¿Una flor? ya no más
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...—Bastardo.
William sólo comprendió lo ocurrido cuando el dolor en su mejilla se transformó en un ardor que se extendió por todo el rostro. El golpe de Candy fue seco y firme, lo suficientemente fuerte como para hacerlo retroceder un paso.
—¿Amor? —dijo ella, con la voz contenida—. Para empezar, no tienes amor que darme.
A pesar de la ira que la atravesaba, Candy se obligó a conservar la compostura. Necesitaba reafirmar su postura, y aquello no era sencillo frente a un hombre como William. El hecho de que su arrebato no la sorprendiera en lo más mínimo solo intensificó su frustración.
—Si crees que amar es tratarme como a una mascota, consentirme cuando te conviene, comprarme regalos caros que nunca pedí y exigirme cada vez que te place, no me hagas reír —continuó. Su enojo era palpable.
Ya no era un trofeo ganado en una partida de cartas. Ya no era una flor artificial destinada a no marchitarse jamás. Era la señora de la casa de Lanyer, y sentía la responsabilidad de honrar los valores que su abuela le había inculcado: permanecer serena y digna en todo momento, incluso en pleno invierno, incluso en pijama, frente al hombre que pronto dejaría de ser su esposo.
—Soy una persona, William.
La calma de aquellas palabras pareció borrar los vestigios del pasado. De pronto, todo quedó claro. Recordó cuánto había suplicado por su atención, cómo se había aferrado a cada pequeño gesto de afecto. La mujer deshecha que fue alguna vez ya no estaba allí.
—No necesito nada de ti —continuó—. Ni tu amor ni tu atención. Regresa a Fairsfren y busca a alguien que esté dispuesto a ser el ramo perfecto de flores artificiales que deseas.
—¿Hablas en serio? —preguntó él.
William aún se frotaba la mejilla enrojecida. Cuando la vergüenza, la ira y la desilusión comenzaron a disiparse, Candy pudo observarlo con mayor claridad. Su mirada descendió desde los zapatos cubiertos de polvo hasta la ropa arrugada, y luego se detuvo en su brazo, que parecía lastimado.
Candy apretó el puño antes de alzar los ojos hacia él. El rostro demacrado y el cabello revuelto de William —el peor aspecto en que lo había visto jamás— lo hacían parecer un desconocido. No podía creer que hubiera viajado desde Surwhich sin escolta alguna y en semejante estado. El William que ella conoció nunca habría actuado así.
Lo odiaba.
Estaba decidida a vivir bien, libre de William y de cualquier dolor adicional que aquel hombre cruel y egoísta pudiera causarle. Creía, con una certeza tranquila, que esa era la única manera de seguir adelante.
—Sí, hablo en serio —dijo—. Ya no necesito ese gran amor del que presumes. Entiendo que esto te haya herido y que hayas venido hasta aquí buscando respuestas, pero tú también me heriste. Ninguno está en desventaja. Si lo piensas bien, nuestro matrimonio fue bastante equitativo.
—¿Hacer daño? —respondió William con una sonrisa extraña—. No me malinterpretes, Candy. Solo tenía curiosidad. Puedes golpearme cuanto quieras.
Susurró esas palabras mientras se pasaba los dedos por el cabello, y la luz de la luna se reflejaba en el cansancio de sus ojos azules.
—Está bien. Divorciémonos.
Su voz ronca cortó el silencio de la noche como un filo de hielo. Aunque había pronunciado las palabras que Candy deseaba oír, ella permaneció inmóvil.
William se apartó sin decir nada más. Candy se mantuvo erguida en la puerta hasta escuchar el golpe seco al cerrarse. Luego oyó cómo se alejaba, cómo subía a la diligencia que lo aguardaba al final del camino. El sonido de los cascos y de las ruedas sobre el empedrado resonó largo rato en la noche helada.
No se movió hasta que el ruido desapareció por completo.
***
El lobo, que había permanecido irritable desde la partida de su pareja, finalmente se calmó.
El cambio en el príncipe William fue notable tras su regreso, luego de dos días de ausencia. Incluso los sirvientes, tensos durante semanas, comenzaron a aceptar la nueva realidad, aunque nada volvió a ser como antes.
—Esto basta para helarle la sangre a cualquiera —murmuró Karen.
La señora Morris cerró el libro que leía y se quitó los lentes con gesto pensativo. Karen caminaba de un lado a otro frente a su escritorio.
—El príncipe... debió visitar a Su Alteza, ¿verdad? —preguntó, mordiéndose el labio.
—No puedo sacar conclusiones apresuradas sobre asuntos que el príncipe no menciona —respondió la anciana con firmeza.
Cuando William no regresó una noche, el palacio cayó en el caos. El cochero que lo llevó ebrio a la estación fue interrogado durante dos días enteros. Si William hubiera tardado un día más en aparecer, la policía habría sido alertada.
La señora Morris sospechaba que había ido a Bertford. Después de criarlo desde niño, sus impulsos le resultaban fáciles de anticipar.
—Si realmente fue a Lanyer, ¿por qué regresó solo? —insistió Karen—. Si la Gran Duquesa decide no volver... y ahora que el príncipe acaba de limpiar su nombre...
—Karen —la interrumpió la señora Morris con severidad.
—Perdón... estoy preocupada por el príncipe.
—Lo comprendo. Pero en momentos así, hay que medir las palabras.
Karen asintió, avergonzada.
La señora Morris reflexionó en silencio. Sabía bien que el palacio nunca fue un lugar amable para la Gran Duquesa. Había cometido errores, juzgando desde las necesidades del príncipe y no desde la posición vulnerable de Candy. Ese había sido su mayor fallo.
—La única persona que debería disculparse con ella soy yo —dijo finalmente—. Pero eso será en otro momento. Por ahora, asegúrense de que el palacio recupere el orden.
La luz matinal inundó la suite del Gran Duque cuando las criadas abrieron las cortinas. William bebía su té mientras leía el periódico. El río Nix, congelado, brillaba a lo lejos.
Cuando quedó solo, tomó una caja de puros y dudó. La cerró de inmediato. No había fumado ni bebido desde su regreso de Bertford.
Sacó entonces la carta escondida bajo la caja. Comenzaba con un "Querido William", escrito por la mujer que una vez lo amó más que a nada.
La había leído incontables veces. Era una carta de amor, aunque la palabra jamás apareciera en ella. Cada línea, cada silencio entre frases, estaba impregnado de ese sentimiento.
Pero ahora, ese amor había terminado.
Leyó la firma una vez más: Tu esposa, Candy De Ardley.
Al pronunciar su nombre en voz baja, alguien llamó a la puerta.
—Su Alteza, soy la señora Morris.
William guardó la carta con rapidez.
—Adelante.
Ella informó sobre los asuntos internos del palacio. William apenas escuchaba. La nieve cayendo sobre el río helado le recordó aquella noche en que todo comenzó a derrumbarse.
Había perdido el control. Lo comprendió recién en el tren de regreso, cuando ya era demasiado tarde para detener el divorcio.
—¿Su Alteza? —insistió la señora Morris.
William alzó la vista.
—He estado en Bertford —dijo con voz grave—. Candy quiere divorciarse.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
