Capítulo 120

178 23 8
                                        



Querido William

━━━━ ❈ ━━━━



El chasquido del reloj de bolsillo al cerrarse llenó el interior del carruaje con una sensación de sentencia definitiva, mientras este cruzaba lentamente el puente del Gran Duque. William, con la mirada perdida en la ventana, dejó escapar un suspiro impregnado de alcohol.

Afuera, los centinelas nocturnos encendían sus linternas, y al divisar el escudo real en el carruaje, inclinaban la cabeza en señal de respeto. Las farolas lanzaban charcos de luz brumosa sobre las piedras mojadas, y en el silencio espeso de la madrugada, William pensaba en Candy.

Ella ya debía estar dormida. Otra noche haciéndola esperar. La culpa lo atravesó como una lanza breve... luego, se disolvió en una risa amarga.

La persistencia del príncipe Alexander había hecho que bebiera más de lo que pensaba. Su presencia era tan áspera como la de su hermana. Sin embargo, Adrien, imperturbable, había resistido hasta el final, alzando su taza de té en gesto de victoria frente a los borrachos caídos a ambos lados.

El príncipe, vencido por el llanto y el alcohol, se había desplomado finalmente, balbuceando el nombre de Olivia. William lo observó en silencio, apurando su copa, contemplando ese entrañable y trágico amor fraternal que los Ferguson parecían compartir con tanto dramatismo.

—Piensa con detenimiento en tu futuro —le dijo Adrien antes de marcharse.

William, con el vaso aún en mano, lo miró sin responder. Pero su hermano le cortó el paso. Le sorprendió ver en Adrien una firmeza que pocas veces mostraba.

—Lo digo en serio. Escúchame —insistió, tomándolo por el hombro.

—¿Estás realmente dispuesto a ceder la corona? —inquirió William, sin disimular su escepticismo.

Adrien asintió sin vacilar.

—Lo haré, si es la voluntad de Fairsfren... y la tuya. Pero no puedes tomar esta decisión a la ligera. Mira en lo profundo de tu corazón antes de responder.

William contuvo una respuesta mordaz. Sabía que no debía provocarlo. El príncipe heredero, aunque gentil, era un hombre de convicciones férreas.

Con un suspiro resignado y una risa apagada, se pasó los dedos por el cabello revuelto. Recordó la vez que había sacudido a Adrien, exasperado. La opinión pública estaba dividida: unos clamaban por su retorno al trono; otros, por la continuidad de Adrien. Ambos habían soportado su carga.

El carruaje se detuvo frente a la mansión. La nostalgia se tornó en deseo, y el deseo, en una urgencia que pronto se desbordó.

—¿Su Alteza? ¿Se encuentra bien? —preguntó un asistente.

William lo ignoró. Con pasos tambaleantes pero decididos, entró a la casa. Todo giraba a su alrededor, menos una cosa: Candy.

El solo pensar en ella bastó para invadir su mente de su aroma. Hizo una nota mental para agradecerle a la señora Morris por aquel bálsamo floral.

Llegó frente a la puerta del dormitorio. Dudó por un instante, pero no tocó. En su lugar, giró el picaporte con sigilo y entró.

La habitación estaba en penumbra. Se dirigió al lado de la cama con pasos suaves, queriendo verla dormir. Pero tropezó con algo en el suelo. Al bajar la vista, vio ropa desparramada. No era propio de Candy.

—¿Candy? —susurró.

La cama estaba vacía. Corrió las mantas. Nadie. Permaneció quieto, como si su mente intentara darle lógica a la escena.

—¿Candy? —gritó esta vez.

Comenzó a buscar frenéticamente en cada rincón del dormitorio. El salón, el baño, los armarios... todo patas arriba. La ropa de dormir sobre el suelo decía que sí había vuelto. Su armario, revuelto. Alguien había hecho una maleta apresurada.

¿Quién más podría haber sido?

—¡Candy! —la llamó con un grito que lo devolvió bruscamente a la sobriedad.

Corrió hacia la cama y tiró de la cuerda de servicio con desesperación.


***

A pesar de la hora, la estación Surwhich hervía de actividad. El tren había llegado hacía cinco minutos y el andén estaba lleno de despedidas y valijas arrastradas.

Candy, oculta bajo un sombrero de ala ancha, se mantenía al margen, abrazando con fuerza su maleta. Sus ojos temblaban bajo las sombras del ala.

Había actuado por impulso. Lo primero que tomó fue el tarro de galletas. Luego, agarró toda la ropa que encontró y se marchó del palacio como un fantasma.

Dejó una carta para William. Sabía que él detestaba las cartas, pero sus manos se movieron solas.

Durante todo el trayecto, compartiendo diligencia con trabajadores del amanecer, no miró una sola vez hacia el palacio.

—¿Jovencita, se va? —le preguntó un conductor, sacándola de sus pensamientos.

—¿Perdón...?

—¿Va a abordar?

El andén se vaciaba.

—¡Sí! Lo siento, sí voy.

El revisor tomó su bolso y la ayudó a subir al vagón.

Recordó la primavera anterior, cuando había intentado escapar. ¿Dónde estaría ahora si no hubiera esperado a Abel?

Pero su historia había terminado. Ya no deseaba amor. Solo le quedaban cicatrices.

Como entonces, no miró hacia atrás. Se sentó. El tren partió hacia Bertford. El vapor blanco marcó el inicio de un nuevo día.


***

—Cancelen la búsqueda —ordenó William.

—¿Su Alteza? —replicó la señora Morris, perpleja.

William no se movió. Observaba una carta entre sus dedos. Fue lo único que bastó para suspender la búsqueda.

—Tenemos que encontrar a la Gran Duquesa.

—No —dijo él con un suspiro—. Ya no es necesario.

Se dejó caer en el sillón, con la carta en mano, como si en ese papel estuviera encerrada toda la verdad que lo perseguía.

—Informa que todos hicieron un buen trabajo. Que descansen por hoy.

—¿Su Alteza...?

—Es suficiente.

La señora Morris obedeció. El silencio se apoderó del dormitorio.

William miró por la ventana. Sonrió con melancolía y volvió a mirar la carta. La carta que su impulsiva esposa dejó mientras él no estaba.

Querido William...

Y así comenzaba la despedida. 


FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora