Rüdiguer sonrió discretamente, satisfecho. Y encaminó sus pasos, sin dejar de bailar muy a su pesar, hacia la terraza. Cuando llegaron a ella se detuvieron y salieron al exterior, a pesar de que hacía un frío del carajo, pero como allí dentro tenían la calefacción a tope pues de vez en cuando sentaba bien un poco de aire fresco. Dentro el baile continuó. Y ellos allí solos, en silencio forzoso, estaban creando un ambiente tenso que era difícil de soportar.
—Lo siento —se disculpó la princesa—. Sólo quería saber qué tal se te daba el baile. No lo he hecho para ridiculizarte ni nada de eso —En su mirada se vislumbraba cierto temor a cualquier reacción imprevista del Salvaje.
Rüdiguer sintió que se había pasado un poco. La chica sólo le había querido gastar una broma que él se había tomado demasiado en serio. No se merecía que le hablara como le habló, pero era muy malo arreglando las cosas con palabras.
—Perdóname por hablarte de esa manera...—dijo sin saber donde esconderse—. Y por tutearte, es que... no se me da nada bien esto del protocolo.
—Ah, no te preocupes —lo tranquilizó ella, destensando el ambiente con su sonrisa complacida—. En realidad, lo prefiero así.
—Pues... gracias, entonces —contestó él, muerto de vergüenza por estar allí, a solas con ella, siendo quien era e intentando que no se le notase—. ¿Es verdad que llevas la punta de hierro? —preguntó para cambiar de tema y de paso saciar su curiosidad—. ¿Podrías enseñármela?
—Claro —sonrió ella, más animada, remangándose el vestido para descalzarse allí mismo—. Aunque... te advierto que a las princesas también nos huelen los pies ¿eh? —Y empezó a reírse a carcajadas.
Tenía una risa contagiosa y acabó riéndose él también con ella.
—Bueno, pero no será peor que los míos —dijo él siguiéndole el juego.
Se descalzó y Rüdiguer tomó el zapato en sus manos para asomarse en su interior. Lógicamente el hierro estaba forrado. Con lo cual la princesa se descojonó de él un buen rato. Luego probó al tacto. Efectivamente tenían la punta dura. Imposible de doblar con nada.
—Resiste más de cien kilos —dijo ella ante tal muestra de curiosidad mientras se lo volvía a poner—. Es ideal para este tipo de bailes en los que por lo general no paro de bailar con todo el mundo —añadió un poco resignada—. Ha sido un placer bailar contigo, aunque no te guste lo haces muy bien, no me has pisado ni una sola vez.
—Vaya, me alegro —contestó él ruborizándose de nuevo.
—No tienes ni idea de lo sacrificado que es para mí asistir a estos bailes. Tengo que bailar con todo el que me lo proponga si no quiero que me tachen de arisca y, al que no le huele el aliento, apesta a alcohol, el que no me pisa, tropieza con el camarero y me tiran las bebidas encima... bueno, un desastre, y siempre, pase lo que pase, tengo que poner buena cara y sonreír como si no hubiera pasado nada.
—Bueno, menos mal que es una vez al año —dijo Rüdiguer en un intento de animarla.
—¿Una vez al año? Eso quisiera yo —aclaro ella—. Mi padre es más popular que tu abuela —dijo irónicamente.
No tardó en asomar la cabeza por aquella terraza una vieja cotilla con la excusa de que se mareaba en el interior y, al verlos allí hablando y riéndose se volvió a meter para adentro para no molestar.
—Será mejor que entremos ya —dijo Rüdiguer conociéndose lo rápido que corren los rumores.
—Sí, antes de que a alguien se le ocurra aparecer por esa puerta con una cámara en la mano para robarnos una foto que aparezca de portada en las revistas anunciando mi nuevo "novio" —dijo ella sin dejar de reírse
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ETHEL, El heredero.
Teen FictionRüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
