Capítulo 129

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Invitado inesperado

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La carretera que conducía a Bertford estaba desierta, envuelta en ese silencio frío que anuncia la llegada del invierno. Aunque su intuición le susurraba que el carruaje del correo no aparecería ese día, Candy decidió esperar. Aún faltaban diez minutos para la hora habitual, pero no quería arriesgarse a perderlo por un retraso mínimo.

—¿No siente frío? Debería volver a entrar —dijo Lisa, inquieta.

Candy se irguió y ajustó el cuello de su abrigo, tratando de ofrecerle una sonrisa tranquilizadora.

—Estoy bien, de verdad. Pero tú no tienes por qué estar aquí conmigo.

Lisa no respondió; simplemente la observó con esa determinación silenciosa que parecía haberse arraigado en ella desde que llegaron a Bertford. Desde entonces, se había convertido en su sombra: siempre presente, siempre alerta, siempre dispuesta. A veces, Candy sospechaba que incluso la vigilaba mientras dormía. La idea la hizo reír suavemente, pero Lisa la miró confundida.

Había pensado mucho en su doncella y siempre llegaba a la misma conclusión: no podía permitir que Lisa, que había dejado su hogar por seguirla, se quedara allí sacrificándolo todo.

—Si lo vuelven a decir, me voy a enojar mucho —murmuró Lisa, con la voz quebrada.

Candy no había hablado, pero su expresión la delataba. La misma mirada que siempre tenía cuando intentaba persuadir a Lisa de regresar a su antigua vida.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas y sus mejillas se inflaron, como si un sollozo se preparara para escapar. Candy sacó un pañuelo y se lo tendió. Lisa lo tomó y hundió el rostro en él, respirando entrecortadamente. Candy estaba a punto de insistir en que debía volver a la casa cuando vio, a lo lejos, una silueta moviéndose por el camino.

—Ah... viene el cartero.

La tristeza de Lisa se desvaneció de inmediato, sustituida por la curiosidad. Las dos siguieron con la mirada el carruaje postal hasta que se detuvo frente a ellas.

—Oh, Alteza, qué sorpresa verla aquí otra vez —saludó el mensajero, con una sonrisa amplia.

Acomodó el carruaje y se acercó, saludando con excesiva cortesía. Candy inclinó la cabeza y tomó la pequeña pila de correspondencia sin decir nada. La carta que esperaba no había llegado. Aun así, el mensajero inició una conversación trivial sobre Surwhict, sus planes de regreso y la Familia Real. Luego, con otra despedida más ceremoniosa de lo necesario, partió hacia su siguiente destino.

—¿Su Alteza? —murmuró Lisa, viendo cómo Candy observaba las cartas sin expresión.

—Vamos adentro —respondió Candy con un hilo de voz.

Ese título... "Su Alteza". Le pesaba como una cadena. Y cada día deseaba más despojarse de él. Sólo necesitaba que los papeles del divorcio regresaran firmados; sólo entonces podría empezar a pensar en una nueva vida.


***

—Ah, sí, puedo llevarte —respondió el conductor, los ojos brillándole al ver el fajo de billetes—. Si es tan urgente, salimos de inmediato.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora