76. Las revistas

9 3 0
                                        


Rüdiguer encontró la foto de un chaval con uniforme de colegio privado que le era muy familiar y leyó el artículo para ver de qué le sonaba aquella cara. Al parecer era el tío que se emborrachó en la fiesta de la piscina, Fredrick, pero con unos cuantos años menos y algunos kilos de más. En el artículo decía que lo había detenido la policía en el aeropuerto de Copenhague, a punto de embarcar en un avión rumbo a Venezuela, engañado por una mulata que se dedicaba a traer droga a Europa dentro de su cuerpo y que fue detenida también. Menudo elemento el tal Fredrick, y eso que tenía cara de mosquita muerta. Por supuesto había también una foto de su padre, el Duque de Halleforgs, Henrick Carlsgreen, y otra de la supuesta novia con la que las familias de ambos estaban planeando casarlos pero que, tras el desliz imperdonable del chico habían roto todos los acuerdos y anulado el compromiso, aunque aún no lo habían hecho oficial, por lo que la mancha en la reputación del chico no afectaba a la familia de la chica. De menuda se habían librado. Rüdiguer le enseñó el reportaje a su abuela, que sólo se limitaba a mirar las fotos en busca de alguna suya.

—¿Ves? Tienes que hacer cosas de estas para salir en las revistas —dijo.

La vieja lo miró por encima del hombro arrugando el morro, pero le cogió la revista para leer aquello mientras le pasaba la que ella tenía a medias para que terminara de revisarla.

En la pagina siguiente de por donde se había quedado su abuela, había una foto estupenda de Aguas Negras que ocupaba media página y hablaban de su investidura. Pero la foto que habían puesto de él era de archivo, como la de Fredrick, era del día que se escapó por Estocolmo, la misma que había visto en la revista que su abuela guardaba en su despacho, solo que más ampliada y recortada de manera que no se le veían las piernas y no parecía que estaba corriendo. En su investidura ningún fotógrafo pudo sacarle la cara porque estuvo todo el rato mirando al suelo, por eso tenían que echar mano de fotos de archivo. Había otra foto, más pequeñita, del Rey, pero ninguna de la condesa, y eso que procuró no separarse del monarca en toda la noche. En la página siguiente, después de media página de publicidad de colonia, hablaba de sus primas, las "condesitas malditas", ilustrando la noticia con fotos robadas a las chicas entrando y saliendo del piso de Uppsala, donde vivían mientras estudiaban.

Rüdiguer las encontró muy vulnerables en aquellas fotos. Cualquiera podría ir y secuestrarlas, igual que los fotógrafos habían conseguido robarles aquellas imágenes, tras estar horas y horas en la puerta del piso esperando que ellas entraran o salieran para disparar el obturador.

Con mucho cuidado, para fastidiar a su abuela, arrancó aquellas hojas procurando no hacer ruido, aprovechando los baches o las curvas para poder disimular mejor el sonido del papel rasgado. Las dobló y se las guardó en el bolsillo ante la mirada cómplice de Tess, que también había estado mirando aquellas fotos de reojo al ver que Rüdiguer se detenía a leer lo que ponía, cuando normalmente sólo miraba las fotos rápidamente porque no conocía a casi ninguno de los que salían en ellas. La revista volvió al montón de las revistas, pero, como la condesa ya había visto la mitad de ella, y recordaba su tapa, pues no volvió a abrirla, teniendo otras por estrenar.

Al ver a sus primas tan vulnerables le vino a la mente la vez que lo secuestraron los Stenkils en España, aquel último verano, y que misteriosamente unos "ninjas", por llamarlo de alguna manera, lo liberaron, a él y a sus amigos que estaban con él también. No lo pudo demostrar, pero estaba convencido de que aquellos ninjas eran LB y Jowy.

Después de recordar todo aquello se quedó un buen rato pensativo. No estaba haciendo nada para planear su vuelta a España. Se estaba dejando llevar por los quehaceres del condado, estaba asumiendo las responsabilidades con demasiada entrega y estaba descuidando su verdadero interés. Tenía que sacar tiempo para planear algo.Necesitaba volver, aunque fuesen un par de días. Necesitaba saber que ella estaba bien, que estaba viva, que no le había pasado nada en ninguno de esos encargos que le hacían los jefazos de esa mafia a la que pertenecía y de la cual no podía escapar victoriosa. Pero se sentía demasiado impotente. Se sentía encerrado en una torre de oro. Oro que no podía gastar porque no era suyo. Decidió que, ya que no le convenía plantarle cara a su abuela, porque en el fondo era la que tenía la ultima palabra, tendría que hacerle la pelota,disimuladamente, para ganarse sus favores. Pero también tendría que tomar la iniciativa para hacerse con las riendas de su vida, que era lo que importaba. Al condado le podían prender fuego.

Tras el experimento de la compra, Tess sacó números e informó a la vieja Inna de cuanto se habían ahorrado. Sin dudarlo un momento la condesa anuló las subscripciones que tenía con las empresas de suministro de alimentos. Vendió el Lamborghini que tenía en el garaje, aconsejada por Angus, que había pertenecido a su hijo Zlatan y nadie más lo volvió a conducir tras su muerte, y con el dinero obtenido se compró una Ford Transit, con arcón congelador para poder guardar bien la compra y que llegara a la mansión en perfectas condiciones. Establecieron dos días a la semana para la compra y nombró a Tess encargada de ello, pasándole parte de sus obligaciones en la cocina a Cornelia, que tenía que aprender a marchas forzadas. Pero como Tess no tenía carnet de conducir tenía que llevarla alguien, y quien mejor que los chóferes, que se pasaban el santo día sacándole brillo a coches que nunca se usaban.

 Pero como Tess no tenía carnet de conducir tenía que llevarla alguien, y quien mejor que los chóferes, que se pasaban el santo día sacándole brillo a coches que nunca se usaban

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
ETHEL, El heredero.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora