Capítulo 115

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Cuando el silencio habla

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«El bebé se ha ido.»

Cuando William cruzó el umbral de la habitación de Candy, ya lo sabía. No porque alguien se lo hubiera dicho, sino porque el aire estaba denso de un modo que sólo conoce el que ha estado cerca de la muerte. Las criadas, con los rostros tensos, retiraban las sábanas manchadas de sangre. Todo olía a medicamentos, a humedad y a algo metálico, persistente.

El médico se le acercó, murmurando disculpas y palabras que ya había repetido demasiadas veces. Pero William no lo escuchó. Caminó directo hasta la cama. Candy yacía inconsciente, tan pálida que parecía esculpida en cera. Su piel reseca, el cuerpo apenas respirando, le helaron el corazón.

William tragó saliva con dificultad y se inclinó para no perder el equilibrio. Ella suspiró, un suspiro apenas audible, y él buscó con la mirada la palpitación leve de su cuello. Seguía viva.

—Necesita reposo, Alteza. Le he administrado un sedante —dijo el médico desde una distancia prudente—. Su Alteza estaba más débil de lo previsto. El sangrado fue profuso y... o perdíamos al bebé o a ella. Lamento profundamente...

—Ve al punto —interrumpió William, con la voz hecha hielo.

—Su cuerpo podrá concebir de nuevo, con tiempo. Pero esta vez no fue posible.

William asintió, una sola vez. El médico y sus enfermeras se marcharon, y las criadas hicieron lo mismo, dejando la habitación en un silencio denso y húmedo.

Él apagó la lámpara. La oscuridad abrazó la habitación, interrumpida solo por el tenue resplandor de la luna filtrándose por la ventana abierta. Un viento frío trajo consigo un vago olor a río, a pescado, a algo lejano.

Se sentó en una silla junto a la cama y observó a Candy, dormida como si flotara entre dos mundos. Quiso levantarla, llevarla a una habitación limpia, cambiarlo todo... pero no se atrevió a perturbar ese frágil sopor. Le tomó la mano: estaba helada.

«El bebé se ha ido.»

Lo repitió, sin lágrimas, sin sobresalto. Era un hecho. Cuando el calor volvió, lentamente, a los dedos de ella, su mente comenzó a despejarse. Sí, el niño ya no estaba. Pero Candy... Candy seguía ahí.

No se permitió profundizar en lo que sentía. Era inútil. El dolor no se podía diseccionar sin abrir nuevas heridas. Su energía la reservó para acompañarla mientras sanaba.

Cuando notó que la respiración de Candy se volvía más firme, se levantó en silencio y salió al salón. Estaba perdido. Los rostros de quienes lo esperaban estaban cubiertos por un velo de tristeza.

—William, lo siento —murmuró Diana, su madre.

Él no respondió. No con palabras. No tenía qué decir. Todos esperaban algo de él, pero lo único que podía pensar era:

«Candy está a salvo.»

Era su única certeza, su pilar. Y desde ahí reconstruiría el mundo. La desgracia no era única. Podrían superarla. Podrían... intentarlo de nuevo. ¿Pero un hijo era realmente esencial en su matrimonio? No lo sabía.

Sabía, sí, que un aborto espontáneo era una tragedia, pero no rompería sus cimientos. Ya no. No cuando Candy seguía respirando.

Se pasó una mano cansada por el cabello y notó las cajas apiladas en la entrada. Ropa diminuta, mantitas, sonajeros.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora