Capítulo 141

58 13 4
                                        



Tormenta de nieve

━━━━ ❈ ━━━━



—¿Vas a volver a Surwhich? —preguntó Candy sin pensar.

Se dio cuenta de inmediato de que no debería haberle importado, pero ya era demasiado tarde para retractarse. Una vez que William terminó de hablar con su asistente, se acercó a ella y la miró con serenidad, como si la pregunta no lo hubiera tomado por sorpresa.

—¿Por qué? ¿Eso te haría feliz? —respondió—. Desafortunadamente para ti, no regresaré todavía. Tengo algunos asuntos que atender. No puedo ignorar el tarro de galletas de mi esposa, incluso si ella aún se niega a tener una cita conmigo.

—Nunca tendré una relación contigo —dijo Candy, con firmeza.

—¿Es así? Entonces supongo que tendremos que llamarlo amor no correspondido —contestó él con una sonrisa suave, casi tierna—. Volveré. No te preocupes.

—No quiero que vuelvas.

—¿Necesitas algo del palacio? —preguntó William, como si los acontecimientos del día anterior no hubieran existido... salvo, quizá, los papeles del divorcio.

Sus palabras reflejaban ese aire arrogante tan propio de un príncipe orgulloso, altivo por naturaleza. Candy decidió no responder. Se dio la vuelta y dejó que el crujido de la nieve bajo sus botas hablara por ella.

—Espérame, Candy. Volveré el sábado —dijo William, con la voz cargada de risa.

—No lo haré —gritó ella por encima del hombro.

William, aparentemente ajeno al verdadero peso de aquellas palabras, subió al carruaje con su asistente sin prisa alguna.

Era una tranquila mañana de martes. Copos de nieve relucientes giraban en el aire, como diminutas joyas pulverizadas por el viento. Candy observó cómo el carruaje se alejaba por el camino pedregoso y rezó, en silencio, para que el hombre que viajaba dentro nunca regresara.


***

La agenda del príncipe era una marcha forzada, exigente y despiadada, sin pausas ni alivio.

William ordenó al cochero no detenerse hasta llegar a Surwhich y, apenas arribó, se dirigió directamente al banco para asistir a la reunión de la junta directiva. Al día siguiente, se levantó al amanecer para tomar el siguiente tren hacia Berg, donde lo esperaba un almuerzo con el Departamento del Tesoro.

Trabajó sin descanso durante días, sin concederse tiempo para recuperarse. Escuchó informes interminables, emitió juicios severos sobre asuntos de gran importancia y dio instrucciones precisas a sus subordinados.

De camino a su última cita del día, decidió tomar una breve siesta en el carruaje.

—Hemos llegado, alteza —anunció el cochero.

William no se movió.

El hombre tuvo que sacudirle los hombros con cierta brusquedad para despertarlo. Su rostro mostraba señales inequívocas de agotamiento: el resultado de tres días extenuantes.

—¿Le gustaría reprogramar el regreso a Bertford, alteza? —preguntó el asistente con cautela—. Tal vez sería mejor posponerlo hasta el domingo.

El plan original indicaba que el príncipe partiría hacia Bertford en el primer tren de la mañana siguiente. Sin embargo, considerando que estas cenas solían extenderse hasta pasada la medianoche, aquello implicaría emprender otro viaje arduo sin el descanso adecuado.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora