19. Jurar el cargo.

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Elaboró una tabla de ejercicios, según un libro que encontró a duras penas en la biblioteca, mientras la ordenaba por temas y secciones. Y como el gimnasio estaba en obras todavía, pues hacía sus ejercicios en la parte de atrás de la casa, un poco alejado para que nadie lo viera y se burlase de él y de su delgadez.

Empezó dándose largos paseos por todo el perímetro de la mansión, para acondicionar las piernas y también para buscar un punto débil en la muralla que lo bordeaba. Luego aquellos paseos empezaron a ser carreras, que cada día completaba en menos tiempo. Y así poco apoco fue aumentando el número de ejercicios. Pero le faltaba lo fundamental, lo que más le gustaba. Nadar. Y aquel lago cada día que lo bordeaba le decía: Ven, ven, sumérgete. El agua parecía estar helada, apenas se había derretido la nieve, pero no se había congelado en todo el crudo invierno a pesar de que habían soportado temperaturas de 25ºC bajo cero en algunos días.

Sin embargo, una mañana de primeros de febrero, el sol pegaba con más fuerza de la habitual para aquellas fechas, y tras la carrera y los ejercicios diarios, se había ido quitando prendas de ropa hasta quedarse en manga corta. No hacía nada de viento, lo que contribuía a que la temperatura fuese más elevada. Al pasar por el lago aquella vez no pudo contenerse y tras otear un poco el fondo, calculando la profundidad, se descalzó, retrocedió unos pasos para tomar carrerilla, y saltó al agua. El agua fría le sentó de maravilla,haciendo circular la sangre otra vez por sus venas, haciéndole sentir la adrenalina que tenía en el cuerpo y que nunca le daba ocasión de soltar. Nadó y nadó, hasta casi la mitad del lago,donde las corrientes eran más fuertes, luego dio media vuelta y volvió a la orilla por donde había saltado, más contento que unas castañuelas por haberse atrevido a saltar y por haber disfrutado tanto nadando. Allí le esperaba Mágnum con un albornoz preparado para él. Serio, imperturbable, con su cara de póquer.

—Gracias, Mágnum —dijo sorprendido al salir del agua y enfundarse el albornoz sobre la ropa mojada, empezando a tiritar.

—Su abuela quiere verlo, señor —anunció Mágnum, irritado por tener que hacer de niñera.

—En cuanto me ponga ropa seca voy —contestó sonriente, echando acorrer hacia la casa para cambiarse cuanto antes. Llenándolo todo de gotas.

Desde la conversación en la torre, cuando el contable estaba presente, no había vuelto a hablar con su abuela, ni se la había cruzado por los pasillos ni le había visto la cara, excepto en el comedor, donde se sentaban cada uno en una punta de la mesa,demasiado lejos como para entablar conversación. Ya no iba a tomar café con ellas después de comer, a él no le gustaba Marujear,prefería echarse una siestecita, si no le pitaban demasiado los oídos mientras lo ponían verde a sus espaldas. Pero como la última vez la cosa no terminó demasiado bien, temía que su abuela estuviera enfadada con él todavía y acudió a su llamada un tanto temeroso.

En la torre esta vez lo estaban esperando en la sala de audiencias,donde estaban reunidas también sus tías y primas, con un toque de formalidad que no le gustaba nada. Todas estaban sentadas en elegantes y vistosos sillones alrededor de la gran sala, como si esperasen que entrara la corte del faraón con sus ofrendas y sus bailes regionales. Y observó que no había sillón para él, con lo que permaneció de pié, en el centro, descubriendo que él era el juglar al que esperaban.

—Hola querido —Empezó diciendo amablemente su abuela para disipar el ambiente de tensión que reinaba en la estancia. Al parecer habían estado discutiendo algún tema peliagudo en su ausencia—. Si quieres coger una pulmonía no hace falta que te tires al lago, y si lo que quieres es suicidarte, hay maneras más efectivas de hacerlo —dijo cargada de ironía.

Él no contestó. Estaba muy ocupado analizando la situación,intentando adivinar qué pasaba allí y para qué lo habían llamado cuando lo veían todos los días en la hora de la comida. Al lado derecho del trono de la abuela había una fila de cinco sillones ocupados por cinco vejestorios que lo miraban con curiosidad.

ETHEL, El heredero.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora