Capítulo 153 - Final

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Un tarro de galletas nuevo

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—Mire, Alteza, un artículo en el periódico lleno de elogios.

Lisa irrumpió en la habitación del hospital justo cuando Candy estaba sentada en el alféizar de la ventana, dejándose bañar por la tibia luz del sol. El periódico que llevaba en las manos, con el nombre de la Gran Duquesa destacado en la portada, era radicalmente distinto a todos los artículos que se habían escrito sobre ella con anterioridad.

Candy se levantó de un salto, alarmada.

—¡Lisa, no puedes correr así con tus heridas!

—Estoy bien —respondió ella, restándole importancia—. Apenas me duele el pie.

Según los rumores, haber salvado a la Gran Duquesa le había valido a Lisa el privilegio de una suite propia en el hospital. Aun así, pasaba la mayor parte del tiempo junto a Candy.

Con una mezcla de temor y curiosidad, Candy tomó el periódico mientras Lisa se acercaba cojeando hasta la ventana.

Los santos de Fairsfren levantan la maldición del hongo venenoso.

Bajo el titular audaz, una fotografía en blanco y negro mostraba a Candy y William el día de su boda. El artículo elogiaba sin pudor el amor del Gran Duque y su esposa, afirmando que había florecido en medio de la tragedia del accidente ferroviario.

Narraba, con exagerado dramatismo, cómo el príncipe William se había lanzado entre los escombros para salvar a su esposa, y cómo la Duquesa, aun herida, había cuidado devotamente de los demás. Culminaba con un emotivo reencuentro, adornado con detalles tan floridos que rozaban la ficción, todo claramente pensado para conmover... y vender más ejemplares.

No resultaba exagerado —según el texto— afirmar que el amor de la Duquesa había roto la maldición impuesta sobre el príncipe por la odiosa bruja de Massvrill. Gracias a ese amor ardiente frente a la adversidad, el Gran Duque había quedado libre de la temida Maldición de la Seta Venenosa.

El artículo cerraba describiendo un supuesto beso apasionado entre el príncipe y la princesa en el cuartel, un momento tan exageradamente relatado que parecía sacado de una ópera trágica.

—Oh, Dios mío... —susurró Candy, dejando el periódico a un lado, visiblemente mortificada.

El sonrojo le subió hasta las mejillas.

—Esto es... —no logró terminar la frase.

Era cierto que era tímida y poco acostumbrada a la atención pública, pero le resultaba profundamente injusto que un gesto sencillo hubiera sido transformado en un espectáculo indecoroso.

—Los periodistas son unos mentirosos —bufó Lisa, haciendo un puchero—. Aunque, al menos ahora Fairsfren sabe la clase de persona que usted es mi señora.

Lisa se irguió con orgullo, satisfecha por los elogios que Candy recibía, especialmente entre el personal del hospital, aunque todos parecían especialmente interesados en el último párrafo.

—Mañana volverá a Surwhich —continuó—, y me alegra mucho que esta vez pueda empezar bien. Eso sí, tenga cuidado de no hacer demasiado contacto visual con el príncipe, no quiero que más muestras públicas de afecto terminen en la prensa.

Candy se sonrojó aún más.

El regreso de la Gran Duquesa fue tan natural como el fluir del agua. Desde entonces, ya no dudaron en mostrarse afecto con sencillez: dormían y despertaban juntos, compartiendo la misma cama.

FLOR VENDIDADonde viven las historias. Descúbrelo ahora