Capítulo 118

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Una habitación, una promesa

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Lucien Dax se dirigió a la recepción de la residencia del Gran Duque con el porte de quien pisa terreno conocido, pero en el pecho le latía el corazón con la emoción de una primera vez. Era un renombrado decorador de interiores, habituado a los lujos del Palacio Real y visitante frecuente de la mansión ducal. Sin embargo, aquel día no iba a encontrarse con el Gran Duque, sino con la Gran Duquesa. Y eso lo transformaba todo.

En Fairsfren, ella era mucho más que un título: se había convertido en un fenómeno. Su nombre resonaba en conversaciones, salones y páginas impresas. Antes también era objeto de rumores, pero la narrativa había dado un vuelco. La princesa, acusada de bruja, había sido quemada metafóricamente en la hoguera pública, y de sus cenizas había emergido la auténtica heredera. Una figura renacida, casi mítica.

—Su Alteza, señora Morris, el diseñador, el señor Dax, ha llegado —anunció en voz baja una anciana tras golpear la puerta.

Lucien tragó con dificultad, conteniendo su ansiedad, y alzó la vista hacia la imponente puerta tallada, que exhibía el escudo De Ardley. Había trabajado para reinas, para la princesa Sarah y la infame Olivia, pero esta era una adición inesperada a su ilustre lista.

—Oh, sí. Por favor, que pase —respondió una voz clara, serena y con una dulzura que desarmaba.

Inspiró profundamente antes de atravesar el umbral. No había visto a la Gran Duquesa durante el proceso de redecoración y jamás imaginó que lo recibiría en persona. Pero allí estaba la fortuna, extendiéndole una invitación.

—Mi respeto a Su Alteza —dijo Lucien, inclinándose con una gracia impecable frente a la figura femenina que lo esperaba en el salón.

—Bienvenido, señor Dax —respondió la Gran Duquesa. Su voz era de una suavidad delicada, casi luminosa, y estaba llena de esa risa silenciosa que acompaña a las mujeres que han aprendido a sonreír incluso cuando el alma guarda silencio.

Lucien tomó asiento, manteniendo la compostura, pero en cuanto alzó la vista y sus ojos se encontraron con los de ella, comprendió de inmediato la razón de tantos comentarios. La reputación de la Gran Duquesa como alguien de "dos caras" no era una burla cruel, sino una verdad a medias: en persona, su presencia era de otro mundo.

Frágil y menuda, parecía casi una niña. Pero su postura recta y su expresión contenida hablaban de una mujer consciente de su papel y de su valor. Y sus ojos... aquellos ojos serenos y claros, de un tono imposible de nombrar, le miraban con una calma que atrapante.

—He oído que hiciste un trabajo espléndido en el dormitorio. Gracias por tu dedicación —dijo ella, y su sonrisa bajo la luz otoñal se sentía como una caricia.

¿Quién era más hermosa, la Gran Duquesa o la princesa Olivia? Ahora que la tenía frente a él, la respuesta se revelaba sin duda: la Gran Duquesa.

No es que Olivia no poseyera su propio encanto, pero Candy... Candy era otra cosa. Su belleza no gritaba, no exigía atención. Su hermosura era de esa clase que uno descubre lentamente, como un poema que se comprende mejor en la segunda lectura.

—¿Señor Dax?

La voz suave lo despertó de su ensoñación. No se había percatado de su silencio prolongado. Carraspeó, incómodo, tratando de disimular el rubor. ¿Cómo alguien como el príncipe podía haber sido criticado por elegirla? La gente debía estar ciega. O, tal vez, aún hechizada por la difunta bruja de Massvrill.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora