia Diana De Ardley, quien le sonreía con la misma benevolencia del primer día. A pesar de la creciente culpa que sentía, no pudo evitar agradecer en silencio el inquebrantable cuidado que la reina le ofrecía. A su lado, la princesa Sarah le dirigió una mirada cargada de desaprobación.
—Lo siento mucho. Por mi culpa, todos...
—Candy —interrumpió Diana—, dejemos eso atrás. No debes culparte, tú cargaste con lo peor. No hay necesidad de pedirnos perdón, ¿verdad, Sarah?
Sarah miró a su madre, retada a responder, y simplemente dejó escapar un suspiro lánguido.
—Bueno, no olvidemos quién llevó la carga más pesada: mi hermano. Él trabajó incansablemente para resolverlo en tu nombre, Candy.
—¡Sarah! —reprendió Diana con severidad.
—Lo sé, por supuesto. Entiendo que ella no se siente del todo cómoda con esta situación. Para ella es un asunto privado relacionado con su padre, pero... ah, lo olvidé, ya no es su padre.
Incluso al bajar la cabeza, Sarah sostuvo una mirada cínica hacia Candy, como si albergara una desconfianza tan arraigada que no pudiera disiparse con facilidad.
—Bueno, en todo caso, felicidades. Y hablando de eso, perdona mi tardanza en desearte lo mejor por tu embarazo.
—Gracias —respondió Candy con una suave sonrisa, juntando conscientemente las manos sobre su vientre.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
