Capítulo 127

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Declaración de guerra

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—Olvidala. No tiene sentido aferrarse a emociones desechadas. La Gran Duquesa no volverá —dijo Sarah sin rodeos, con la voz cargada de una amargura que intentaba disimular.

William, sentado con las piernas cruzadas, apenas levantó la mirada. Su expresión, mitad ironía, mitad desafío, desmentía el cansancio que empezaba a dibujarse en los bordes de su rostro. La luz de la chimenea hacía brillar sus impecables zapatos, pero no lograba suavizar el gesto crispado de su mano aferrada al brazo del sillón.

—¿Otra vez? ¿Sigue de mal humor? —preguntó con aparente ligereza.

Pero el blanco de sus nudillos gritaba lo contrario: estaba conteniendo algo, tal vez un estallido, tal vez el derrumbe.

Sarah respiró hondo antes de responder.

—Le pedí disculpas sinceras. La Gran Duquesa lo entendió y aceptó mis palabras.

—¿Entonces por qué? —Su voz se oscureció, como si una sombra le cruzara el alma.

—Hermano... —Sarah lo observó con una mezcla de tristeza y fastidio—. Jamás supiste qué clase de esposa tenías. El año pasado actuaste como un egoísta y ahora estás pagando las consecuencias.

William parecía un niño que había perdido su juguete favorito y que, aun así, se negaba a aceptar que estaba roto. Sarah sintió lástima por él. Habría sido más sencillo si Candy hubiese regresado herida, indignada, reclamando explicaciones. Ese rencor, al menos, habría sido manejable. Pero aquella serenidad fría... eso era devastador.

Candy se había reído, con educación, cuando Sarah se disculpó. Le agradeció su honestidad, reconoció que Sarah había estado en una posición difícil y que no conocía la verdad. Sonreía con esa calma que antes no tenía, una calma que helaba.

"Estoy bien", había dicho. "Estoy feliz donde estoy."

No había rastro de arrepentimiento en su voz.

Ni siquiera la noticia de que William se había lastimado en una pelea logró conmoverla del todo.

—Espero que mejore —respondió, nada más.

Sarah pudo verlo con claridad: la delicada muchacha insegura, la esposa que había vivido a la sombra de un hombre y de rumores crueles, había desaparecido. Y en su lugar había surgido una mujer que no temblaba ante nada.

La visita fue un fracaso. Una derrota absoluta.

A su retorno, Sarah entregó la noticia a William. Él la escuchó en silencio, sin pestañear, mirando el fuego como si quisiera leer en él una respuesta que nunca llegaba.

—No quería decírtelo así —admitió ella—, pero esta es la primera vez que vi a Candy en paz. Parece que ha decidido divorciarse.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos con el peso de una sentencia. Sarah sintió que era la villana de esta historia, la mensajera de un final inevitable.

—¿Divorcio? —repitió William, con una sonrisa incrédula y amarga—. ¿Ella quiere divorciarse? ¿Candy?

Se rió. Una risa hueca que tenía filo.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora