La flor que dejó de florecer
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El baño permanecía en silencio, interrumpido solo por el chapoteo tenue del agua y el arrastrar de pies de los sirvientes. Nadie se atrevía a hablar mientras Candy se sumergía en su mundo de pétalos flotantes y pensamientos suspendidos.
Sentada en el centro de la bañera, observaba las flores que navegaban la superficie, sin moverse, dejando que el tiempo pasara como una marea tibia. Antes de regresar, el miedo la consumía. Ahora, ya en el palacio, se sentía extrañamente en paz. ¿Por qué había hecho tanto escándalo por volver a un sitio tan familiar?
—Su Alteza —susurró Lisa con delicadeza, lanzándole una mirada preocupada—. Si no desea esto, puedo decirle a la señora Morris...
—No, Lisa —la interrumpió Candy con calma, alzando la vista.
Lisa notó la resignación en los ojos de su señora y no dijo más.
Tras el baño, Candy se preparó para la noche. Cubrió su cuerpo frágil con un camisón largo y ató su cabello con cintas, como lo haría una muñeca bien vestida.
—Que tenga un descanso tranquilo, Alteza —dijeron los sirvientes al retirarse.
Ella se quedó de pie en medio de la habitación, escuchando el crujido de la leña en la chimenea. Quizás por los cambios recientes en la decoración, el lugar ya no le resultaba familiar, pese a haber vivido allí el último año.
—Un año —murmuró al sentarse al borde de la cama.
Fue justo esa la estación en la que se había casado. Trató de contar los días que faltaban para su aniversario. Una semana, tal vez diez días. Suspiró. Con tanto encierro, había perdido la noción del tiempo.
Durante meses había esperado con ilusión ese día. Quería celebrarlo junto a William, ojalá sin que él estuviese demasiado ocupado. Rió para sí, avergonzada por su infantil esperanza.
Mañana le preguntaría a la señora Morris la fecha exacta. Sabía que para William no significaba gran cosa, pero como esposa, le parecía su deber atesorar cada fecha especial.
Miró a su alrededor. Sus ojos se detuvieron en dos copas de cristal sobre la cómoda, y el recuerdo de su primera noche juntos emergió como un destello punzante, antes de hundirse nuevamente en lo más oscuro de su memoria.
Sabía que, como esposa, debía complacer a su marido, quizá ese era su papel más importante. Pero se preguntaba cuánto tiempo más podría mantener el interés de William.
Con los ojos pesados por el sueño, observó el reloj sobre la repisa. Era casi la hora del regreso de su esposo.
***
—¿Debería matarlo? —masculló William—. Declaramos la guerra, lo decapitamos y enviamos su cabeza de regreso a Massvrill. Después, tú y mi padre se encargarán del resto.
Entrecerraba los ojos, dirigiendo su mirada al asiento vacío de Alexander.
Adrien dejó su vaso de agua sobre la mesa, una sonrisa maliciosa curvando sus labios. La interminable reunión con los príncipes se había prolongado por culpa del persistente príncipe Ferguson, que se negaba a marcharse. Como un mal perfume, su presencia resultaba difícil de ignorar.
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FLOR VENDIDA
RomansaLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
