Cabello rubio
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No había palabras para describir lo maravillosos que fueron los días en Bertford: estar en una casa con un William cálido y considerado, y una familia amorosa. Cada día transcurría como un sueño, en el paisaje de su ciudad natal que tanto había echado de menos.
Después de mirar alrededor del jardín, Candy pasó un rato con su abuela en su habitación, charlando. La baronesa Lanyer estaba ocupada con un mosaico y Candy se sentó a su lado para hablar sobre los eventos planeados del día. Habría sido un día tranquilo, pero el hilo estaba a punto de agotarse.
—Candy, querida, ¿podrías pasarme el hilo rojo del cajón?
Candy corrió hacia el cajón. Al apresurarse hacia el escritorio donde la baronesa guardaba el hilo de repuesto, notó una pequeña pila de periódicos. Vio su propio rostro mirándola fijamente desde una imagen en la portada. Era una fotografía de su boda, pero el titular decía que la Gran Duquesa había sido atacada por un loco esquizofrénico.
—¿Ya no queda hilo rojo? Debería haberlo —dijo la baronesa—. ¿Candy? Querida, ¿qué estás haciendo?
Candy no respondió. En su lugar, la habitación se llenó con el suave susurro del papel al crujir.
—Abuela, ¿por qué guardas esto? —Candy se puso de pie, sosteniendo la pequeña pila de papeles. El humor de la baronesa Lanyer cambió cuando se dio cuenta de su error—. No eres el tipo de persona que acumula estas cosas, abuela, pero ¿por qué guardas estas tonterías?
—Oh, Candy, no es así —la baronesa sacudió la cabeza—. Tengo esos papeles por los crucigramas, eso es todo.
—Por favor, no, abuela, si lees estos artículos, solo te enfadarán y pensarás que soy una mala nieta.
Candy se dio cuenta de que había reaccionado de forma exagerada y había perdido el control de sus emociones. La baronesa probablemente se había preguntado cómo veía el resto del mundo a la Gran Duquesa, que las cartas que Candy había enviado estaban llenas de mentiras sobre cómo le iba.
Sabía que no debía reaccionar de esa manera, pero saberlo no la ayudaba a controlar sus emociones. Se sentía como si algún pequeño secreto sucio, que había estado tan bien escondido, finalmente hubiera salido a la luz.
Candy había venido a la casa Lanyer para olvidarse de los problemas de la ciudad. Toda su ira reprimida hacia un lugar tan cruel salió de golpe y arremetió contra la persona equivocada: su abuela. La culpa la invadió mientras permanecía allí, tratando de pensar en una forma de deshacer su error.
—Sabes muy bien que me gusta hacer los crucigramas, Candy.
Candy se quedó sin palabras.
—Si no te gusta, te prometo que no lo volveré a hacer.
No encontraba las palabras para responder.
—Candy, ¿mi niña?
—Voy a tirar todo esto a la basura —murmuró en voz baja, mientras miraba la pila de periódicos.
—¿Estás enojada?
—No —Candy pudo sentir cómo se le formaban lágrimas—, no es eso. —Dejó escapar un largo suspiro y agachó la cabeza, avergonzada—. Voy a salir a caminar.
Candy salió apresuradamente del dormitorio de su abuela, dejando la poco convincente excusa flotando en el aire. Su respiración se volvió sofocante y sus piernas temblaban. Estaba bien, intentó decirse a sí misma, pero las palabras no surtieron efecto.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
