Rüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
Cuando entró en el casino descubrió que Nikke aún estaba sentado en una de las mesas de pócker con otros tres tíos de diversas edades y razas. Desde luego él era un crío a su lado, pero se le daba bien el pócker y, al parecer, sus compañeros de partida lo respetaban como al que más. No hay que subestimar al enemigo, o como él mismo solía decir muy a menudo cuando alguien se metía con su edad y su físico en relación con su trabajo: No por que el tigre esté flaco vamos a llamarlo gato.
A Rüdiguer no le gustaba mucho jugar a las cartas. En Aguas Negras lo hacía por que no había otra cosa con qué distraerse y sobre todo porque era una buena excusa para pasar un rato con sus amigos sin importar el dinero que tuviesen ni a lo que se dedicasen. Esperó paciente a que terminaran la partida. Nikke no ganó aquella vez y al verlo decidió retirarse tras cuatro manos seguidas en las que había ganado dos. Con lo cual quedó como estaba. Lo que había ganado en unas lo había perdido en las otras. Rüdiguer le contó lo que había hecho, haciéndole los dientes largos al sustituir al cayo Malayo de Lulú por una de aquellas chicas exuberantes salidas del catalogo de ropa interior de Victoria's Secret. Y omitiendo la oscura relación de Jowy con el tipo de los negocios sucios, claro.
Como estaban cansados, a Nikke todavía le dolía la cara y la nariz, y ya era muy tarde decidieron irse al hotel a descansar para estar frescos por la mañana y terminar con todo aquello de una vez. Nikke le había hecho prometérselo y todo.
Salió un día de postal. No hacía viento, el sol brillaba fuerte y el cielo estaba despejado de un color azul intenso como hacía tiempo que no lo veían. Tras desayunar fueron a vigilar el piso de LB. Las calles a aquellas horas de la mañana estaban desiertas y lo más probable sería que LB estuviera durmiendo si salió anoche, al terminar su turno en el Corte Inglés. Pero era pronto para ir a la puerta del Burguer King porque sabían que hasta las once por lo menos no habría movimiento por allí.
Iban en las motos hacia casa de LB cuando se la encontraron de cara,caminando por una acera, pensativa, con una carpeta abultada bajo el brazo, además de su bolsito de siempre. ¿Dónde iría? ¿Abrían las facultades en domingo? Ella no se percató de su presencia y enseguida Rüdiguer le hizo una señal a Nikke para que la siguieran con disimulo. LB seguía teniendo aquella característica forma suya de mover el culo al andar que dejaba a todos los tíos pasmados mirándola.
Se dirigía al barrio donde estaba el bar del tipo barrigón donde Jowy tocó el piano la noche que más llovía. Rüdiguer empezó a ponerse nervioso. Sin duda había quedado con ella para hablarle de la foto o algo así. Lo intuía. Lo presentía. Era una corazonada. Ya no había marcha atrás. Además, se lo había prometido a Nikke, que el chaval se merecía unas vacaciones de verdad y se había portado mejor de lo que esperaba de él.
Efectivamente,se paró en el portal contiguo al bar. Inmediatamente Rüdiguer paró la moto enfrente para poder ver con claridad el número de puerta al que llamaba con el dedo índice. Con el ruido del tráfico no pudo distinguir lo que hablaba por el portero automático pero enseguida le abrieron la puerta y se perdió en la oscuridad de su interior.Había llamado al seis. Ahora tendría que hacerse el ánimo y arriesgarse.
Cuando Nikke llegó a su altura lo miró con cara de circunstancias.
—¿Qué?¿Vamos a subir o qué? —preguntó impaciente.
—Sí.Esperaremos un rato, para que hablen de lo que tengan que hablar y luego subiremos. Mientras, busquemos aparcamiento para estas —dijo,refiriéndose a las motos.
Encontraron sitio en aquella misma calle, un poco más adelante. Las aparcaron,sin muchas prisas, y volvieron sobre sus pasos hacia el portal donde había desaparecido LB.
—¿Y si no vive allí? —preguntó Rüdiguer pensativo, que no paraba de darle vueltas a la idea de tener que encontrarse con ella de una vez—. ¿Y si ha ido a visitar a cualquier amigo?
—Vamos,no jodas, hombre —contestó Nikke, que ya lo conocía como si lo hubiera parido y presentía que intentaba volver a escaquearse—.Pues si no vive allí, hablaremos con LB y que nos diga donde vive y que nos acompañe para suavizar el encuentro. ¿No crees que sería buena idea?
—Sí,claro —dijo después de unos cuantos pasos en silencio, meditando la propuesta.
Cuando llegaron al portal se detuvieron frente al panel de timbres. En la puerta seis no ponía ningún nombre, como en los demás. No se atrevía a pulsar. ¿Qué le diría? Se sentía patético, tanto o más que cuando era un adolescente que jugaba a espiarla y no se atrevía nunca a dar la cara. Parecía que no había pasado el tiempo. Y habían pasado siete años. Siete. En siete años la gente cambia, y Jowy también habría cambiado. Ya había visto los cambios físicos, a mejor, por supuesto. Pero le daban más miedo los cambios internos.
Nikke se impacientaba pero no era capaz de tomar las decisiones por él. Se limitaría a meterle un poco de presión para hacerlo reaccionar porque tenía comprobado que funcionaba mejor así: Bajo presión.
Estando allí pasmados, frente al panel de timbres, sin atreverse a pulsar al seis, apareció una señora mayor con un carrito de la compra que separó tras ellos mientras se buscaba las llaves en el bolso. Al verla le cedieron el paso para que abriera la puerta. La mujer los miró desconfiando pero abrió la puerta y entró con el carrito.
—¿Vais a subir? —les dijo antes de cerrar la puerta.
—Eh,sí, sí, pero vamos a esperar a ver si están en casa —contestó Rüdiguer, como si ya hubiesen llamado a algún sitio y estuvieran esperando una respuesta.
La mujer se metió para dentro dejándoles la puerta abierta. Ellos cruzaron un par de miradas y esperaron en silencio hasta que la mujer se metió en el ascensor y subió.
—Vamos por las escaleras —propuso Rüdiguer finalmente, cansado de tenerla mirada acusadora de Nikke en la nuca.
Se tomaron las escaleras con calma. Solamente había dos puertas por rellano con lo cual la puerta seis era el tercer piso. Cuando llegaron se pararon frente a la puerta. Rüdiguer pegó la oreja en la madera para ver si escuchaba algo. Se oía la tele y a alguien hablar, pero no se distinguían las voces.
Nikke llamó al timbre por sorpresa y a Rüdiguer se le paró la respiración. Se desmayaría, lo presentía, empezaba a notar la falta de riego sanguíneo en la cara, o el exceso de riego, no estaba muy seguro. Un sudor frío acompañó a un escalofrío que lo hizo temblar. No podía sostener la mirada al frente, no era capaz de levantar la vista del suelo, dejando que el pelo largo y liso le tapara la cara. Escuchó como alguien al otro lado de la puerta se asomaba por la mirilla. El corazón le latía a mil por hora esperando que se produjera el chasquido típico de las cerraduras cuando se abren. O peor aún, esperando ver la cara de quien abriría la puerta. Estaba en blanco. Se sujetó a la pared para evitar tambalearse por el mareo.
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Lamento decirte que esta historia se ha hecho demasiado larga y tengo problemas a la hora de publicar, por lo tanto, tendré que continuar en otra historia que se llamará Ethel, El heredero II, así que no tardes en buscarla en mi perfil.