Cálculo fallido
━━━━ ❈ ━━━━
Los días en el campo resultaban insoportablemente largos. William se levantaba demasiado temprano, y esa disciplina ajena a su naturaleza convertía cada mañana en una extensión innecesaria del tedio. Consultó su reloj de bolsillo: aún no era mediodía. En circunstancias normales, ni siquiera habría abierto los ojos a esa hora.
El entusiasmo excesivo de los sirvientes de la familia Lanyer, la chimenea encendida sin descanso y los cubos de agua caliente junto a la cama hacían que la habitación resultara sofocante. Dejó el libro en la estantería con un suspiro y se acercó a la ventana para encender un cigarro. La brisa fría que se coló desde el exterior venció al calor del fuego y, por primera vez desde que despertó, sintió que podía respirar.
Se sentó en el alféizar, fumando con lentitud, mientras los recuerdos de la primavera pasada acudían a su mente sin ser invitados. Había pasado cada momento junto a Candy, desde el instante en que despertaban hasta aquel en que el sueño los vencía entrelazados. Aquellas vacaciones en su casa habían sido las más felices que ella había conocido, y en medio de un jardín rebosante de flores, William solo había tenido ojos para una: Candy.
Candy deseaba amor. Sin embargo, William pronto comprendió que eso era precisamente lo que no tenía para ofrecerle. El afecto que sentía no nacía de una entrega espontánea, sino de una misericordia calculada. Él daba, sí, pero lo hacía con exigencia, esperando algo a cambio. Esperaba estímulo, admiración, entretenimiento... aunque nunca había exigido eso de Candy.
Dar algo siempre implicaba recibir algo a cambio. Así había vivido siempre.
Su vida se había regido por cálculos claros. De ese modo había decidido divorciarse de Olivia, sin permitirse el lujo del dolor. Evaluaba, aplicaba, decidía y asumía las consecuencias. Lo único que importaba era el resultado final: si las ganancias superaban a las pérdidas, lo consideraba una victoria.
Ese método nunca le había fallado. Hasta que apareció Candy.
Ella era una ecuación imposible. Con ella, los números no cuadraban, y por primera vez William se descubrió incapaz de controlar lo que sentía. La eligió. Hizo un sacrificio por ella.
El problema nunca fueron los cálculos, sino el precio.
El amor de Candy no se parecía a nada que hubiera conocido. No seguía reglas ni órdenes; era como los fuegos artificiales de una noche de verano: sabías que estallarían, pero nunca podías predecir su forma o su color. Era como un campo de flores silvestres, creciendo donde el viento lo permitiera, sin pedir permiso.
Lo fascinaba... y al mismo tiempo lo desarmaba.
Con Candy, William recibió más de lo que dio, y durante un tiempo se sintió victorioso. Pero con los días, el desequilibrio se volvió evidente. El papel de salvador comenzó a pesarle, y cuanto más intentó controlar la balanza, más rápido se derrumbó todo.
No quería admitirlo, pero había actuado con egoísmo. Se aferró al amor de Candy con una fuerza torpe, casi cruel, hasta convertirlo en obsesión. Cuanto más intentó retenerla, más la empujó lejos.
Sacudió la ceniza de su cigarro con un gesto cansado. Se sintió el hombre más necio de Fairsfren.
En ese momento, un carruaje se detuvo frente a la mansión. El escudo de los Lanyer brilló brevemente. William observó cómo el cochero asentía hacia Lisa, quien refunfuñó antes de abrir la puerta para Candy.
Apagó el cigarro con rapidez y buscó el timbre de servicio, olvidando, una vez más, que en Lanyer nadie acudía al primer llamado.
—Esto es Lanyer —había estallado Candy el primer día—. Si esperas el mismo trato que en el Palacio Surwhich, te llevarás una decepción. Aquí debes encargarte de cosas tan simples como correr tus propias cortinas o vestirte solo. No hay suficientes sirvientes para atender cada capricho.
Había sonado como una advertencia... y como un límite.
—Lo entiendo —respondió él entonces, sin apartar la mirada de sus ojos verdes, aún más brillantes cuando estaba furiosa—. Si eso significa poder cortejar a mi esposa, soportaré cualquier incomodidad.
Candy lo fulminó con la mirada y se marchó sin decir palabra. Los encajes de su vestido temblaron con su paso airado. William sonrió para sí, cautivado incluso por su ira.
Tal como ella había advertido, se vistió solo. Ajustó su abrigo frente al espejo y salió al pasillo iluminado por el sol invernal de la casa Lanyer.
Viajaban en un carruaje, conducido por un cochero de cabello gris. El paisaje pasaba lento ante sus ojos: campos helados, árboles desnudos, hierba marchita. Todo parecía suspendido en un silencio invernal.
Estaba profundamente aburrido... hasta que sintió la presencia ardiente de Lisa Brill.
Se cruzaron las miradas. William le guiñó un ojo con descaro, pero Lisa inclinó la cabeza como si no supiera quién era. La molestia creció en su pecho, aunque se obligó a mantener la compostura. Después de todo lo que había hecho para subir a ese carruaje, podía soportar la insolencia de una doncella.
Había alegado asuntos financieros de importancia nacional —no del todo falsos— para justificar su presencia. Candy lo había mirado con sospecha, como si viera a través de cada excusa. Fue la intervención de la baronesa la que selló la decisión.
—Candy, compartir un carruaje no significa que tengan una cita —le aseguró con calma—. Si no sientes nada por el Gran Duque, no tienes nada de qué preocuparte.
Candy subió a regañadientes. Que Lisa se sentara entre ambos fue un pequeño consuelo.
William la observó en silencio. Candy se ocultaba tras el ala de su sombrero, vestida con una modestia que contrastaba con el recuerdo que guardaba de ella. De pronto, recordó a la joven de flores exuberantes que había visto años atrás en la estación Surwhich.
Suspiró.
Cuando llegaron a la plaza, Candy fue clara:
—Nos vemos aquí en una hora —dijo, señalando la estatua—. Cada uno tiene asuntos que atender.
William sonrió con dificultad.
—¿Es esto una venganza?
—No sé de qué hablas —respondió ella con frialdad, dándose la vuelta.
William la vio alejarse junto a Lisa, perderse entre las tiendas, y por primera vez entendió cuánto dolía no ser elegido.
Una hora después, mientras Candy caminaba por el mercado, una voz conocida la detuvo.
—Oh, alteza —susurró Lisa—. Mire, allá.
Candy levantó la vista.
Un hombre alto, de cabello castaño, estaba junto al carrusel.
—Abel... —murmuró.
Y los ojos ámbar de él se encontraron con los suyos.
Feliz Navidad, chicas. 🎄
Espero que hayan comido delicioso y compartido momentos lindos con sus familias.
Como siempre, diciembre es un mes maratónico. Mi regalo para ustedes es poder terminar de publicar esta historia antes de que acabe el año; también para mí, porque esta adaptación la estoy leyendo con ustedes a medida que la traduzco y ya me urge llegar al final.
Creo que lo podemos lograr, porque ya estamos muy cerca de la meta.
Las tengo en un afecto muy especial. Gracias por estar siempre.
Besos y abrazos. 🤍✨
Lucy
ESTÁS LEYENDO
FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
