Capítulo 136

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Almendra dulce

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William no dudó ni un instante en concluir que Abel Lore era un imbécil.

Lo vio de pie junto a Candy, cerca del carrusel. Lo reconocería en cualquier lugar: ese aura de caballero impoluto que rayaba en lo ridículo era imposible de ignorar. La escena resultaba apenas más tolerable gracias a la presencia de la guardiana del infierno, Lisa, siempre alerta, siempre interpuesta.

—¿Hola, señor?

La voz del encargado del puesto de almendras devolvió a William al presente. El hombre estaba visiblemente irritado: William llevaba varios minutos allí, sin comprar nada, bloqueando a los clientes. Cuando volvió a mirar hacia el carrusel, Candy y Abel ya no estaban.

Con un gesto de fastidio, William se puso en movimiento.

Mientras avanzaba entre los puestos, un aroma familiar lo detuvo. Miel caliente, canela, vapor dulce mezclado con el aire frío... y allí estaba: el tentempié que Candy siempre disfrutaba durante el Festival de Mayo en Bertford, en aquellos días luminosos de primavera.

Compró un cono de almendras confitadas, aun sabiendo que no bastarían para cambiar lo que ella sentía. Aun así, se aferró a la mínima esperanza de captar su atención, aunque fuera por un instante. El otro problema —Abel Lore— seguía ahí. Su sola presencia confirmaba que aquel hombre era, en efecto, un maldito bastardo.

William guardó el cono en el bolsillo de su abrigo y retomó la búsqueda.

Candy iba a odiarlo.

Cuando el carrusel volvió a aparecer ante sus ojos, William se detuvo un momento para recuperar el aliento. Sabía que Candy, como siempre, tomaría partido por Abel y lo culparía a él. Pero cuando escuchó la risa del pintor, clara y despreocupada, supo que no podía quedarse al margen.

Candy seguía siendo su esposa.


***

—Ha pasado un tiempo, señor Lore —saludó William, con una calma estudiada.

Candy y Abel se giraron al mismo tiempo. Lisa, que observaba el carrusel, también se volvió, sin disimular su sorpresa. William se colocó junto a Candy, erguido, firme, como un lobo defendiendo su territorio.

—No es necesario —añadió cuando Abel intentó saludarlo—. Evitemos llamar más la atención, ¿les parece?

Con un gesto despreocupado, señaló a los curiosos que comenzaban a mirar. Su compostura era impecable; parecía otro hombre distinto al que había causado tanto revuelo el verano anterior.

Abel comprendió el mensaje y le ofreció una breve reverencia.

—Alteza. Bertford también es mi ciudad natal. Estoy de visita por unas semanas. Cuando vi a Candy, pensé que sería una buena ocasión para ponernos al día. Ha pasado mucho tiempo desde que vi a mi amiga de la infancia.

—Lo entiendo perfectamente —respondió William, rodeando la cintura de Candy con el brazo—. Mi esposa se encuentra recuperándose de un problema de salud.

Candy se estremeció. La audacia de William la tomó por sorpresa, pero él permaneció imperturbable. Abel frunció el ceño, claramente incómodo ante la forma en que William hablaba de ella.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora