Capítulo 117

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La reina que nació del dolor

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La duquesa siempre había sido una mujer hospitalaria, generosa con sus invitaciones y su mesa. Sin embargo, aquella noche no pudo evitar fruncir el ceño ante la presencia de un invitado que había dicho que no asistiría... pero que, aun así, se presentó. Más allá de su molestia, lo que no estaba dispuesta a perdonar era la artimaña de su nieto. Sentía que la había engañado.

Durante toda la cena, William no apartó los ojos de Candy.

Ella, por su parte, sonreía con discreción, comía con serenidad y mantenía un aire de tranquila compostura. Esa actitud, aparentemente inquebrantable, era lo que más frustraba a William. Aunque se esforzaba, sentía que ella seguía un paso más allá de su alcance, incluso en sus momentos de mayor vulnerabilidad. Para organizar aquella velada, había tenido que desarmar y reconstruir toda su agenda.

Odiaba trabajar por las mañanas, pero hizo el esfuerzo: asistió temprano a la junta directiva del banco y adelantó compromisos. Incluso preparó el almuerzo con una hora de anticipación. Sus allegados, perplejos ante aquel cambio de actitud, apenas lograban reconocerlo. Sin embargo, William se mantuvo firme. No permitiría que nada interfiriera con su prioridad: Candy.

Estaba decidido a sostener esa entrega, aunque eso significara empujar los límites de su propio carácter.

—Ya es tarde —murmuró William, echando un vistazo al reloj sobre la repisa de la chimenea.

—No exageres, ¿qué otra cosa podrías tener planeada esta noche? —replicó la duquesa, dejando la servilleta sobre el plato con estudiada elegancia.

—Me gustaría quedarme... pero no puedo entregarme egoístamente a mis propios deseos —respondió él con seriedad.

La duquesa lo observó de reojo. Notaba su inquietud cada vez que sus ojos se posaban en Candy. Había pensado en invitarla a quedarse esa noche, pero era evidente que William tenía otros planes. La intensidad con que la miraba no dejaba lugar a dudas: no quería separarse de ella.

«De tal palo, tal nieto», pensó con resignación.

Recordó entonces a Luis, recién casado, tan brillante en todo menos en el arte de amar. Se volvía torpe, hasta irritante, frente a su esposa, provocando sin querer su enojo. Sí, lo veía repetirse ahora, como un ciclo. Los Lobos de De Ardley eran hábiles para muchas cosas, menos para entregarse con gracia al romance.

La duquesa clavó la mirada en William. Él le sostuvo la mirada y, tras un breve silencio, le dedicó una sonrisa serena, casi descarada, y asintió.

Un gesto de insolente confianza que no podía evitar admirar, aunque la desesperara. En su rostro se mezclaban el orgullo inquebrantable de los De Ardley y la testarudez innata de Arsène. Si algún día alguien lograba domarlo, sería un marido admirable. Pero la tarea sería ardua.

La cena concluyó antes de lo previsto. La duquesa acompañó a sus invitados hasta el carruaje.

—Estás haciendo una escena —dijo en voz baja, aprovechando que Candy subía al carruaje para reprender a su nieto—. Si vas a comportarte así, al menos intenta tener una cita decente. Es una habilidad útil, ¿sabes? Te sorprenderías de lo eficaz que puede ser.

—Abuela... ¿has estado bebiendo? —William arqueó una ceja, disimulando con sorna la incomodidad.

—Incluso borracha, sigo siendo mejor en citas que tú, William De Ardley.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora