102. Las Soletes

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Aquella noche fueron unas chicas a cantar. Las otras noches había habido actuaciones de magos, malabaristas, orquestas, y hoy les tocaba a ellas. Se hacían llamar Las Soletes y cantaban tipo blues. La solista tenía voz de negra y las otras tres le hacían los coros tipo gospel. La música era enlatada, pero las voces eran buenas,sobretodo la de la solista, tenía una voz realmente potente,curtida, bien moldeada, se le notaba la experiencia. Parecía mayor que las otras. De su físico poco podría decir porque todas vestían con una especie de camisón negro hasta los pies y llevaban unas pelucas también negras, rizadas, a lo Jackson five. 

Sentía curiosidad por adivinar sus cuerpos bajo aquel disfraz que se balanceaba al compás de la música. Cantaban en inglés pero entre canciones se hablaban en español, aunque las presentaciones las hacían bilingües porque tenían más público guiri que local.Apenas un par de matrimonios de jubilados eran de la tierra. Los demás eran todos hombres de negocios con sus respectivas amantes,estudiantes extranjeros de fin de curso y unas azafatas italianas que estaban buenísimas pero eran demasiado pedantes y se lo tenían súper creído.

A Nikke le gustaba lo auténtico. La segunda chica del coro, bajo el maquillaje oscuro tenía unos ojos azules. Quizás bajo aquella peluca a lo afro escondía una hermosa melena rubia.Parecía la más joven de todas. Sin duda era la más nueva en el grupo porque las demás no paraban de darle consejos e instrucciones.En el descanso decidió atacar. La solista y una de las del coro desaparecieron, pero ella y la otra se acercaron a la barra para refrescarse la garganta, justo a donde él estaba, a su lado. Se puso nervioso de tenerlas tan cerca.

—¿Mañana dices que en el Millenium? —le preguntaba a la otra.

—Sí. Pero esta no viene. Que tiene actuación con los maricones—contestaba su compañera, desganada, refiriéndose a la solista supuestamente.

—Joder, con los maricones. Siempre está con ellos —hizo una pausa para pegar un trago a la botella de agua que había pedido al camarero—. ¿Y quién la sustituye?

—Pues una de nosotras. ¿Te atreves tú? —le preguntó irónica.

—Ni de coña. Yo no tengo su voz —contestó inocente, sin captar la ironía.

—Ni yo tampoco, no te jode —se paró un poco a pensar—. Que la sustituya Maika, que parece que son tan amiguitas —Terminó la conversación y se dirigió de nuevo al escenario, a buscar en la mochila unos CDs.

La joven se quedó un rato más allí, terminándose la botella, a su lado. Él estaba inmóvil, mirándola. Ella, al darse cuenta, le devolvió la mirada y le sonrió. Aquello lo animó a presentarse pero cuando iba a hablarle ella se giró y se fue con su compañera.Enseguida llegaron las otras dos, cantaron un par de canciones más y terminó el show. No se atrevió a decirle nada. Se limitó a mirarla hacer los coros. Ella de vez en cuando cruzaba la vista con él y le sonreía si podía. Lo tenía encandilado. Pero desapareció al terminar el show. Recogieron todo rápidamente y se subieron a una furgoneta negra que las esperaba en la puerta del hotel. Sólo pudo seguirla hasta allí. Cuando se giró para volver a entrar se fijó en el cartel que las anunciaba, pegado con unas chinchetas en un corcho en la entrada del hotel, junto a un pilar, donde aparecían las cuatro, entre luces, disfrazadas de negras. Mirando que nadie lo viese quitó las chinchetas y, plegando el cartel, se lo metió en el bolsillo para verlo tranquilamente en su habitación y hacerse unas pajillas pensando en la chica del coro.

Por las mañanas Rüdiguer se levantaba temprano. Más bien, apenas dormía. La suite en la que se alojaban constaba de dos habitaciones con un baño cada una, separadas por un salón con televisión, sofás y mueble bar, por si querían hacer alguna fiestecilla allí. Era la típica habitación que les daban a los grupos de rock cuando pasaban por la ciudad, cantantes, actores, famosos y gente del espectáculo en general. Rüdiguer hubiera preferido una habitación sencilla, con dos camas y un baño, y por supuesto mucho más barata, pero fue Nikke el que se encargó de hacer la reserva y a él le gustaba a todo confort, pero sin caer en el derroche, ni en los lujos excesivos, más que nada porque el dinero no era suyo.

ETHEL, El heredero.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora