Empujó la pesada puerta de la sala de audiencias sin muchas ganas y vio que estaban ya todos allí. Sus primas, sus tías, su abuela sentada en su sillón, que simulaba un trono presidiendo la sala decorada con caros tapices de escenas de caza, cuando allí en realidad nadie cazaba.
Todos volvieron la cabeza para mirarlo y eso lo incomodó bastante. También habían asistido tres miembros del consejo de la condesa. Número suficiente como para que aquello tuviera categoría de oficial. No pudo evitar resoplar de disgusto. Ni siquiera se sentó, ¿para qué? Tampoco se sorprendió nadie de que no lo hiciera. Todos sabían que sus conversaciones con la vieja y los miembros del consejo eran breves y acababan en discusión.
—Siempre tienes que hacernos esperar ¿Dónde te has metido toda la mañana? —Empezó reprochándole su abuela delante de todos.
—He estado probando la eficacia de tu nuevo fichaje —contestó con sorna—. Aunque supongo que ya lo sabías, como todo.
—Pues sí. Ha venido a quejarse. Quiere un Porsche como el tuyo o no te seguirá cuando te largues sin decir nada.
—¡Guau! ¡Por fin seré libre! —dijo irónicamente, sabedor de que no sería así.
—No puedo comprar otro Porsche, así que... el tuyo queda confiscado indefinidamente —sentenció la vieja con una falsa sonrisa amable que escondía toda su maldad.
—Fantástico —exclamó irónicamente—. ¿Y eso era lo que me tenías que anunciar con tanta urgencia?
—No, querido —Y sonrió de aquella manera que todos temían—. He reunido a todos los miembros de la familia, y a la parte imprescindible del consejo, para comunicarte que ha llegado la hora de que contraigas matrimonio.
—¡¿Qué?! —dijo, sin querer creer lo que le había parecido oír.
—Pues eso. Que tienes ya veintitrés años y es hora de que empieces a darme bisnietos que puedan sustituirte cuando te mates conduciendo como un loco por esas carreteras del diablo —Y miró a los tres viejos cascarrabias, como ella, que formaban parte del consejo, sonriéndoles como si hubiera dicho algo gracioso.
—¡Ya tienes un bisnieto! ¿Qué pasa con Oskar? ¿Él no cuenta? —protestó, ignorando aquellas miradas burlonas.
—Por favor, si es apenas un bebé —respondió la condesa intentando resultar amable y dulce.
—Ah, claro —contestó ya sonriendo amargamente de pensar lo que le iba a soltar—. Como si yo fuera a tener hijos ya adultos ¿No? Nacerán ya creciditos y enseñados para que tú hagas con ellos lo que necesites. ¿Verdad? —A sus primas más jóvenes se les escaparon unas risitas mientras cruzaban las miradas pero, al toparse con la de la vieja, callaron en seco—. Te recuerdo que con cuatro años me arrancaste de los brazos de mi madre para enviarme a un país extraño, rodeado de desconocidos —Aquella frase le salió del alma, era la espinita que tenía clavada y por la que nunca perdonaría a su abuela, pero supo contener la rabia y aparentar la frialdad que requería el momento—. ¿Entonces yo no te parecía un bebé? Pues Oskar tiene ahora esa edad.
Por supuesto, Oskar no estaba presente en la sala, pero su madre sí y se le ponían los pelos de punta cada vez que alguien proponía a su hijo como heredero de aquel maldito condado en el que todos los condes acababan muertos.
Ya pasó primero con su abuelo, luego con su padre, después sus tíos y primos según iban confirmando el cargo, y finalmente con su marido. No iba a permitir que le arrebataran también a su hijo. Su primo Rüdiguer era el que más tiempo estaba durando, entre otras cosas porque había pasado su infancia a salvo, escondido en un internado del que sólo su abuela sabía el paradero.
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ETHEL, El heredero.
Teen FictionRüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
