Capítulo 99

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Esposa

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Abrió la puerta y encontró el salón lleno con todos los regalos que le habías comprado a Candy. Colocados de forma desordenada, los presentes habían convertido la habitación en un pequeño caos.

La señora Morris había sugerido llamar a un tapicero para ordenar un poco el lugar. William no vio necesidad alguna; esa no era una habitación de invitados, y, en el fondo, le gustaba ver a Candy rodeada de los obsequios que con tanto cariño le había dado.

Se apoyó en el marco de la puerta mientras contemplaba la escena. Candy estaba sentada en su escritorio; el débil sonido de las teclas resonaba mientras trabajaba en silencio. Le divertía la idea de que su esposa se hubiera escapado en mitad de la noche para practicar mecanografía. Observó uno de los tantos libros de texto esparcidos sobre la mesa, y junto a ellos, un gran elefante dorado parecía montar guardia. William rió entre dientes.

La señora Morris tenía la expresión perfecta para el elefante: "monstruo a la vista", y había insistido varias veces en retirarlo de allí. No quería tener que mirarlo cada vez que entrara. Pero Candy se negó, alegando que era un regalo y que le encontraría alguna utilidad.

William cruzó la habitación con pasos largos, sin esperar que Candy lo notara. Ella seguía escribiendo, confiada en la atenta mirada del elefante. No levantó la cabeza hasta que él se detuvo frente al escritorio.

—William —dijo Candy, sorprendida.

—Pensé que habías dicho que estabas cansada. ¿Qué hacés aquí?

—Me desperté temprano y no pude volver a dormir. No debí haber dormido la siesta por la tarde.

Cuando se giró para hablarle, él notó el aroma dulce que emanaba de ella, más intenso que de costumbre. Entonces lo comprendió: estaba chupando un dulce, y un frasco de vidrio con más caramelos reposaba al lado de la máquina de escribir. Candy notó hacia dónde dirigía su mirada.

—¿Oh, estos?

Se volvió paranoica, temiendo que William la fuera a regañar por comportarse como una niña, pero él simplemente le sonrió con ternura. Ella tragó saliva, reprimiendo un atisbo de culpa. Había reaccionado de forma exagerada; últimamente se sentía especialmente sensible. Se descubría cada vez más cautelosa con las personas que la rodeaban e incluso, al oír una risa, no podía evitar pensar que se burlaban de ella.

—¿De verdad estás pensando en convertirte en mecanógrafa? —dijo William, hojeando uno de los libros sobre la mesa.

—No pensé que la persona que me regaló esto diría tal cosa.

—Cierto, pero pensé que sólo jugarías con moderación —respondió él, presionando una tecla al azar en la máquina.

Candy frunció el ceño, molesta por el error ortográfico en el papel, pero su frustración se desvaneció al oír la risa de William.

Las emociones agudas que la habían asaltado se disiparon, y se preguntó si había algo que aquel hombre pudiera hacer para enfadarla de verdad. Todo lo que sintió fue un dulce consuelo, y su risa se unió a la de él.

—Dado que aún sigue siendo un regalo tuyo, estoy tratando de aprovecharlo al máximo. Todavía es un poco incómodo, pero creo que será útil poder escribir rápidamente... una vez que me acostumbre. Aún no puedo escribir cartas.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora