Capítulo 8

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Respira

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La expresión en el rostro de los vizcondes White y la condesa Amery era de desconcierto. Habían estado siguiendo los pasos de Candy, y al igual que ella, se detuvieron en seco al escuchar la voz del sirviente anunciando la llegada de nada más y nada menos que el gran duque de Fairsfren. Jamás hubiesen llegado a imaginar que él llegaría tan tarde.

La alfombra roja que comenzaba desde la entrada del salón de banquetes hasta el podio donde el rey y la reina se sentaban uno al lado del otro, ahora pertenecía a William; sin duda alguna ellos debían hacerse a un lado y darle el paso al príncipe, y así lo hicieron, excepto Candy quien parecía atrapada en un mundo lejano mientras trataba de procesar todo lo que estaba sucediendo.

—¡Ay Dios mío! ¡Mira a esa niña! —exclamó Bárbara con el rostro pálido mientras tomaba nerviosamente el brazo de su esposo.

Había perdido el juicio debido a un ataque de pánico, Candy se quedó congelada en medio de la alfombra roja, bloqueando por completo el camino del príncipe.

Podían esperar a que se quitara del camino por sí sola, ó podían arrastrarla de regreso, pero para poder hacer eso, tenían que adelantarse al príncipe que ya caminaba delante de ellos. Ambos escenarios eran una pesadilla y tenían que elegir qué hacer. Mientras luchaban mentalmente, la distancia entre el príncipe y Candy se hacía más pequeña.

—¿Todo esto es parte de tu plan? —preguntó Bárbara a la condesa Amery, rezando para que ella fuera la mente maestra detrás de todo ese escándalo y todo fuera realmente intencional.

—No hay nada que podamos hacer, solo queda observar lo que sucederá —respondió la condesa en completa calma mientras se abanicaba tranquilamente.

—¿Perdón? —dijo Bárbara con un suspiro tembloroso, pronto se convertirían en el hazmerreír no solo de todos los aristócratas del país, sino también de la familia real, y aún así esa condesa tenía el descaro de actuar como si estuviera viendo algún tipo de espectáculo divertido.

La vizcondesa White comenzó a sospechar que la condesa Amery podría haber aceptado su solicitud de guiar a Candy solo para poder humillar a la familia White frente a la realeza. En medio de esos pensamientos, el príncipe William finalmente se había detenido frente a su problemática hijastra.

Candy se dio la vuelta lentamente al advertir la enorme sombra proyectada sobre ella.

«¿Qué pasa con ella?», pensó William inclinando ligeramente la cabeza mientras miraba a la dama frente a él. Ya había notado su presencia desde que había ingresado al salón, ya había dado suficientes pasos, pero ella estaba parada allí como una roca a mitad de camino. Pensó que simplemente se haría a un lado y él pasaría de largo como si nada hubiese sucedido.

Bajó la mirada un poco más y observó a la pequeña dama. Incluso cuando sus ojos lo miraban, ella seguía aturdida, como una persona que en realidad no podía ver nada de lo que estaba sucediendo frente a ellos. Cada vez que parpadeaba, sus grandes ojos verdes, que eran inusualmente brillantes como un campo de café bajo el sol, se volvían más borrosos y transparentes.

William, cuyas cejas estaban arqueadas por la confusión, dejó de mirar a la aturdida Candy y observó detrás de ella. Sus padres, el rey y la reina, aparecieron ante sus ojos con expresión de perplejidad en sus rostros. «¡Es William otra vez!», sus ojos parecían decir eso, especialmente los de Adrien, que fruncía el ceño y obviamente lo juzgaba más duro que los demás. Sin mencionar a Sarah y sus coloridas expresiones que no se podían describir.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora