Capítulo 56

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Mía

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Candy abrió los ojos a la deslumbrante luz del sol. Se quedó mirando fijamente las motas doradas de polvo que bailaban en el aire y cuando recordó el momento en que se quedó dormida, apretó la manta más cerca de ella. Una suave risa a su lado llamó su atención.

William estaba sentado en la cabecera de la cama mirándola. Su cabello revuelto brillaba como finos hilos de oro y también su rostro, que aún conservaba la sonrisa persistente.

Agarró la almohada de plumas y miró a su marido. William no era muy diligente, pero sí muy concienzudo en sus responsabilidades como marido. Incluso si ella le suplicaba porque no podía continuar, él no se detendría hasta satisfacer su codicia.

Deseó haber aprendido de la señora Peg. Caviló sobre su mala elección de maestro, pero el arrepentimiento fue inútil, ya había tomado una decisión y tenía que aceptar las consecuencias.

El reloj le dijo que la mayor parte del día ya había terminado. Lamentó no haber podido ver a los delfines. Sintió que pasaría el resto del día en la cama.

—¿Falta mucho para llegar a Massvrill? —Avergonzada por el silencio en la habitación, reunió el coraje para hablar.

William cerró el libro que estaba leyendo y se acurrucó junto a Candy, apoyando la cabeza en un brazo.

—Unos tres días —dijo—. Comenzamos aquí y avanzamos hasta aquí. —Movió una mano hacia el dobladillo de la manta y la bajó—. Estamos aquí ahora. —Su largo dedo índice comenzó a viajar hasta el pecho de Candy e hizo algunos pequeños círculos—. Sólo un poco más y atracaremos en Massvrill. —Su dedo continuó su viaje hacia el sur—. Entonces nos subiremos a otro barco y...

—P-Para. Está bien, ya entendí —dijo Candy deteniéndole cuando llegó hasta su ombligo.

William la miró fijamente, pero se mantuvo relativamente despreocupado.

—Creí que tenías curiosidad.

—No tienes que explicarlo de esa manera —respondió Candy.

—¿Por qué? —William sonrió tranquilamente, como si no le importaran las opiniones de su esposa—. Me gusta este mapa.

Justo cuando Candy no sabía qué decir, alguien llamó a la puerta y sintió que el alivio la invadía.

—Su alteza, la delegación ha enviado una actualización del cronograma, sé que es de mala educación, pero requieren que lo revise con urgencia.

—Bien —dijo William después de cubrir rápidamente a Candy—. Adelante.

Él se sentó, llevaba un camisón holgado y Candy estaba completamente desnuda. La puerta se abrió y Candy se apresuró a cubrirse la cara con las mantas, podría haberse desmayado de la vergüenza. Estaba tan avergonzada que no podía respirar correctamente. William aceptó el informe como si no pasara nada.

Candy apenas asomó su rostro sonrojado por debajo de las mantas una vez que la criada se fue.

—¿Te gustaría algo de té? —William preguntó casualmente.

—Te odio —dijo Candy con ojos llenos de fuego.

—¿Por qué me odias? —preguntó William mientras revisaba los documentos traídos por la criada.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora