En el fin del mundo
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El camino rural parecía extenderse más allá del horizonte, como si no tuviera fin. Hacía mucho tiempo que no pasaban siquiera frente a una granja. Todo lo que William podía ver por la ventana era un mar de olas verdes, congeladas en forma de colinas.
Candy estaba absorta en el paisaje. Observaba los árboles, arbustos y campos verdes como si fueran nuevos ante sus ojos.
—William, ya casi llegamos —dijo emocionada.
Lo había repetido varias veces en la última hora, pero esta vez su expresión entusiasta le pareció tierna a William, así que aceptó su mentira una vez más. No era como si estuvieran viajando al fin del mundo.
Molesta por su expresión aburrida, Candy intentó entusiasmarlo con el paisaje. Le explicó el entorno rural, con palabras que a William le sonaban extrañas.
—El pantano más allá de ese campo está lleno de ranúnculos y perejil de agua. Allí —señaló un bosquecillo a lo lejos—, hay un madroño negro.
William miraba por la ventana con una expresión lánguida, como un gato somnoliento. Una orilla de río bañada de dientes de león, un bosque de arces y un estanque que brillaba como un espejo pasaron ante sus ojos indiferentes. Deseó poder dormir, pero el traqueteo del carruaje se lo impedía.
—Ya casi llegamos —repitió Candy, mientras el sol comenzaba a ponerse sobre las colinas—. Esta vez de verdad.
Quizá percibió la desconfianza en sus ojos, por eso añadió ese último comentario. Señaló por la ventana y, más allá de un campo de flores amarillas, apareció la silueta de una casa de piedra. Una mansión, literalmente construida en el corazón de la naturaleza.
William la observó con ojos cansados. Pensó en la ciudad, en lo remota que le parecía la estación de Bertford. Justo cuando su paciencia llegaba al límite, el carruaje entró en la calle Lanyer.
—¡Abuela, abuela! —llamó Candy.
Apenas vio la puerta principal, gritó entusiasmada. Su voz le provocó a William un ligero zumbido en los oídos. Antes de que los lacayos pudieran abrir la puerta, Candy ya había salido. La baronesa la esperaba en el umbral.
—No pareces una dama, Candy —la regañó burlonamente mientras la abrazaba.
William observó la escena con cierta incomodidad. Se sintió como un villano que había separado a Candy de su familia, aunque no tuviera nada que decir al respecto.
—Oh, he cometido una gran falta —dijo la baronesa al notar a William—. Gran Duque, ha pasado tiempo. Le agradezco sinceramente por venir hasta aquí a ver a esta anciana.
William se preguntó si, en un futuro lejano, Candy se parecería a esa mujer. Sonrió mientras se inclinaba ante la baronesa. Tenían los mismos ojos amables, el mismo tono de voz y hasta un broche de flores artificiales similar.
—Gracias por recibirme, baronesa.
—Dios mío, es un verdadero príncipe —susurró alguien con asombro, llevado por el viento.
—¿Están seguros de que no les importa? —preguntó la señorita Pony, sin apartar la vista del Gran Duque.
—Sí, por supuesto. Es más que suficiente —respondió William mientras miraba alrededor de la habitación de Candy.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
