70. El accidente

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De vuelta del viaje Tage tuvo un accidente con su coche que le causó la muerte en el acto. O esa fue la versión oficial. A Rüdiguer se lo contó Alva, que fue a buscarlo al huertecillo. Alarmado ante la noticia corrió en busca de su abuela para enterarse de todo. Pero lejos de estar en la sala de recepciones, donde tanto le gustaba reunirse con su familia para los momentos transcendentales, la sencontró a todas arriba, en su despacho, reunidas a puerta cerrada y sólo las mayores de edad. O sea, su abuela, sus tías y Maríe,porque las otras estaban en Uppsala todavía. Entró bruscamente y las encontró calladas, con caras serias, de gran preocupación, pero sin un atisbo de tristeza o luto. Todas a la vez clavaron sus miradas fijas en él, lentamente, como si formase parte de una coreografía,sin alterar la expresión de sus rostros.

—¿Qué ha pasado? —se atrevió a preguntar temeroso.

—Tage ha tenido un accidente de coche y ha muerto —le comunicó su abuela solemnemente—. Mañana nos traerán el cuerpo para que podamos celebrar su funeral, aquí, en la cripta...

Maríe hizo ademán de protestar.

—¡Y no se hable más! —sentenció su abuela mirándola, haciéndola callar sin haber pronunciado una palabra—. Él quería ser el conde, él quería estar aquí, pues aquí se quedará para los restos —dijo solemne, como si ya hubiese discutido el tema con ellas antes de que él llegara.

De nuevo todas las miradas volvieron a él.

—Vuelves a ser el conde, querido —le dijo su abuela en tono burlón, pero sin una pizca de humor en su rostro.

—Qué ilusión —contestó él irónicamente, dando media vuelta para largarse de nuevo a su huertecillo a reflexionar.

Sospechaba que aquel accidente no había sido tal. Sospechaba que alguien había actuado para que sucediera. Y todas las papeletas las tenía su abuela. Tal vez no pudo esperar a que le hicieran la ecografía de las veinte semanas a Maríe y decidió arriesgarse, de todas maneras,si el bebé resultaba niña siempre le quedaba él para desempeñar el papel de conde hasta que otra de sus primas decidiera casarse con alguno de los pardillos con los que salían y consiguiera engendrar un heredero varón. Pero le resultaba demasiado precipitado como para haber sido obra suya, ella era muy calculadora y aquella noticia pareció haberla pillado desprevenida. Tal vez Tage no tuviera tantos amigos como se imaginaba, o tal vez fuese un ajuste de cuentas por dinero o vete a saber en qué vicios estaría metido.

Tras el funeral y toda la parafernalia que montaron, con todos los honores de señor conde, igual que con sus tíos y primos, los novios de Eleanor y Sophie cortaron con ellas repentinamente. Qué casualidad.Primero fue el de Eleanor, que llevaban más tiempo saliendo, y a la semana siguiente el de Sophie, sin que ellos se conocieran de nada.¿Se habían desenamorado de repente? ¿Justo cuando llegaba San Valentín que es la mejor época del año para estar enamorados? Y también el cumpleaños de Rüdiguer que, por estar de luto, nadie celebró. O por lo menos públicamente.

En privado la cosa cambiaba y sus amigos le prepararon una fiesta sorpresa discretita, en el corral de las ovejas, cuando vino de pastorear. Y por la noche Per le organizó un trío con Alva y Novalie que difícilmente olvidaría el resto de su vida. Cada vez le estaba más agradecido al destino de tenerlas allí a las dos, porque eran sus diosas del sexo, y ver cómo se enrollaban entre ellas lo puso a mil en un plis plas, olvidándose de su timidez y de todos sus complejos.

Milagrosamente Per se mantuvo al margen, pero sospechaba que no andaría muy lejos,tanto como en la habitación de al lado, intentando escuchar algo con un vaso pegado a la oreja, aunque... con la habitación del ordenador de por medio poco se podría oír. Se hubiera puesto directamente en la puerta de la habitación de Rüdiguer a escuchar a su través y a mirar por la cerradura pero, él se conocía, y sabía de su cerebro calenturiento. No era cuestión de ponerse a hacerse las pajillas en medio del pasillo donde lo pudiera pillar cualquiera, así que prefirió imaginar más que oír y hacerse las pajillas en la intimidad de su habitación.


Tras la ruptura con sus novios, sus primas se quedaron desoladas. Sophie cogió depresión y volvió a casa enferma. Como ya no tenían a nadie con quien estar el fin de semana volvían a casa casi todos los findes, fastidiando a Stephy que sí que tenía amigos para salir por ahí, pero su abuela no la dejaba quedarse sola en el piso de Uppsala, lo que la cabreaba aún más y cuando venían estaba de lo más borde con todo el mundo, él incluido. Le echaba la culpa del accidente de Tage porque lo vieron pegarle y sabían el odio que se tenían. La muerte de Tage es la que desató el rumor de las condesitas malditas, porque todo el que pisara aquella casa acabaría saliendo con los pies por delante, como le había pasado a Göran, el marido de Ingrid, y ahora también a Tage, y era la causa principal de que los novios de Eleanor y Sophie cortaran con ellas. Tenían miedo de correr la misma suerte. Y tampoco las amarían mucho cuando no buscaron otra manera de estar juntos...

El castillo del terror volvió a convertirse en un ir y venir de fantasmas en vida. El luto les recordaba a sus seres queridos muertos. No era por Tage, el cual les importaba un pimiento. Era por ellos. Y sus tías apenas comían, apenas hablaban y cuando se cruzaban por los pasillos ni se miraban a la cara. El salón de la TV quedaba desierto después de la comida y de la cena. Se suspendieron las clases de baile y música. Y todos parecían haberse quedado enterrados vivos allí dentro. La única que parecía un poco menos gris, era Maríe, curiosamente la que se suponía que tenía que estar más afectada por haber perdido al amor de su vida. Pero tenía una vida en su interior que crecía a buen ritmo y eso la hacía sentirse más animada. Sobre todo sabiendo que no era de Tage, sino de su amante, al que sí quería con locura y al que podía seguir viendo en secreto porque trabajaba allí, en el Castillo del Terror.


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ETHEL, El heredero.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora