Rüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
Despuésdel mes de luto, la vieja Inna recibió una carta de la Casa Real quela hizo hincharse de orgullo al sentirse requerida por el Rey. Peroen realidad lo que el monarca le pedía con urgencia era que nombraraya a un heredero definitivo si no quería perder el condado, porqueno podía pasarse la vida siendo la eterna regente. O también podíacambiar la ley de sucesión en la que no había discriminación porgénero, y que ya estaba funcionando en todo el país desde hacíaaños. Pero la vieja Inna tenía miedo de ser la diana humana sicambiaba aquella ley. Era más cómodo, y más seguro, tenermarionetas a las que manejar y utilizar como cabezas de turco.
Aquellavez no hizo una reunión formal para comunicar la exigencia del Rey.Se limitó a citar a Rüdiguer a su despacho para decírseloclaramente. Sin opciones, ni condiciones. Él era el herederolegítimo y no habría sustituto posible hasta que, suponiendo que elbebé de Maríe fuera varón, pudiera abdicar en él cuando éstecumpliera los dieciocho años. De manera que los futuros matrimoniosde sus primas no le quitarían el cargo. A Rüdiguer la noticia lesentó fatal. Ya se había acostumbrado a hacer lo que le diera lagana y no le apetecía para nada volver a ser la diana humana ycargarse de responsabilidades. Aquello lo mataba. Y por supuesto noesperaba estar allí dieciocho años para poder abdicar. Ni pensarlo.Y lo que peor le sentaba era que no le dieran ninguna elección. Alfin y al cabo él había ido a aquella casa para eso. Para ser elconde. Para ser la siguiente cabeza de turco.
Lavieja Inna comunicó enseguida al Rey su heredero y éste, enteradode la fama de salvaje con la que los nobles de la zona lo habíanbautizado, sintió curiosidad por conocerlo y propuso hacer lainvestidura en Aguas Negras personalmente. Aquello puso histérica ala vieja. Por fin el Rey se dignaba a pisar su casa. No se lo podíacreer. Enseguida, el resto del mundo dejó de existir para ella y sepuso a planificarlo todo para ese día, para causar una buenaimpresión al monarca.
ARüdiguer le reventaba todo aquello. Y sobre todo tener que ser elcentro de atención. Pero, dado que no tenía elección y que seríaconde sí o sí, pues decidió que haría como Tage, aprendiendo deél, y utilizaría su cargo en su favor. Ya se le ocurriría cómo.
Paraempezar, tenía pensado organizar una fiesta paralela a la de lavieja el día de su investidura. Porque no pensaba pasarse toda lanoche escaqueándose de bailar con las niñas tontas que su abuela lepresentara para intentar emparejarlo con ellas. Ya estaba un pocoharto. En un principio pensó en dar la fiesta en su habitación,reformada y ampliada, pero aún no estaba pintada y no había muchoespacio, ni comodidades. Así que, se le ocurrió, mientras nadaba unrato en la piscina, hacerla allí. El lugar era ideal. Era amplio,tenía calefacción y la piscina de noche y bien iluminada quedabamuy chula. Enseguida se puso manos a la obra y se lo encargó a Per,que dominaba bastante bien el asunto de preparar fiestas a escondidasde la vieja.
Lavíspera del día de la investidura, su prima Inna acudió a suhabitación para hablar con él. O más bien para hablar ella ydescargar los nervios que tenía. La vieja había invitado a todoslos nobles del país y, para su sorpresa, todos le habían dicho quesí. Básicamente porque iba el rey, no por otra cosa. Por eso Inna,la joven, estaba que parecía un flan, porque era su primeraaparición en público y estaba deseando conocer gente nueva, ybailar con los muchachos como le había contado Mika, y beber licor,y ese tipo de cosas. ¡Y encima estaría el Rey! Parecía una réplicaexacta de su abuela pero mucho más joven.
Él,por el contrario estaba de lo más relajado. No le importabandemasiado ese tipo de fiestas, y menos aún su investidura. Lo únicoque lo molestaba era tener que aparecer en público para ser nombradonuevo conde y hacer todo el paripé. Pero no tenía pensado estarallí mucho tiempo. No le dijo nada a Inna acerca de la fiesta de lapiscina porque, conociéndola, no sabría mantener la boca cerrada yenseguida sería de dominio público. Prefirió esperar a aquellanoche para invitarlas, a sus primas en general, aunque dudaba queprefirieran bajar allí y dejar a sus invitados nobles de lado, conlas ansias con las que esperaban el acontecimiento.
Eldía de la investidura, hizo vida normal. Por la mañana, tras susejercicios diarios, se fue a pastorear su rebaño mientras estudiabapara los exámenes finales, puesto que ya estaban en Junio. Por latarde, se acercó al gallinero a recoger los huevos y asear un pocoaquello.
Estandoallí, oyó gritos y voces que se acercaban. Cuál fue su sorpresa alasomar la cabeza y ver llegar, andando deprisa, al mismísimo Rey,seguido de la condesa y de Mágnum, que parecían querer detenerlo.Cuando llegó hasta él se quedó parado observándolo, con losbrazos en jarra y recuperando la respiración por la carrerita.
—¡Hola!—le dijo Rüdiguer, ofreciéndole la mano para estrechársela.
ElRey miró sorprendido la mano y reaccionó después estrechándoselacon firmeza, mientras admiraba la construcción precaria de aquelgallinero y el corralito para las ovejas, que estaba adjunto.
—Supongoque tú eres... el nieto de la condesa —dijo después de haberrecuperado el aliento, mientras la vieja y Mágnum se deteníandetrás, igual de fatigados.
—Sí,"El salvaje", dígalo sin miedo —aclaró Rüdiguer con ironía—.Supongo que usted es el Rey, dadas las prisas con que mi abuela yMágnum querían retenerlo para que no me viera —Y lanzó unaligera miradita a su abuela, que tiraba rayos y centellas por losojos, a espaldas del Rey.
ElRey se rió, afirmando con la cabeza.
—¿Hasconstruido tú esto? —preguntó, para ganar tiempo mientrasterminaba de recuperarse.
Lacarrerita había sido corta pero intensa y ya no estaba para muchostrotes como aquel. Claro que la vieja estaba igual, o peor, porque yaestaba embutida en su vestido negro de gala, todo limpio y elegante,que ahora había traído arrastrándolo por toda la tierra y lahierba de la parte trasera de la casa para perseguir al Rey. Rüdiguerse reía por sus adentros. Tanto tiempo esperando la visita delmonarca y cuando llega, va y se pasea por la parte de atrás de lacasa para ver los trapos sucios en lugar de ir al salón y tomar elté con ella, hablando de politiqueos y chismes de la alta sociedad.
—Sí.Con la ayuda de unos cuantos amigos —contestó Rüdiguermodestamente.
—Majestad,si ya ha conocido al heredero... ¿Podríamos volver a seguirrecibiendo invitados? Estarán empezando a llegar... —sugirió lacondesa muy finamente.
—Oh,sí, por supuesto —contestó el rey, sin mirarla siquiera—.Pueden retirarse, supongo que aún tendrán muchas cosas que preparary no me gustaría entretenerlos aquí, por favor.
Lavieja condesa miró a Mágnum fastidiada. ¡No se refería a ellos!Se refería a todos. Pero el Rey sabía mucho y enseguida quisoquitárselos de encima porque eran unos plastas y aquella proposiciónle vino de perlas.
—Nose preocupe por mí, querida condesa, su nieto me acompañarádespués a la casa de nuevo —añadió, dándole unas palmaditas enel hombro a Rüdiguer mientras disfrutaba despachando a la condesa—.No es tan salvaje como me habían contado —concluyó, echándose areír.
Lacondesa se rió con una sonrisa que hasta dolía verle en la cara.Más falsa que nunca. El Rey lo notó, y disfrutó por sus adentrosde su posición y de que la vieja tuviera que largarse de allícogida al brazo de Mágnum, remangándose la cola del vestido para noensuciárselo más todavía, mientras le comía la oreja al mayordomocon sus refunfuñas y quejas, y este se limitaba a asentir como unperro fiel.
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