Capítulo 145

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Cuando el muñeco de nieve se derrita

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—¿Cómo... cómo lo sabes? —preguntó Candy, mirando a William sin comprender.

—Se lo pregunté al médico.

Los recuerdos de una tarde de finales de verano cruzaron la mente de William. Al día siguiente de haber recogido las pertenencias de su hijo, visitó la clínica. Allí pidió un relato detallado de todo lo que se sabía sobre el embarazo: desde la primera confirmación hasta el desafortunado aborto.

El médico habló con cuidado, abordando cada aspecto, incluso el sexo del feto, aunque William apenas logró retener los detalles de aquella explicación; el impacto había sido demasiado grande. Le repitieron varias veces que un aborto espontáneo era algo común, que no había culpa alguna que asignar, y añadieron, con intención de consuelo, que aún existía la posibilidad de que en el futuro naciera un niño sano.

No era culpa de nadie.

William había obtenido la confirmación que buscaba. La visita había cumplido su propósito.

—Nuestra hija... era una niña —afirmó con serenidad.

—¿Por qué...?

Candy dio un paso hacia él y se llevó las manos al pecho, como si rezara. Apenas los separaba un paso; entre ambos, el pequeño muñeco de nieve adornado con una campanilla de invierno. William sintió el ardor de las lágrimas, guardó silencio y apartó la mirada. Todo a su alrededor era blanco: nieve pura, luz cegadora, un sol que le hería los ojos.

—No sabía si sería niño o niña —dijo finalmente—, así que compré dos muñecos.

—¿Un muñeco...? —Candy sintió cómo las lágrimas se acumulaban, contrastando con el rubor helado de sus mejillas.

—Sí. Un regalo para nuestra hija. Lo compré el mismo día que la perdimos.

William dejó escapar una breve risa, amarga. Las palabras que durante tanto tiempo habían sido imposibles comenzaron a fluir, suaves y dolorosas.

—Ese día pensé, ingenuamente, que todo estaba resuelto, que por fin entendía en qué había fallado contigo y con todos. Fue una cosa tras otra, ¿no?

—¿Un regalo... de tu parte? —Candy apenas lograba articular las palabras.

—No era de esos regalos que no te gustan. Lo elegí yo mismo, mientras los grandes almacenes se agitaban solo por verme entrar.

Intentó sonreír, pero no tuvo fuerzas. Una sequedad áspera le cerró la garganta, una incomodidad que le tensaba los nervios y que, en otros momentos, lo habría llevado a buscar un cigarro.

—Compré un osito —continuó—. Uno con cintas azules y otro con cintas rosadas. Era tan suave... me recordó a ti.

Sabía que sonaba absurdo, pero no pudo evitarlo. Los recuerdos regresaron con una claridad cruel: el tacto del pelaje tibio, el olor a algodón nuevo, el brillo de los ojos de juguete, la sonrisa del empleado, la multitud curiosa. Todo mientras él ignoraba que su hijo ya no vivía.

—Después vi algo más... algo bonito. Pensé que te gustaría. Quería demostrarte que podía ser un buen esposo, un mejor padre. Pero tú estabas sufriendo, sola.

Intentó reír de nuevo, sin éxito. Había sido un necio arrogante, incapaz de abandonar trivialidades cuando creía tenerlo todo bajo control. Ahora, aquellos regalos parecían malditos, como si cargaran con toda su desgracia.

—Debí haber vuelto a casa. Si lo hubiera hecho, al menos no habrías estado sola.

Se secó las lágrimas con calma y se acomodó el cabello hacia atrás. Incluso en su quiebre, conservaba una dignidad rígida, casi dolorosa.

—William...

Candy no podía creer lo que escuchaba. Sabía que él no mentía; por eso, la verdad la desarmaba aún más.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —se acercó con la mano temblorosa—. ¿Por qué?

William respiró hondo y alzó la mirada. Sus ojos azules, bajo el flequillo suelto, brillaban como un campo nevado: fríos, desolados.

—Tenía miedo, Candy —dijo con voz serena—. No encontraba las palabras. No quería excusarme. Pensé que, con el tiempo, todo sanaría, que podríamos intentarlo de nuevo. Los abortos son comunes... me convencí de que no era algo único.

La luz del sol delineaba su rostro, hermoso y quebrado por la tristeza.

—¿No es irónico? El hijo que reclamé como mío nació del matrimonio de otro hombre, y mi verdadera sangre... se perdió por un arranque de ira de un miserable.

Guardó silencio. Los pensamientos que durante tanto tiempo habían sido niebla regresaron, claros como nieve recién caída. Quería dejar constancia de que no era culpa de Candy, aunque supiera que la culpa era enteramente suya.

Ella había soportado abusos, humillaciones, verdades dolorosas. Pero nada de eso la había quebrado tanto como su abandono. Él la había llevado al límite.

Las lágrimas volvieron a amenazarlo.

—Debí protegerte desde el momento en que supe de tu embarazo. Debí alegrarme contigo, decirte que no te preocuparas, que yo me encargaría de todo. Tal vez así... nuestra hija estaría viva. Cada vez que lo pienso, siento que pierdo la razón.

Dio un paso hacia ella, dominado por el deseo de abrazarla, de encontrar refugio en su calor.

—Todo fue culpa mía.

Las palabras lo atravesaron como una condena.

—Lo siento.

La miró directamente a los ojos. El viento agitaba el vestido de Candy y el abrigo de William. Permanecieron así, en silencio.

—Nunca supe qué debía hacer —continuó—. Enterré mis sentimientos como un cobarde.

"Lo siento".

Candy comprendió entonces que aquellas palabras susurradas la noche anterior no habían sido una ilusión nacida de la tormenta.

—Tenía miedo de llorar contigo —confesó—. Pensé que, si admitía mi culpa, te perdería... y aun así te perdí.

Candy rió. Rió hasta llorar, como si se burlara del destino. Él habría preferido que lo odiara para siempre, pero ahora su corazón quedaba expuesto, sin defensas.

—Tu esposo es un imbécil —dijo con amarga honestidad—, alguien que creyó que todo podía arreglarse con dinero y regalos.

Candy apretó la falda con fuerza. Los muñecos de nieve los rodeaban como silenciosos testigos. Se prometió no volver a caer en un amor que tanto daño le había hecho.

—Ni siquiera pude despedirme de ella —murmuró William—. Estaba demasiado ocupado comprando regalos inútiles.

El sol invernal bañaba su rostro sereno. William fijó la vista en el pequeño muñeco de nieve. En su mente, aquel bebé tomó forma: una niña de ojos verdes y cabello rubio, corriendo sobre la nieve, llamándolo con alegría.

Alzó la mano y secó las lágrimas de Candy, acariciándole la mejilla con suavidad.

—Fue mi primera hija. Mi bebé precioso. Puede que llegue tarde, pero cada palabra es sincera.

Había llegado el momento de despertar, de dejar atrás la pesadilla que habían construido juntos.

—Candy... cuando los muñecos de nieve se derritan, deja que nuestra hija se vaya con ellos. Déjala descansar. Como deseaste, que encuentre un lugar mejor.

La miró con una ternura nueva, luminosa como un sol de primavera.

—Esta vez, estaré contigo para despedirnos.

Y entonces, los sollozos de Candy rompieron el silencio del campo nevado.



FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora