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94. Concertar cita

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Pero la prueba de la cocina no mermó su ánimo. O sus padres la obligaron a volver. Y vino sin avisar. Se presentó en la mansión una mañana,derrapando y llenándolo todo de polvo como era su costumbre. Aquella vez no dejó a Alex que aparcara el coche, ni siquiera paró el motor. Se limitó a decirle a Mágnum, que salió a recibirla, que le dijera al "salvaje de su señor" que lo estaba esperando para llevarlo a que conociera su casa. Mágnum, que era un bloque de mármol frío e inalterable, resopló varias veces al cerrar la puerta para cumplir aquella orden. Y lo primero que hizo fue ir a contárselo a la vieja.

—Pero...¿Qué se ha creído esa francesa arrogante? —le dijo la vieja en su despacho cuando Mágnum interrumpió su sesión de economía con el contable—. No puede presentarse aquí a la hora que le dé la gana para llevarse al conde de paseo, así, sin previo aviso. Dile que el conde hoy tiene la agenda muy apretada y no podrá salir. Que concierte una cita, como hace todo el mundo —despachó la vieja a Mágnum.

Cuando Mágnum fue con el recado a la francesita, que aún estaba esperando con el coche en marcha en la rotonda de la entrada, ésta se enfureció.

—¡Qué concierte una cita! ¿Dónde se ha visto eso? Se supone que va a ser mi prometido. ¿Acaso voy a tener que pedirle permiso también para ir a cagar? —le espetó a Mágnum en un inglés muy artificial.

—Todavía no es vuestro prometido —matizó Mágnum con toda la solemnidad dela que era capaz delante de aquella grosera impertinente—. Aún estáis a prueba. Recordadlo —Y se metió para dentro porque no quería seguir escuchando sus quejas y sus gritos en francés.

Margueride arrancó su coche dando varias vueltas a la rotonda, derrapando para levantar polvo y arena y desperdigarlo bien por los escalones de mármol blanco de Fauske de la entrada y cubrir de blanco el delfín podado por Per que decoraba la rotonda junto con varios arcos vegetales. Y, por supuesto, a Per, que estaba allí dentro,trabajando agachado, recolocando unas gomas del riego por goteo,viéndolo y oyéndolo todo desde su puesto de trabajo.

Cuando se lo contó a Rüdiguer, que en realidad aquel día estaba pastoreando sin mucho que hacer, este no podía más que sonreír satisfecho de que hasta a su propia abuela le cayera mal. Pero eso en lugar de alentarlo a dejarla, lo animaba a seguir con ella. Para hacer rabiar a su abuela que era la que había tenido la feliz idea de buscarle esposa.

La chica tuvo que pasar por el aro y concertar una cita. A la hora indicada Rüdiguer estaba en la puerta esperándola, vestido para la ocasión por su prima Inna, que era la estilista de la familia, y la que había optado por una ropa elegante pero informal, puesto que iba a visitar la casa de sus posibles suegros pero no era nada oficial,pudiendo darle un toque juvenil acorde a su edad. Inna se pasaba horas enteras leyendo revistas del corazón y de moda. Y Rüdiguer se dejaba vestir y peinar porque en el fondo le importaba un pimiento su aspecto. Tenía cosas más importantes que pensar como para perder tiempo eligiendo un look adecuado a cada situación. No. Para eso ya tenían a Inna, y él confiaba en su criterio y en su buen gusto.

Cuando los vigilantes de seguridad abrieron las puertas al Ferrari rojo de Margueride, Nikke avisó al condesito de que la paloma estaba en el nido y le dio unas palmaditas en el hombro de consolación por tener que lidiar con aquella amargada. Rüdiguer ya se había mentalizado.Si se lo llevaba de paseo casi mejor, porque así por lo menos podría conocer otros lugares, ya que Fredrick últimamente estaba muy liado con la novia mulata que se había echado y casi no lo llamaba para irse de fiesta.

Para que no lo llenara todo de polvo como en las veces anteriores, y por hacerle un favor a Per, ahorrándole la faena de tener que limpiarlo luego, decidió anticiparse y empezó a caminar por el camino de entrada para encontrarse con ella de cara y que no llegara el polvo ala casa. Enseguida vislumbró la polvareda que levantaba a través delos árboles que flanqueaban el camino y decidió esperarla allí, en medio, con las piernas abiertas y los brazos cruzados, sin intención de apartarse.

ETHEL, El heredero.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora