Perdón
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Lisa condujo a Candy hasta el salón, donde se encontró cara a cara con Adrien y Sarah. Jamás habría imaginado que volvería a ver aquellos rostros.
Sarah la saludó con una sonrisa temblorosa, cálida y contenida. Era una expresión que Candy conocía bien. Tras inclinarse con una reverencia cortés, dirigió su atención hacia el hombre que acompañaba a la princesa.
El cabello platino de Adrien estaba cuidadosamente peinado, enmarcando su rostro de rasgos finos; sus ojos, de un azul profundo, parecían observarlo todo con calma calculada. Candy se desconcertó ante aquella figura tan serena, tan parecida —y a la vez tan distinta— a la de William.
—Ah... hola, Su Alteza, el príncipe heredero.
Candy lo saludó antes de que él pudiera decir una palabra. Incluso sin las gafas, era imposible confundirlo con su hermano. Luego, volviéndose hacia Sarah, sonrió con suavidad.
—Princesa, cuánto tiempo sin veros.
—Lamento mucho todo, gran duquesa —intervino Adrien con tono conciliador, procurando suavizar el ambiente.
Se sentaron. Lisa trajo refrescos, y sin rodeos innecesarios, Adrien comenzó a explicar lo ocurrido entre Massvrill y Fairsfren, así como el pacto que se había sellado en secreto. Candy escuchó con atención, esforzándose por asimilarlo todo.
Comprendía perfectamente lo que William había querido obtener a cambio de proteger la alianza entre las familias reales. Sin embargo, aquellos asuntos de estado ya no le concernían; no afectaban en lo más mínimo su presente.
—Está bien, alteza, no tiene que seguir disculpándose —respondió Candy con serenidad, una leve sonrisa en los labios—. Fue un acuerdo secreto entre dos reinos, y estaba en juego la seguridad de la monarquía. Lo entiendo.
—La idea fue de William —añadió Adrien con un deje de pesar—. Quiso proteger a la princesa. Tomó la iniciativa y asumió demasiada responsabilidad sin considerar las consecuencias a largo plazo.
—Lo entiendo —repitió Candy, con voz distante.
Adrien desvió la mirada hacia su hermana. Sarah, incapaz de sostenerle la vista, suspiró. La mujer frente a ellos parecía otra: más firme, más dueña de sí. Tan distinta que ambos dudaron por un momento de si esa era, en verdad, la misma Candy.
—Sarah —la llamó Adrien en un intento de romper la incomodidad.
La princesa dejó su taza de té, respiró profundo y, con un gesto decidido, levantó la cabeza.
—Soy consciente de que mis palabras y mis actos te han causado un gran daño —comenzó—, y con razón. Podría decir que todo fue porque ignoraba la verdad sobre Olivia, pero eso sería sólo una excusa. La verdad es que, incluso sin ella, te habría juzgado igual. —Hizo una pausa, sus ojos brillaron, sombríos—. En algún momento pensé que no eras digna del Gran Duque, aun cuando mi hermano se había convertido en un hombre atormentado. Fui injusta al juzgarte por rumores y apariencias, y demasiado débil para buscar la verdad por mí misma.
Adrien la observó en silencio. No sabía si debía interpretar sus palabras como una disculpa sincera o como un acto de orgullo contenido.
—Yo no sabía nada de las intrigas de Olivia —continuó Sarah, con voz más baja—. Creía que éramos hermanas, y me negaba a ver que había sido manipulada. Te desprecié sin motivo, sólo porque ocupabas el lugar que ella había perdido. Cuando supe la verdad, me di cuenta de que todo había sido una excusa para justificar mi crueldad.
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FLOR VENDIDA
RomanceLady Candice es lanzada al mercado matrimonial tras ser engañada con la promesa de que si accedía a ser una debutante, podría conservar la propiedad de sus abuelos, los barones de Lanyer, quienes estaban en una precaria situación financiera. El prí...
