Puesta de sol
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El médico del pueblo acudió a la casa Lanyer en cuanto lo llamaron. Llegó con semblante afable, pero apenas le informaron quién era el paciente, pareció envejecer varios años de golpe. Palideció mientras lo conducían escaleras arriba y, al entrar en la habitación, se mostró más angustiado que el propio enfermo.
A pesar del frío que reinaba en la mansión, el médico sudaba. Lo dejaron a su cargo, inclinado sobre el príncipe de Fairsfren, que yacía en la cama con los ojos cerrados. Candy permanecía junto a la ventana, observándolo. Había encontrado a William en ese estado y llamó al médico de inmediato; el rostro del asistente se ensombreció en cuanto ella se lo comunicó.
La apacible mañana en la mansión Lanyer se transformó en un pequeño caos. La baronesa envió un cochero a buscar al médico del pueblo; la señora Pony se retiró a la cocina para preparar sopa de pollo, y los demás sirvientes se ocuparon diligentemente del paciente.
Candy caminaba de un lado a otro, incapaz de concentrarse en una sola tarea. Supo que algo no iba bien con William cuando regresaron de hacer los muñecos de nieve. Si no se hubiera enfrentado a la tormenta, no se habría resfriado.
Había algo casi irónico en verlo ignorar su propio malestar. Candy sabía que había notado los primeros síntomas, pero no dijo nada; no fue capaz de enfrentarlo con la calma necesaria. Al pasar frente a la ventana, volvió a verlos: el muñeco grande con un cigarro en la boca, el más pequeño con flores en el cabello y el diminuto bebé De Ardley.
—Ahora, por favor, acuéstate y descansa.
Cuando todos abandonaron la habitación y quedaron a solas, William abrió los ojos y la miró. Se incorporó con lentitud, bebió un sorbo de agua y volvió a recostarse. Candy se acercó con cautela, acomodó torpemente la almohada y lo cubrió mejor con las mantas.
—A veces realmente me desesperas —murmuró Candy, rompiendo por fin el silencio de tantas horas.
William la observó mientras ella se sentaba en la silla junto a la cama.
—Supongo que te resultaría muy conveniente deshacerte de un marido que no quiere divorciarse —dijo él, con voz débil.
—¿Qué dijiste?
—Cuando muera, lo obtendrás todo. Mucho mejor que una pensión —añadió, esbozando una sonrisa cansada.
Candy no encontró nada gracioso en aquello. Lo miró, sorprendida. Se sostuvieron la mirada durante unos segundos interminables, hasta que William giró la cabeza hacia el techo. El aire estaba cargado por el calor de la estufa encendida.
—Si alguna vez necesitas algo... —empezó Candy.
—Vete —la interrumpió él con brusquedad—. Si no tienes intención de estar conmigo, no necesitas fingir interés ahora. —Cerró los ojos lentamente.
Candy se quedó inmóvil, avergonzada. Tardó unos segundos en comprender que la había rechazado. Apretó los labios, se levantó y, al mirarlo una vez más, notó el sudor espeso en su frente. Vio el cuenco con agua fría que había traído una criada, pero no se atrevió a tomar la esponja.
Con la mente hecha un nudo, cerró las cortinas y lo dejó solo. Apenas cerró la puerta, dejó escapar un suspiro frustrado.
—Alteza.
Candy se sobresaltó al ver aparecer al asistente de William.
—El príncipe piensa mucho en usted.
Ella asintió en silencio y continuó por el pasillo, pero el asistente no había terminado.
—Se esforzó muchísimo por organizar su agenda para regresar a tiempo, aun sabiendo que solo podría quedarse unos días antes de volver a la ciudad. Creo que le gustaría que permaneciera a su lado un poco más. —Hizo una leve reverencia—. Sé que tal vez me excedo, pero debía decirlo.
—¿Regresará pronto a Surwhich? —preguntó Candy en voz baja.
—Sí, alteza. Debe volver el lunes. Hay asuntos urgentes en los bancos y con la familia real. Ya ha pospuesto demasiado para estar aquí con usted.
—¿Qué viaje? —preguntó Candy.
El asistente dudó, incómodo.
—No debería decirlo, alteza...
—Pero ya lo hiciste.
—Era... una segunda luna de miel. Un regalo para su cumpleaños. Planeaba llevarla al sur, a un lugar más cálido, pero al venir usted a Bertford, se canceló.
¿Una segunda luna de miel?
Candy sonrió con ironía. Mientras ella intentaba divorciarse, él planeaba una luna de miel. Qué hombre tan arrogante y desconcertante.
Al final del pasillo, la luz del sol atravesaba una ventana y brillaba como platino: igual que él.
***
William soñaba. Era uno de esos sueños que se disuelven al despertar, aunque dejan un rastro cálido en el pecho. Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el techo, ya familiar.
—Estaba a punto de despertarte, pero ya lo hiciste.
Reconoció la voz de Candy. Giró la cabeza lentamente. Ella estaba sentada junto a la cama. ¿Seguía soñando? Recordaba que se había marchado antes de quedarse dormido.
—Te traje comida. Por favor, come.
—¿Es una cita?
—No.
—Entonces vete.
La fiebre había cedido gracias a los medicamentos, pero su cuerpo seguía débil.
—Necesitas comer.
—Déjalo en el escritorio.
—No. Quiero asegurarme de que comas.
Candy se levantó con una servilleta en la mano, como si fuera un arma. William comprendió que ella estaba dispuesta a alimentarlo por la fuerza.
—¿Por qué haces esto si no quieres estar conmigo?
—Hago lo que quiero —respondió Candy con calma—. Tú haces lo que te gusta, ¿por qué yo no? Ahora come.
William cedió y comió solo, bajo la atenta mirada de Candy. No levantó la vista hasta que ella se dio por satisfecha y llamó a una criada para retirar la vajilla.
Cuando la habitación quedó en silencio, Candy se levantó, corrió las cortinas y abrió la ventana. El aire fresco y la luz inundaron el dormitorio.
William la observó, recostado, con una extraña paz en el pecho. Nunca antes se había enfrentado a alguien que conociera todas sus debilidades. No sabía cómo manejarlo.
Ella permaneció un momento frente a la ventana, luego se apartó. William supo hacia dónde había estado mirando. Se incorporó con esfuerzo y se puso la bata.
—Descansa —ordenó Candy.
—Tranquila, aún no recibirás la herencia —bromeó él, apoyándose en la ventana.
Permanecieron en silencio, observando cómo el sol teñía de rojo el jardín y los tres muñecos de nieve.
—¿Candy?
Ella se volvió. Se miraron largamente, hasta que William desvió la mirada primero.
No era solo sentirse expuesto; era algo más profundo, imposible de nombrar.
—Descansa —repitió Candy—. Por favor.
Cuando cayó la noche, la luz del fuego transformó su figura en tonos cálidos. William suspiró y regresó obediente a la cama.
Aquella sensación seguía allí, más intensa que nunca.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
