La flor que no se marchita
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Debió de haber sido una noche agotadora. William dormía con una profundidad inusual, y a Candy le costó trabajo maniobrar el peso inerte de su cuerpo. Fue una suerte que no despertara; si alguien osaba interrumpir su descanso, solía tornarse insoportable.
Con paciencia y esfuerzo, logró desvestirlo por completo y recostarlo sobre las almohadas. El sudor perlaba su frente cuando terminó. Tomó una toalla y, con cuidado, limpió su rostro. Hacía tanto que no estaba tan cerca de él... La intimidad del momento le pesaba en los movimientos, que se volvieron lentos y deliberados, como si temiera romper algo frágil.
¿Por qué seguía dispuesta a amar a ese hombre?
Cada vez que él le ofrecía una brizna de disculpa, ella se entregaba de nuevo, dispuesta a perdonarlo, a comprenderlo, a volver a enamorarse. Pero para William, ¿qué era ella sino una carga?
Había pasado días imaginando su reencuentro, repasando mentalmente cómo sería volver a escuchar su voz, ver su sonrisa, percibir su aroma. Jamás pensó en una disculpa... aunque, en el fondo, lo había deseado. Al menos, una explicación.
Las suposiciones, como un enjambre, no dejaban de revolotear en su mente. Comprendía que, a ojos de todos, era la usurpadora del lugar que alguna vez ocupó la princesa Olivia. Y aunque sabía que no podía evitar ese estigma, le habría bastado una pizca de honestidad por parte de su esposo para resistir el escarnio con mayor entereza. Pero él prefirió guardar silencio... y verla convertirse en una paria.
Si el manuscrito del poeta no hubiera salido a la luz, William habría seguido burlándose de ella por el resto de su vida. Incluso sus hijos crecerían creyendo que su madre era la villana del cuento.
Las manos de Candy temblaban mientras le pasaba la toalla por la frente. Las lágrimas rodaron sin permiso por sus mejillas, y las secó con el dorso de la mano. El corazón, herido, pesaba como plomo en su pecho. Y sin embargo, no podía odiarlo.
Soltó un largo suspiro y, con un gesto torpe, se frotó la cara, enrojeciendo nariz y mejillas por la fricción. William, que solía alterarse con el más mínimo ruido, dormía profundamente, ajeno al dolor de la mujer que lo cuidaba con ternura.
Cuando el llanto cesó, como si el saber la verdad mitigara su angustia, terminó de limpiarlo, acomodó la toalla, guardó el lavabo de latón en el baño y lo arropó. Él no se movió ni un centímetro.
Cerró las cortinas, volvió a su lado de la cama y se metió bajo las sábanas con los párpados pesados. Un leve dolor tirante en el vientre la obligó a abrazarse. Pronto la molestia se desvaneció. Se acarició el abdomen, como si consolara a una criatura inquieta.
El médico le había dicho que podía sentir tirones y pequeñas molestias conforme el bebé creciera. No era motivo de preocupación. Y aunque cierto temor la rondaba, había en ella una esperanza callada: anhelaba el día en que su vientre se llenara de vida.
A pesar del cansancio, permaneció despierta largo rato, observando a William. Compartían la cama de nuevo, después de tanto tiempo, y esa realidad le arrancó nuevas lágrimas. Tantas emociones la desgarraban por dentro...
Recordó la primera noche que durmieron juntos. William nunca supo cuánto había deseado ese momento, incluso después de tantas negativas. Se sintió feliz cuando por fin ocurrió. Aquella noche tampoco pudo dormir: lo miraba dormir, y en la mañana, al despertar, deseó que él también lo hiciera. Lo amaba tanto... creyó que, al fin, eran una pareja real. Pero todo había sido una ilusión.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
