Este soy yo
━━━━ ❈ ━━━━
—Quiero intentar tener citas —dijo William con una sonrisa amable, mirándola de frente—. ¿Te gustaría eso?
—No —respondió Candy. La palabra se abrió paso con dificultad a través del nudo en su garganta.
—Mentirosa.
—Ya no me gusta. No me gustas tú, no me gustan las citas y no me gustan estas almendras.
—Vaya... parece que mi esposa se ha vuelto bastante combativa e infantil en mi ausencia.
A pesar de la mirada penetrante de Candy, William no pudo resistirse a burlarse de ella. En ese momento, los músicos del carrusel comenzaron a tocar una alegre polca, y la melodía arrastró consigo recuerdos de la primavera anterior, recuerdos que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar.
Decidida a no perder la compostura, Candy mantuvo la cabeza en alto y trató de contener la ira que le ardía en el pecho. Apretó los puños con fuerza, arrugando la bolsa de almendras entre los dedos.
No podía comprender por qué ese hombre —al que ya sentía como a un extraño— recordaba de pronto detalles tan insignificantes, cuando todo lo importante entre ellos parecía haberse perdido para siempre.
—Sí, soy feroz e infantil —dijo con frialdad—. La mujer con la que te casaste ya no existe. Así que deja de comportarte de manera tan ridícula y agresiva, y pon fin de una vez a este matrimonio absurdo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque te amo mucho más que a esa chica que solías ser.
William se cruzó de brazos. Sus ojos azules se llenaron por completo de Candy, como si no existiera nada más frente a él.
—Eres mucho más hermosa así —continuó—. Hay algo emocionante en esta ferocidad. Si tan solo hubieras sido así antes...
—¿Perdón?
—Me he enamorado de ti otra vez —dijo William, sonriendo con una audacia que contrastaba con la vulgaridad de sus provocaciones—. Y quiero invitarte a una cita.
Candy quedó visiblemente desconcertada.
—Lo único que quiero de ti, alteza, es el divorcio.
—¿Eso crees? —asintió William con calma—. Entonces tendré que pensar en algo mejor que unas simples almendras para convencerte.
—No. Por favor, no lo hagas.
—Es mi corazón, Candy. Si no sales conmigo, ¿de qué otra manera se supone que voy a amarte?
—No lo permitiré. Odio cuando me amas.
—Escúchame bien —replicó William con una risa baja—. ¿Desde cuándo el amor necesita permiso? ¿Te di permiso yo cuando empezaste a sentir algo por mí?
Se inclinó un poco hacia ella.
—¿Qué pasa? ¿Nada que decir?
Candy no encontró respuesta. Se giró con gesto hosco, haciendo un puchero que la enfureció aún más por lo infantil que resultaba. Era exasperante... y, al mismo tiempo, difícil de refutar. William no estaba invitándola a salir; estaba exigiendo un espacio en su vida, como un acreedor reclamando una deuda.
ESTÁS LEYENDO
FLOR VENDIDA
RomansaLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
