Rüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
Al pasar un pequeño puente que salvaba un río, vieron las primeras pintadas en la pared de un almacén como protesta por la subida de impuestos. Lo típico: "Inna, puta. Estamos en el siglo XX." Y al lado un dibujo de la que se suponía que era la condesa con una soga al cuello y los pies colgando. La vieja, en lugar de sentirse ofendida por el insulto, se incomodó porque el dibujo no se le parecía. Rüdiguer le dijo que no es nada fácil dibujar con spray y que, si fueran unos artistas del graffiti probablemente ya se habrían ido a una ciudad más grande a explotar su talento. Aquello lo escribirían los granjeros o agricultores de la zona, y gracias que sabían escribir.
A la entrada del pueblo vieron unos cuantos graffitis más decorando las paredes de un granero, pero sin dibujo, sólo insultos y protestas.El ambiente estaba cargadito y todos se replantearon la posibilidad de aplazar la excursión para otro mes, cuando las cosas se hubieran calmado. Pero la vieja Inna no se había puesto aquel vestido ordinario y se había despojado de todas sus joyas para nada. Ya que habían llegado hasta allí terminarían con la misión.
Aparcaron frente al supermercado, en el parking. El coche de los vigilantes aparcó un poco más atrás y se quedaron dentro, vigilando. La vieja hizo ir a Leo, que era el que conducía la Express, a hacer una ronda de reconocimiento. Por la calle no se veía a mucha gente porque era horario laboral, los niños estaban en el colegio y, quien más y quien menos, en sus trabajos. Sólo se veía algún abuelo jubilado paseando o a alguna ama de casa que iba a hacer la compra. Leo entró en el supermercado para echar una ojeada rápida. Como le pareció seguro y poco concurrido, salió a avisar de que el sitio estaba limpio. Pero todo por gestos, para que nadie se enterara.
La pobre Tess estaba cagada por ir acompañada de semejantes elementos que, queriendo pasar desapercibidos, llamaban más la atención porque no sabían actuar. La vieja, con sus gafas de sol puestas, hasta en el interior del supermercado a pesar de que había salido un día nuboso, y sus andares aristócratas, siempre mirando a todo el mundo por encima del hombro con su cara de asco, era la más cantarina. Luego estaba Leo, que no paraba de mirar a todas partes, pegado a la vieja, en busca de posibles amenazas. Rüdiguer estaba también bastante nervioso y excitado por la novedad, pero se esforzaba porque no se le notase.
Hicieron la compra entre Rüdiguer y Tess, porque la vieja se dedicó a recorrer todos los pasillos del supermercado para cruzarse con todos y cada uno de los ciudadanos que estaban allí haciendo la compra para averiguar si la reconocían o no. Sin dejar de mirarse, por supuesto, en todos los espejos colocados en los pilares. Leo iba con ella, claro, por si acaso.
Tess comprobó que los precios eran mucho más baratos allí que los que les venían cobrando las empresas encargadas de los suministros. Al pasar por caja, Rüdiguer no pudo evitar fijarse en la cajera,embutida en una camisa por lo menos dos tallas más pequeña y con los botones a punto de reventar. La cajera se dio cuenta que le estaba mirando el escote y le dijo:
—Los ojos están más arriba, cariño —le dijo, sonriéndole picaronamente.
Rüdiguer ni siquiera se había dado cuenta que le estaba mirando el escote fijamente, simplemente era lo que más llamaba la atención de aquella chica. Al saberse descubierto intentó sonreír muerto de la vergüenza y no pudo evitar sonrojarse hasta el punto de querer meter la cabeza bajo tierra como los avestruces para desaparecer. A Tess le resultó muy gracioso y no pudo evitar echarse a reír llamando la atención de la vieja Inna, que venía detrás pero estaba ensimismada retocándose el pelo frente al espejo del pilar más cercano.
—¿Qué has hecho ahora? —le dijo, dándole una colleja, que lo pilló desprevenido.
Él se la quedó mirando asombrado, no hacía falta meterse tanto en el papel de vieja gruñona. Con aquel gesto, sumado a su cara de incredulidad, la cajera empezó a partirse el culo sonoramente. Leo no daba abasto mirando alrededor porque estaban llamando demasiado la atención, y Tess se apresuraba a meter la compra en las bolsas para salir de allí pitando a toda leche antes de que alguien se fijara en ellos y saltaran las alarmas. Pero la poca gente que había por allí iba a su bola, haciéndose el sueco, nunca mejor dicho, y nadie reconoció a la condesa. Esto en el fondo le jodía. Al principio andaba con miedo, con las gafas puestas y mirando a todas partes asustada. Pero viendo que todo el mundo pasaba de ella se quitó las gafas y dejó de actuar para ser ella misma. Con sus andares altivos y su cara de exigencia perpetua. Ni aun así consiguió llamar la atención de sus "súbditos" que, si la habían visto alguna vez en alguna revista o algún póster por la calle, no la recordaban.
A la hora de pagar montaron otro numerito. Tess no se había traído su bolso porque la compra era para la condesa y debería de pagarlo ella. Rüdiguer no llevaba dinero, como siempre. La condesa no estaba acostumbrada a ir por ahí comprando, por lo tanto el bolso que llevaba era de atrezzo, para que llevara algo en las manos como las señoras normales y corrientes, pero en realidad estaba relleno de papeles arrugados para que abultara un poco y nada más. Al final Leo, que sí llevaba su cartera encima, sacó su tarjeta y pagó con ella para seguir con la tapadera, pensando ajustar cuentas luego con la vieja.
Entre Tess y Rüdiguer cargaron las pesadas bolsas en el maletero de la Renault Express de las chicas mientras Inna y Leo miraban sin darse por aludidos, ni dignarse a ayudarles en algo. Los demás guardaespaldas no se habían movido del coche, vigilando todo el rato la puerta del supermercado para ver quien entraba y quien salía.Cuando hubieron terminado subieron al coche y pegaron la vuelta para regresar cuando la vieja vio un kiosco y le hizo a Leo pegar un frenazo brusco.
—Leo,querido, ya que estamos aquí ¿Me podrías comprar un ejemplar de todas las revistas del corazón que veas en ese kiosco? —pidió muy amablemente la vieja.
Leo,flipando por el descaro de aquella mujer, terminó accediendo y salió a comprarlas a regañadientes, y deprisa porque tenían el coche en medio de la calle.
—¿Para qué quieres ahora revistas de esas? —protestó Rüdiguer.
—No está de más enterarse de los mismos cotilleos de los que se entera el resto del mundo, ¿No crees? —contestó la vieja, retocándose el peinado mirándose en el espejo retrovisor.
—Lo que te pasa es que estás mosqueada porque nadie te ha reconocido y quieres saber si apareces en alguna de esas revistas —sugirió Rüdiguer, pensando en voz alta.
—¡Pues no es eso! —se defendió la condesa, girándose y todo en el asiento para hablar con él.
—¡Vaya que no! —continuaba Rüdiguer—. Perdona que te diga, pero si no haces nada para atraer a los papparazzis, nunca saldrás en esas revistas. Y tú solo sales de casa para ir a la cena de navidad de algún amigo tuyo que has sobornado previamente para que te invite—dejó caer claramente.
Tess los miraba sin decir nada. Parecían dos críos discutiendo por tonterías.
—Ah,¿sí? —Seguía, erre que erre, la vieja—. Pues te recuerdo que en tu investidura había bastantes fotógrafos y periodistas, pero claro, cómo tú solo mirabas al suelo... pues no los vistes —se recochineaba la condesa con toda su mala intención.
Rüdiguer ya no continuó con la conversación porque enseguida vino Leo, algo fastidiado por el recado y encima por tener que pagarlo de su bolsillo, y arrancó el coche para volver a casa antes de que a la condesa se le ocurriera alguna otra idea brillante como aquella y al final alguien la reconociera.
La vieja tomó las revistas ansiosa. Habría unas cinco o seis, Leo tampoco se había esmerado mucho y había cogido las más famosas. Y no pudo esperarse hasta llegar a casa para hojearlas. Incluso le dio una a Tess y otra a Rüdiguer para que miraran también, a ver si había alguna foto suya en alguna de todas. Estos cruzaron unas miradas de resignación y empezaron a hojear las revistas.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.