Cuando finalmente dejó de nevar
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La suave luz del fuego bastaba para impedir que la habitación quedara sumida en la oscuridad. Apenas despuntaba el primer indicio del amanecer cuando el débil sonido de una puerta al abrirse y cerrarse se filtró en el silencio.
William se movía con extremo cuidado, procurando no hacer ruido mientras se acercaba a la cama donde Candy dormía. Ella parecía tan tranquila que el alivio lo golpeó con una fuerza inesperada, casi dolorosa.
—Ah, Alteza... —susurró una enfermera, sobresaltada por la repentina aparición del príncipe.
William llevó un dedo a los labios de inmediato.
—Por favor, guarda silencio. Ve a descansar un poco —pidió en voz baja.
—Pero...
—No hay peros. Yo me quedaré con ella.
Le dedicó una sonrisa serena y tranquilizadora. La enfermera dudó un instante, pero finalmente asintió y salió de la habitación.
El silencio regresó, suave y envolvente. William observó a su esposa dormida. Candy siempre había sido así: incluso herida, había ocultado su propio dolor para atender primero a los demás. Aquella entrega silenciosa era una de las cualidades que más profundamente lo conmovían.
Con cuidado, apartó un mechón de cabello de la mejilla de Candy y dejó al descubierto el vendaje que cubría varias laceraciones de su rostro. Los médicos le habían asegurado que no quedarían cicatrices graves, aunque los cortes en brazos y espalda —donde se habían incrustado fragmentos de vidrio— habían requerido suturas. Durante todo el proceso, Candy había sonreído, incluso cuando su piel palideció y el sudor frío empapó su frente.
Estoy bien.
Había repetido esas palabras una y otra vez, como un mantra que tensaba los nervios de William.
Se esforzó por no mostrar lo que sentía, imitando su entereza. No quería inquietarla. En ese silencio, creyó comprender al fin parte del comportamiento de Candy: aquella costumbre de fingir fortaleza cuando todo dentro de ella se quebraba.
—¿William...?
La voz somnolienta lo sobresaltó. No se había dado cuenta de que se había quedado dormido. Cuando sus miradas se encontraron, Candy esbozó una sonrisa cansada. Ella se incorporó lentamente para mirarlo mejor; el resplandor de la chimenea los envolvía a ambos en una luz suave, casi irreal.
—¿Estás bien? —preguntó Candy, observando las vendas de su rostro y sus manos apretadas, marcadas por cortes y moretones.
—Como puedes ver, estoy bien.
Una punzada de vergüenza cruzó el rostro de Candy y desvió la mirada hacia el fuego. Buscó palabras, pero su mente regresó al susurro que William le había dejado en el oído horas antes: Te amo, Candy.
Cuando el silencio se volvió incómodo, William se puso de pie.
—Descansa, Candy —dijo con una sonrisa amable, casi distante.
Ella lo vio dirigirse a la puerta y, sin pensarlo, habló:
—William, no te vayas.
Él se detuvo y giró la cabeza, sorprendido.
—Quédate conmigo.
—¿Candy...?
—Quiero intentarlo de nuevo. Sigues siendo mi esposo —dijo, con las mejillas encendidas, pero la voz firme—. Además... dijiste que me amabas.
La última frase le tembló apenas.
William la observó en silencio y suspiró. Regresó a la silla. Aquellas palabras tiraban de él con suavidad, como riendas invisibles, y no las rechazó. Candy se hizo a un lado en la estrecha cama y William dejó escapar una breve risa.
—¿De verdad quieres ofrecerme esta cama tan costosa?
—Esta cama no es mía —respondió ella con calma, sosteniéndole la mirada.
William aceptó la invitación y se sentó junto a ella. El aroma familiar de Candy, inalterado por el tiempo y el caos, le rozó los sentidos. Se acomodó a su lado con una serenidad largamente postergada.
Poco a poco, la distancia entre ambos desapareció. Sus manos se rozaron, los hombros se tocaron y, finalmente, quedaron uno frente al otro, mirándose como si el mundo exterior hubiera dejado de existir.
William la rodeó con cuidado, como si temiera que pudiera huir al menor movimiento. Candy, en cambio, se entregó con confianza y se acomodó en su abrazo.
—¿Has dormido desde ayer? —susurró ella.
—No.
Permanecieron así, en silencio, durante largo rato.
—William... nuestra hija no se fue por tu culpa.
Los dedos de él se detuvieron en su cabello.
—Llevaba días sintiéndome mal. El médico había venido varias veces —continuó Candy—. Aquella noche pude haberte rechazado, pero no quise.
—Candy...
—Dormimos juntos. Nuestro bebé estaba entre nosotros. Me abrazaste así... —cerró los ojos—. Creo que encontró consuelo en tu abrazo. Esa fue la única noche en que pude dormir en paz.
Acarició el rostro de William con ternura.
—Recordaré a mi hija por esa noche. Espero que tú también.
William la miró largo rato, los ojos enrojecidos.
—Has mostrado tu mejor carta —dijo finalmente.
Candy negó con la cabeza y sonrió.
—Todavía guardo algunas cerca del corazón.
La risa se apagó y, sin saber quién dio el primer paso, se abrazaron. Se besaron con cuidado, como si fuera la primera vez. Una y otra vez, hasta que el calor los envolvió y los besos se hicieron más profundos.
—William, te amo —susurró Candy.
—Lo sé —respondió él, antes de besarla de nuevo.
Sarcástico, sí. Pero Candy decidió perdonarlo. Besaba demasiado bien.
***
La baronesa Lanyer avanzaba con paso decidido por el largo pasillo del hospital. Poco le importaban las formas cuando se trataba de su única nieta.
Había recibido la noticia del accidente la tarde anterior, y luego, con inmenso alivio, la confirmación de que Candy estaba a salvo.
—El Gran Duque también se encuentra allí, baronesa —informó un asistente mientras la guiaba.
La baronesa irrumpió en la habitación, seguida por la señora Pony.
—Candy, cariño... —exclamó entre sollozos.
Se detuvo en seco. La cama estaba ocupada, pero su nieta... sino William. Justo cuando iba a retirarse, avergonzada, vio a Candy profundamente dormida, acurrucada en los brazos del príncipe.
—Oh, Dios mío...
Se cubrió la boca con el pañuelo y retrocedió, horrorizada. La señora Pony se persignó apresuradamente y la siguió fuera.
Cuando la puerta se cerró, la habitación volvió al silencio. Candy respiraba profundamente, ajena a todo. El divorcio había quedado atrás.
El Gran Duque y su esposa dormían juntos, mientras una fina franja de luz invernal se colaba entre las cortinas.
Era mediodía, un luminoso día de finales de invierno, cuando finalmente dejó de nevar.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
