No había creído ni una sola palabra de las excusas que le había dado Eleonor. Podía ser verdad o podía ser trola. Era una manera elegante de atemorizarla, por si acaso, y que la sangre no llegara al río. Pero la cosa no quedaría así. Tenía que averiguar quien más lo sabía, y quien hizo la última ronda para comprobar la coartada de Eleonor.
Se alejó de allí paseando, de camino al corralito donde estaba encerrado su rebaño y, puesto que ya empezaba a amanecer, sin importarle qué hora fuese, decidió sacarlo a pastorear y tumbarse a descansar un rato bajo cualquier árbol. Lejos de aquella casa. Lejos de todo el mundo. Ya no se fiaba ni de su sombra.
Cuando Lula lo vio, salió corriendo a su encuentro moviendo la cola y le saltó encima, tirándolo de espaldas. Cuantas ganas tenía de abrazarla. Echaba tanto de menos poder abrazar a alguien y ser correspondido... Se acordó de Jowy una vez más. Abrazó a Lula pensando en ella. Era un animal, pero la quería. Y su cuerpo estaba caliente, y respiraba, no era igual que abrazar a la almohada. La almohada está fría, inerte, no se mueve, no se le nota latir un corazón por ahí dentro. No te devuelve el abrazo. Lula tampoco, pero por lo menos lamió su mejilla cuando se le escaparon unas lagrimillas de nostalgia.
Se recompuso enseguida y sacó a pastorear el rebaño.
Caminó en dirección a la puerta oeste, la más alejada del perímetro de la muralla. Normalmente siempre salía por la puerta principal, que era la única que estaba abierta durante el día y vigilada durante la noche, pero no tenía ganas de que lo siguieran las cámaras de seguridad conforme avanzaba. Así que decidió probar nuevas rutas.
El terreno hasta aquella puerta era bastante boscoso, pasó por la improvisada recreación de una ciudad que le construyó Angus para poder practicar los aparcamientos y los cruces cuando le enseñaba a conducir, pero el bosque aún continuaba mucho más allá. El camino hacia aquella puerta se iba convirtiendo en una senda cada vez más llena de hierbas y matorrales que habían invadido lo que antes era un camino. La tierra de las orillas parecía más fértil que la del resto del perímetro puesto que los matorrales eran abundantes y diversos. Tras un grupo de abetos frondosos descubrió un grupo de chopos. Los chopos necesitan mucha agua y suelen crecer en las riberas de los ríos. Se acercó para curiosear. Tras los chopos había unas cañas verdes. Sin duda por allí había pasado agua, posiblemente procedente del deshielo. Había un pequeño barranco, apenas una acequia, cubierto de plantas verdes y húmedas. Tanteó su fondo con la vara que usaba para pastorear, pero no había sonido de agua. Estaba seco. Sin embargo la humedad era evidente porque había mosquitos volando por todas partes. Pero continuó caminando, hasta que vio la puerta oeste erguirse en el horizonte, seguida de la muralla que la acompañaba. Antes de llegar al alcance de las cámaras, buscó una sombra frondosa y un lecho de hojas cómodo donde descansar y se tumbó a dormir mientras sus ovejas comían hierba fresca y diferente.
Cuando despertó se acordó de nuevo de aquel barranco, que más bien parecía una rambla, y decidió seguirlo un rato, para ver si por todo el tramo era igual, por curiosidad y porque no podía pasar la muralla, ya que la puerta oeste estaba cerrada con candado y tras sus rejas continuaba viéndose bosque frondoso.
Caminando a buen paso empezó a oír ruido de ranas. No tardó mucho en encontrar una especie de estanque. Era pequeño, apenas cinco metros cuadrados, y poco profundo, puesto que se veían las piedras del fondo, cubiertas de verde. Cañas y juncos lo rodeaban casi en su totalidad. Bordeándolo descubrió que el agua continuaba más allá de los cinco metros cuadrados visibles. Se abría paso por entre las cañas y los juncos, que la ocultaba, y se extendía como si estuviera invadiendo una hondonada. Pensó que tal vez en algún tiempo alguien la utilizó para regar algún huerto, cavando lo que pensó que era un barranco para convertirlo en acequia. Pero el nivel del estanque había bajado tanto que el agua no alcanzaba la boca del barranco y se desbordaba por el lado opuesto. Como no tenía nada más interesante que hacer, y ni siquiera tenía hambre todavía a pesar de que el sol estaba ya muy alto, continuó caminando siguiendo el curso y la dirección del pequeño riachuelo que se desbordaba del estanque, hasta que salió del bosque y se encontró en una pequeña colina despejada, cubierta de pasto verde, cuya pendiente iba a parar al lago por su parte más alejada de la casa.
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ETHEL, El heredero.
Novela JuvenilRüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
