Capítulo 36

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Cortinas cerradas

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Candy se acurrucó sobre sí misma, tratando desesperadamente de permanecer protegida. La lluvia había comenzado poco después de que encontrara la casa de Abel vacía. Habían quedado en verse debajo de la torre del reloj por la tarde, pero cuando el sol comenzó a ponerse y él aún no había aparecido, Candy fue a su casa. Fue entonces cuando empezó a llover y ella volvió a la torre del reloj. Ahora se estaba acercando la medianoche y los ojos de Candy se estaban poniendo pesados. Miró a lo largo de las calles empapadas de agua con los ojos medio cerrados. Estaban vacíos, fríos y oscuros, como todo lo demás en su vida.

Sin el dinero que Abel le prometió, no podría regresar a Bertford. Tampoco quería volver a la Mansión White, jamás regresaría a ese lugar, no importaba si eso significaba dormir bajo la lluvia de la estación hasta que pudiera tomar el tren y volver a lugar de donde nunca debió salir.

Luchó por mantener los ojos abiertos. Necesitaba esperar a Abel. Con renovada esperanza, Candy pudo sentir que el calor se extendía por sus rígidos miembros y se levantó. Sus piernas temblaban debido al calambre por estar agachada durante horas. Ya no podía luchar contra las emociones. La ansiedad dio paso a la desesperación y ella se permitió entregarse por completo a la tristeza. Lloró mientras se sentaba en el suelo húmedo y frío. La lluvia escondió sus lágrimas. Se sentía abandonada y verdaderamente sola. Por encima de todo, deseaba estar en casa con su abuela, sentada junto a un cálido fuego.

La lluvia cesó de repente. Había dejado de llover, pero aún podía oír el golpeteo sobre el cemento. Por encima de la larga sombra proyectada por la luz de una lámpara de gas, vio un par de zapatos lustrados frente a ella.

Y cuando miró hacia arriba... ¿Abel? Estaba a punto de preguntar, pero la persona que vio era...

—¡Príncipe William!

Candy no podía creer lo que veía. Estaba oscuro, estaba cansada, las lágrimas nublaban su visión, pero aún era William quien estaba allí, sosteniendo un paraguas sobre ella.

William no sabía cómo manejar la situación y se quedó allí, mirando a la desafortunada mujer. Se miraron el uno al otro durante un largo rato, hasta que un relámpago los iluminó y el sonido de un trueno los empujó a la acción.

Él le ofreció una mano, pero Candy se alejó. El duque la miró con sus ojos fríos y su rostro tan implacable como siempre. Se arrodilló a su lado, la tomó suavemente de la barbilla y volvió su rostro hacia él. Ella tembló ante su delicado toque.

William suspiró y murmuró una maldición por lo bajo. Movió su mano para ahuecar la mejilla de Candy y muy gentilmente giró su rostro para encontrarse con el suyo. Ella finalmente lo miró correctamente y él sintió un puñal clavándose en su corazón cuando sus ojos se encontraron. Miró a Candy hasta que dejó de temblar. Sus ojos eran brillantes y claros, pero tan llenos de tristeza. Al igual que aquella vez en la orilla del río, el príncipe pensó que esa sería la última vez que la vería.


***

Candy miró a William con asombro y se quedó atrapada en algún lugar entre el sueño y la realidad. El carruaje en marcha, la lluvia torrencial, la vista nublada por el calor y, en medio de todo, la cara de William. Era como un sueño muy vívido.

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