Capítulo 125

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Ecos del Remordimiento

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Todo por culpa de ese maldito ciervo.

William se incorporó lentamente, con la cabeza palpitante y una ligera sensación de claridad que apenas lograba sostener. Un dolor agudo recorrió su brazo, recordándole la escapada de la noche anterior.

Instintivamente, intentó alcanzar la campana de servicio, pero el movimiento le arrancó una punzada tan intensa que tuvo que apretar los dientes. Se había despertado con el brazo vendado; quizás había una fractura, aunque no recordaba haber visto a ningún médico.

Con una mezcla de alivio y fastidio, se levantó de la cama y suspiró. Corrió las cortinas gruesas y la luz del mediodía lo cegó un instante. Entreabrió los ojos y observó el río, mientras una brisa fresca le despeinaba el cabello. Casi sin pensarlo, se llevó un cigarro a los labios.

Candy.

El recuerdo de la noche anterior volvió a golpearlo. Había pasado la madrugada murmurando su nombre. Luego, algo —o alguien— le había golpeado la cabeza con fuerza. Palpó el bulto y se arrepintió enseguida: el dolor le atravesó la mente.

«Candy volverá», se había repetido una y otra vez, incluso ante preguntas sin sentido. Recordaba rostros confundidos, otros preocupados... y el rostro de ella.

También recordaba la voz de Adrien gritándole algo que apenas comprendió, mientras él lo miraba sin expresión, con el alma vacía. Ni siquiera tuvo energía para maldecir; solo encendió su cigarro y dejó que el humo llenara el silencio.

Un golpecito cortés en la puerta lo sacó de su letargo. Probablemente era la señora Morris.

—Ah, por fin está despierto, alteza —dijo ella al entrar, llevando el periódico y una bandeja de té—. Nada ha cambiado desde su niñez. Siempre igual: hace algo vergonzoso y luego se esconde de todos.

—¿Es eso así? —William exhaló una nube de humo, esbozando una sonrisa cansada.

—Sí, pero al menos ahora no tengo que buscarlos debajo de la cama o dentro del armario —respondió ella con severidad, aunque con una chispa de cariño maternal.

William suspiró, tomó asiento frente a la mesa y bebió un sorbo de té mientras hojeaba el periódico sin interés.

—Ha llegado una carta de Lisa —dijo la señora Morris—. ¿Desea leerla?

William la miró entrecerrando los ojos, como si fuera una mensajera con malas noticias. Hizo ademán de extender la mano, pero al final solo tomó otra vez la taza.

—Entonces la leeré yo —dijo ella, abriendo el sobre—. Lisa informa que todo va bien, que Su Alteza también, y que la baronesa de Lanyer goza de buena salud. —La mujer continuó murmurando mientras recorría el resto de la carta—. Eso es todo.

William frunció el ceño, decepcionado. No sabía qué esperaba, pero ciertamente no un informe sobre una vaca recién parida ni sobre las medias que Lisa estaba tejiendo.

—¿Desea comentar algo, alteza? —preguntó la señora Morris, desconcertada por su expresión.

Él se limitó a tomar otro sorbo de té. Sentía los labios resecos y el alcohol todavía le pesaba en el cuerpo. El mareo persistía, como una sombra obstinada.

—Hay algo más que debo decirle —añadió ella—. Su Alteza el príncipe heredero planea visitar la mansión Lanyer esta semana. Irá acompañado de la duquesa Heine.

—¿Adrien y Sarah... van a Lanyer? —preguntó, dejando la taza sobre la mesa.

—A menos que exista otro príncipe que desee reconciliarse con la Gran Duquesa —respondió ella con ironía.

—¿Y para qué?

—Mirese en el espejo, alteza. Quizás entonces lo comprenda —replicó ella, con la calma cortante de quien ha criado príncipes y necios por igual.

William soltó un bufido, malhumorado.


—Todo el mundo hace cosas sin sentido —murmuró, volviendo a encender su cigarro.

Mientras la señora Morris salía, él permaneció junto a la ventana, observando el río. El reflejo en el vidrio le devolvió un rostro ajado, los ojos hundidos. Se giró hacia el espejo de cuerpo entero y soltó una carcajada ronca. No, la señora Morris no estaba tan equivocada. Debería cortarse el cabello antes de que Adrien y Sarah regresaran.


***

—Cuanto más lo pienso, más horrible me parece, hasta el punto de que me repugna —dijo Sarah con rabia contenida.

El sonido de los cascos del carruaje, mezclado con su voz, impedía a Adrien concentrarse en el libro que intentaba leer. Con resignación, la miró por encima del borde de las páginas. Le asombraba la pasión inagotable con la que su hermana insultaba a William durante todo el viaje.

—¿Cómo pudiste ocultarme ese secreto? Me dejaste tratar a esa... odiosa chica como a mi mejor amiga. Dios mío, ¡qué ingenua fui!

—Sarah, fue entre Fairsfren y Massvrill... —intentó explicar él.

—Oh, ¿confidencial? —lo interrumpió, sarcástica—. Por favor, repítelo, alteza.

Cada palabra salía impregnada de desprecio. Desde que se reveló la verdad tras la publicación del libro, Sarah había llorado durante horas. Había intentado negarlo, buscar excusas para la princesa. Pero su familia —su padre, su madre, sus hermanos gemelos— la había engañado al ocultarle todo.

El resentimiento le calaba el alma. Intentaba comprender sus razones, pero dejarla seguir siendo amiga de Olivia era imperdonable. Le resultaba aún más difícil perdonar a William, quien la había protegido desde niña.

Si él hubiera confiado en ella, Sarah habría comprendido, habría compartido su carga. En lugar de eso, la había dejado en la ignorancia. Y cuando quiso hablarle, cuando quiso reprocharle algo, las palabras se le quedaron atrapadas. Luego llegó la noticia del aborto espontáneo de la Gran Duquesa, y la culpa la consumió.

—¿Cuánto falta? —preguntó, intentando romper sus pensamientos.

Miró por la ventanilla, esperando ver algún indicio del destino, pero sólo halló los mismos campos interminables.

—Ya casi llegamos —respondió Adrien con serenidad—. Y gracias por venir conmigo.

—No lo hice por ti —replicó ella, sin mirarlo—. Lo hice por la Gran Duquesa. Ese hermano nuestro con cabeza de cerdo no tiene nada que ver.

Había querido disculparse con Candy hacía tiempo, pero cada intento frente al escritorio terminaba en hojas arrugadas. La culpa era un peso que la mantenía despierta. Sentía que su silencio había contribuido a la desgracia de Candy. Quizás, si hubiera hablado antes, todo habría sido distinto.

Aceptó la invitación de Adrien solo porque él le aseguró que William no los acompañaría.

—¿Dónde demonios está este pueblo? —preguntó impaciente.

Cuando la casa apareció entre los árboles, el carruaje se detuvo con un crujido. Sarah la miró boquiabierta.

—Oh, Dios mío —susurró.

En el interior, la voz de Lisa resonó apresurada:

—¡Su Alteza, Su Alteza! —corría por el pasillo, con las mejillas encendidas—. ¡La Familia Real ha llegado, Alteza, están aquí!

Candy, que estaba acomodando un ramo de flores, levantó la vista con calma. La rosa entre sus dedos tembló apenas.

El pasado, al parecer, estaba a punto de tocar su puerta. 


FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora