Rüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
Se sentó apoyando la espalda contra la pared para que la sangre que le salía por la nariz no acabara con su vida ahogándolo al colarse por su garganta. Era una manera demasiado desagradable de morir. Y lenta. Si se tenía que desangrar no le importaba, pero prefería perder primero el conocimiento y así no enterarse, antes que ahogarse con su propia sangre, además de que tenía un sabor asqueroso.
Tardaron bastante en venir a por él. La hemorragia ya se había cerrado y todo. Le daba igual el aspecto que pudiera tener. Eran dos policías con traje. Al parecer altos cargos. Que venían con una libretita para hacerle unas preguntas: Como se llamaba, donde vivía, porqué huía... No respondió a ninguna, ni siquiera se molestó en pedir un abogado. ¿Para qué? ¿Para que le mandaran al estúpido de Tage, el novio de su prima y futuro conde cuando contrajera matrimonio con ella? No, gracias. El tal Tage era un payaso y un chupaculos. Apenas hubo cruzado dos palabras con él, se dio cuenta de que a todo el mundo le daba la razón con la sonrisa perpetua en los labios. Era un falso de mierda. No necesitaba a un niño mimado que viniera a sacarlo del calabozo con sus leyes y sus pamplinas.
Al poco volvieron a interrumpir sus reflexiones los dos policías trajeados de antes, pero esta vez venían acompañados por el tipo grandote que lo había estado siguiendo y que estaba intacto, allí de pié, más fresco que una rosa. Porque había parado la moto pacíficamente y se había tirado al suelo obedeciendo las ordenes delos representantes de la ley, sin poner resistencia.
—¿Es cierto que es usted Rüdiguer Fermín Sverker Alvarn, conde de Svealand? —preguntó uno de los policías, leyendo lo que supuestamente el segurata les había contado sobre él—. ¿Es cierto que este hombre es su guardaespaldas?
Aquella pregunta le hizo reír levemente, en la medida en que sus costillas se lo permitieron. Ahora ya le llamaban de usted y todo.
—¿Mi guardaespaldas? —dijo con sorna—. Pues si es así... cuando la vieja me vea con esta pinta date por despedido, tío —añadió, intentando vocalizar bien a pesar de empezar a notarse el labio superior ligeramente hinchado.
—¡Que te jodan, niñato de mierda! —le contestó el guardaespaldas, todavía furioso—. No hace falta que me despida tu vieja. ¡Dimito yo! ¡Soy un profesional, no una niñera! —exclamó, mientras el otro policía lo sacaba del pasillo para que no se enzarzaran en otra discusión.
Como no contestó a ninguna de las preguntas, el policía se fue por donde vino, dejándolo allí un buen rato más, hasta que llegaron otros dos policías, esta vez con uniforme de batalla, que entraron en la celda, lo esposaron y, sin decirle nada, lo metieron en un furgón para llevarlo a alguna parte.
En realidad tampoco les preguntó nada. Porque nada le interesaba.Podrían llevarlo a la cárcel hasta que se hiciera el juicio por lo que se le acusase: Resistencia a la autoridad, robo de una moto, robo de una bicicleta... lo que fuese. En la cárcel, los presos veteranos podrían ensañarse con él, dándole por culo y torturándolo a escondidas de los guardias. Hasta podrían hacerle la vida tan imposible que consiguieran que se suicidase... o no. Por lo menos allí encontraría tipos de verdad. Hombres malos. Asesinos, psicópatas, ladrones violentos. De ellos podría aprender mucho si lograba relacionarse bien. Estaba hasta los cojones de los señoritingos y las señoritingas, remilgados y falsos hasta el infinito y más allá.
O... podrían llevarlo de vuelta a la mansión. Que casi era peor. Su querida prisión de barrotes de oro. Rodeado de sus tías y primas, que también estaban prisioneras pero parecían tener síndrome de Estocolmo, nunca mejor dicho, y adoraban estar allí metidas sin pegar un palo al agua.
Casi prefería que le dieran por culo en la cárcel.
El furgón se detuvo. Le abrieron las puertas traseras y subieron los mismos policías con uniforme de batalla para sacarlo de allí a empujones, sin quitarle las esposas que había llevado todo el rato puestas. Empezaba a anochecer. Enseguida reconoció la rotonda de la entrada. "Hogar, dulce hogar" pensó irónicamente, asqueado. Mágnum les abrió la enorme puerta de la mansión y lo subieron por el ascensor hasta la sala de audiencias. Allí estaban todos. O más bien todas. Porque los miembros del consejo no estaban, lo cual quería decir que le esperaba una regañina de puertas para adentro, nada oficial. Sin embargo, sus primas pequeñas también estaban presentes. Todas. Los únicos varones eran él y los policías que lo sujetaban. Luego entraron Tage y unos cuantos guardias de seguridad que relevaron a los policías para que estos volvieran a sus puestos. Tage ocupó el sillón más cercano a la vieja Inna, de los cinco que pertenecían a los viejos consejeros. En los demás se sentaron sus primas pequeñas, que no solían acudir a aquella sala y por lo tanto no tenían sitio fijo.
Le resultó muy humillante que ellas lo vieran así. Maniatado, con la ropa sucia de sangre y la cara llena de moratones que, aunque no se había mirado en ningún espejo todavía, los notaba por todas partes.
—¿Se puede saber qué pretendes conseguir con tu comportamiento? —dijo la vieja muy seria, con voz firme y tono elevado, como si estuviera predicando desde lo alto de un púlpito un sermón más que estudiado—. Nada es para siempre. Las personas cambian con el tiempo. Y si no eres capaz de asimilar que nosotros somos tú única familia y que esta casa es tu hogar...
No pudo contenerse más y la interrumpió.
—¡Vosotras no sois mi familia! Mi verdadera familia está muerta y enterrada aquí abajo, soportando el peso de toda tu mierda. ¡Y esto no es mi hogar! ¡Es mi prisión! —dijo gritando, intentando soltarse de los brazos de los guardias para ir a por ella—. ¡Y si te has pensado que voy a quedarme quieto de brazos cruzados mientras tú me robas MI vida, la llevas clara! ¡Más te vale dormir con un ojo abierto y otro cerrado porque cualquier día prenderé fuego a esta puta casa contigo dentro! —dijo forcejeando sin parar, por lo que tuvieron que acudir dos hombres más para sujetarlo, mientras el doctor se acercaba por detrás con una jeringuilla tranquilizante, como a los animales salvajes.
Como no se estaba quieto le costó pincharle en el hombro e inyectarle el líquido transparente que contenía. Apenas le dio tiempo a girarse a ver qué era aquello que le había picado. Enseguida su visión se volvió borrosa y las piernas le flojearon, perdiendo el conocimiento casi al instante.
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