85. La vida de color negro

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Alregresar de la facultad, feliz y contento porque el examen le habíasalido muy bien y ya casi podía oler el aroma del aire en España,unos tipos vestidos de negro derribaron su bici, tirándolo al sueloy, sin darle tiempo a reaccionar siquiera, le taparon las víasrespiratorias con cloroformo para sedarlo antes de que pudieradefenderse o escaquearse. Lo metieron en un furgón y se lo llevarondejando la bici tirada en la calle sin más.

Dolphlo esperaba en el piso con la comida hecha y todo, pero viendo que novenía empezó a preocuparse. No quería llamarle al móvil por siaún estaba en el examen pero le parecía demasiado tarde. Él nuncaera de los que se dejaba preguntas en blanco para el final esperandoque le viniera la inspiración. O las sabía o no las sabía. Nuncahabía tardado tanto. Harto de esperar, al final decidió llamarle almóvil, pero nadie contestó su llamada. Pensando en que lo habríaperdido al ir en la bici, salió de casa y recorrió andando elcamino por donde él solía ir a la facultad. Cuando reconoció labici de Steph, que alguien había arrimado a una pared, el mundo sele vino abajo. Unos metros más lejos encontró su móvil junto albordillo de la acera. Suerte que siempre lo tenía en modo silenciosoy así, aunque hubiera sonado mil veces, nadie lo escuchó y nadie lorobó.

Notardaron en llamar a su abuela. Lo habían secuestrado y pedían unrescate, para variar. Pero aquella vez la cantidad era desorbitada.Sin duda los secuestradores sabían a quien secuestraban. Suanonimato no era tal, o algún compañero no era de fiar. Claro que,con las salidas nocturnas con Fredrick y las fiestas y bailes a losque había asistido últimamente, era muy fácil que se hubierainfiltrado alguna foto suya en cualquier revista y medios decomunicación y alguien lo hubiera identificado.


Lometieron en un zulo estrecho, oscuro y húmedo, donde no se sabía siera de día o de noche. Tenía que permanecer tumbado o agachado todoel tiempo porque no se podía poner de pié, apenas habría un metrode altura y quizás metro y medio de longitud. A Rüdiguer se le vinoel mundo encima. Se hundió de repente. No era justo que ahoraprecisamente que estaba a punto de viajar a España, que había sidoel sueño de todos aquellos años que había estado allí, letruncaran sus planes de aquella manera. Encima tenía laincertidumbre de qué sería de su vida. no sabía quienes eran lossecuestradores ni qué querían. Suponía que dinero, claro, perocuánto. ¿Sería capaz su abuela de reunir la cantidad necesaria enel plazo que le pusieran? Si sólo fuese dinero no estaría tannervioso. Pero cabía la posibilidad de que fueran Stenkils y, ademásde sacarle el dinero a su abuela, luego quisieran liquidarlo. Le vinoa la mente la cara de Ulf Stenkil, con esa planta de Boris Karloffque aterraba.


EnAguas Negras cundió el pánico. La vieja Inna no tenía tanto dineroen efectivo como para pagar el rescate. Lo tenía todo por ahíinvertido y no podría conseguir líquido en el plazo que le habíandado los secuestradores. Encima, no podían contárselo a la policíaporque esa era una de las condiciones que les pusieron. Eleanor yMarie no paraban de pensar de qué manera conseguir dinero sin tenerque decir la verdad. Podrían pedírselo a los alcaldes vecinos enconcepto de anticipo de sus negocios para hacer una gran inversiónpero eso levantaría sospechas puesto que en ningún momento leshabía hecho falta pedirles dinero para sus asuntos y es más, si notenían dinero pues no invertían, esa era la política de Rüdiguer.Pidieron préstamos a los bancos con los que trabajaban pero aquellorequería su estudio y su papeleo por parte del banco y nodispondrían de efectivo hasta dentro de quince días mínimo, locual era más de lo que los secuestradores les habían dado de plazo.

Porotra parte, Fredrick fue a buscarlo el sábado por la noche parasalir de fiesta y le tuvieron que decir que estaba indispuesto porquele había sentado mal la comida y éste se mosqueó porque no ledejaron siquiera subir a verlo. Dolph se sentía culpable de todoaquello. Su obligación era protegerlo y estar vigilándoloconstantemente. Había bajado la guardia, se había confiado y aquelhabía sido el resultado. Se sentía un fracasado y presentó sudimisión a la vieja condesa. Ella estaba cabreadísima con él poraquel asunto pero, aconsejada por Maríe y Steph, no aceptó ladimisión de Dolph puesto que era quien mejor lo conocía y quienmejor podría darles ideas de cómo solucionar aquel asunto. Yapensaría qué hacer con él después de que todo aquello terminase.


Mientrastanto Rüdiguer se desesperaba en aquel zulo. Apenas le bajaban panduro para comer y una botella de plástico con agua que sabía rara.Seguramente tendría algún tipo de droga porque no se sentía alcien por cien, se encontraba mareado casi todo el tiempo. Y cuandoabrían la trampilla no podía ver nada ni a nadie porque la mínimaluz lo dejaba ciego. La humedad estaba haciendo mella en sus huesosque empezaban a dolerle y la oscuridad mermaba su estado de ánimo.Lo que más le dolía era que presentía que ya no podría viajar aEspaña y se arrepentía de haberse dejado arrastrar por los asuntosdel condado en lugar de dedicarse más a obtener aquel viaje, que eralo que realmente le interesaba. El condado seguiría allí sin él,pero Jowy... posiblemente Jowy también seguiría su vida sin él, yveía que no podría cumplir su promesa. Ya lo dijo ella: laspromesas están para romperlas.

Alfinal Dolph convenció a la vieja Inna para que llamara al detectiveHofftison, del cual tenía su número de móvil privado y nadiepodría enterarse, para ver si podría ayudarlos de alguna manera. Eldetective les recomendó ponerlo en conocimiento del comisario con lamáxima discreción puesto que era un asunto delicado y si se colabaalguna filtración a la prensa la cagada sería descomunal puesto queel condesito era muy mediático. La vieja Inna no confiaba en ellos.Las filtraciones a la prensa las hacían los mismos policías y lavida de su nieto y el futuro del condado dependía de ello. Eraarriesgar demasiado.

Fredrickvolvió a visitarlos el lunes, una vez se le hubo pasado la resaca, yle volvieron a poner excusas para que no subiera a verlo, lo cualterminó de mosquearlo y, cuando ya se iba, se encontró porcasualidad con Novalie, que la conocía de haberla visto por allí enlas fiestas rondando al condesito y le preguntó por él. La chica sequedó extrañada. A ella le habían dicho que se había quedado enEstocolmo terminando unos asuntos. Ambos se quedaron muy mosqueadospor tantas mentiras y decidieron ir personalmente a hablar con lavieja a pesar de que a Novalie no la podía ni ver, pero ella searriesgó. Además la presencia de Fredrick la tranquilizaba un pocoporque él tenía verborrea suficiente como para camelarse a la viejay calmar sus ánimos.

Lavieja en un principio no quiso recibirlos pero viendo la insistenciay para que no se enterara nadie más, al final les contó lasituación tras hacerles prometer que no abrirían la boca,especialmente Fredrick, que tenía tanto contacto con las revistas.Ante la noticia aquellos se llevaron las manos a la cabeza y sesintieron insultados por no haber sido puestos al corriente. Novalieno podía hacer nada y se puso a llorar de impotencia, pero Fredrick,que siempre parecía tranquilo aunque no lo estuviera, dijo que élaportaría el dinero que hiciese falta para poder pagar el rescate. Ala vieja se le abrieron los ojos como platos al oír aquellaspalabras y se ofreció a hablar personalmente con sus padres sihiciera falta para justificar el gasto que, por supuesto se les seríadevuelto una vez recuperada la normalidad. Fredrick le dijo que nohacía falta. Sabía que sus padres no la tragaban. Él teníalibertad para disponer del dinero familiar sin dar ningunaexplicación, él mismo admitía que era un malcriado.

Conformepasaban los días, o mejor dicho, el tiempo, porque Rüdiguer nosabía si era de día ni de noche, sus ánimos iban empeorando. Laincertidumbre de cuando vendrían a ejecutarlo lo carcomía pordentro. Pensaba que lo tenían allí encerrado sin apenas darle decomer para debilitarlo física y moralmente y así, cuando lo sacaranpara matarlo que no pudiera defenderse ni escaquearse como siempresolía hacer. Se repetía a sí mismo una y otra vez que no podíarendirse, que tenía que tener fe y no perder la esperanza. Sabíaque si querían dinero su abuela pagaría el rescate como lo habíahecho las otras veces, simplemente estaría reuniendo el dinero, comopasó cuando lo secuestró su hermana. En aquella ocasión tardó unasemana que se le hizo corta porque estaba en buena compañía. Nopensaba que en esta ocasión le costase menos, a pesar de que lasituación del condado era mejor que entonces.

 Nopensaba que en esta ocasión le costase menos, a pesar de que lasituación del condado era mejor que entonces

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ETHEL, El heredero.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora