Un día terriblemente largo
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—¿Por qué hiciste eso? —preguntó Candy. Había estado en silencio durante casi todo el viaje en carruaje de regreso a casa y sólo habló cuando el palacio apareció a la vista—. ¿Por qué atacaste así a Abel?
Su cabello, enmarañado y cubierto de hierba, enmarcaba un rostro pálido. Contrastaba drásticamente con la mujer radiante que había salido de su habitación esa mañana. Lo que normalmente le habría inquietado de su apariencia, ahora parecía irrelevante.
Candy giró lentamente la cabeza y miró a William, que estaba sentado a su lado. Él tenía los ojos cerrados, el rostro impasible, como si durmiera.
—¿William?
—Cállate, Candy —suspiró él—. No digas nada más.
Abrió los ojos y la miró. En sus fríos ojos azules brillaba una chispa de ira que le heló la sangre. Ella se quedó sin palabras; solo movía los labios, incapaz de emitir sonido alguno. William volvió a cerrar los ojos.
Un trofeo ganado mediante una apuesta.
Las crueles palabras resonaban en la mente de Candy como un eco doloroso. Sintió cómo le atravesaban el pecho, con una fuerza casi física. Sabía que, en el fondo, lo que compartía con William no era amor, pero había creído que al menos había algo de sinceridad. Quizás algo de compasión hacia una mujer desdichada que había acabado en una situación humillante.
Pero ni siquiera eso. Ni lástima le merecía.
Al darse cuenta, una tristeza insondable se instaló en su corazón, opacando cualquier atisbo de ira.
Había creído en él.
A pesar de todo, William había sido la única persona que la protegió en aquel mundo cruel. Por eso lo amaba.
Y fue precisamente en ese instante, cuando se le rompió el corazón, que Candy comprendió cuánto lo amaba.
Fue la noche en que sus miradas se encontraron bajo el paraguas que los resguardaba de la lluvia helada. Fue cuando los fuegos artificiales iluminaron el cielo nocturno en la fiesta del puerto. No... quizá fue antes, en la sala de exposiciones semioscura del museo, cuando el príncipe le besó el dorso de la mano. Ya entonces su corazón se aceleraba con solo ver su sonrisa.
La tristeza y la autocompasión la invadieron. Un trofeo de una apuesta. No había sido más que eso para él. Le había entregado el corazón, cayendo ingenuamente en su trampa. Se sentía ridícula.
Su corazón se hundió aún más. Él había sido su salvación, pero ella no era más que una ficha en su juego. Intentó contener las lágrimas, pero la vista ya se le nublaba. Deseaba gritar, discutir, hacer algo con ese dolor que la estaba desgarrando.
No importaba cuán deteriorada fuera su reputación: él seguía siendo el siguiente en la línea del trono, un hombre que podía casarse con quien quisiera. Pensar que para él ella era solo un trofeo hacía su matrimonio aún más absurdo. Ya no podía culpar únicamente a William.
Candy sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros: proteger la mansión de Lanyer, pagar las deudas de la familia White, enmendar los errores de su padre, aún motivo de escándalo. Todo eso pesaba sobre ella. ¿Cómo atreverse siquiera a reprocharle algo al hombre que había hecho tanto sin pedir nada a cambio?
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
