Rüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
La vida allí, sin su abuela que lo agobiase, podría ser cómoda y todo. Por supuesto no olvidó subir a la torre una noche tranquila para dejar en su sitio la libreta que le había robado y que le había salvado la vida como poco, o por lo menos le había dado un poco de aire puro para respirar y aguantar otra temporada en el castillo del terror.
Tampoco se olvidó de llamar un par de veces a la tía de Jowy. Siempre por las mañanas, casi a medio día, para no despertarla. Casi siempre sonaba el teléfono hasta que se cortaba. Nunca se lo cogía. Pensó que se habría mudado, pero en ese caso hubiera cortado la línea. Un día se le ocurrió llamarla al anochecer en España, cuando solía cenar, antes de irse de fiesta, o cuando estaría arreglándose para salir. Sonó unas cuantas veces y justo cuando iba a colgar pensando que nadie le contestaría, alguien descolgó el teléfono.
Se puso nervioso de repente. ¿Y si fuera Jowy? ¿Y si hubiese repetido verano con la tía? Una voz femenina contestó. Pero no era la de Jowy, ni tampoco la de la tía. Rüdiguer preguntó por Auralia, que así se llamaba, y la joven que le había contestado al teléfono se la pasó enseguida tras preguntar su nombre. Parecía que la tía había acogido a otra pupila aquel año. Por el auricular oyó las carreras de la tía por el pasillo hasta llegar al teléfono que estaba en el comedor.
—¿Rüdiguer?—dijo ella sofocada.
—Sí—contestó él, contento por haber podido comunicarse por fin con alguien que pudiera decirle algo sobre Jowy.
—¿Qué?¿Qué tal estas? ¿Cómo te va todo por ahí? ¿Estas en Suecia todavía? ¿Vas a venir? ¿Pasa algo? ¡¡Dime algo!! Por Dios.
La tía Auralia estaba tan nerviosa como si hubiese descolgado el teléfono la mismísima Jowy. Hablaban igual. Pensaban igual. Rüdiguer no pudo más que sonreír para sus adentros. Cuanto había echado de menos aquellas prisas a la hora de hablar.
—No pasa nada —contestó tranquilamente, en su estilo—. Estoy bien.Estoy en Suecia todavía.
Jowy siempre le acusaba de que hablaba demasiado lento y de que sus pausas entre palabras le parecían siglos, pero es que ellas hablaban demasiado deprisa, atropellándose casi todo el tiempo, escupiendo palabras como si fueran una metralleta, y eso a él le hacía gracia.
—Ah,qué bien. Entonces... ¿Necesitas ayuda? —sugirió la tía un poco más relajada, sin saber de qué hablar con él.
—Sí—admitió Rüdiguer procurando no hacer más pausas que las justas para que no le atiborrase a preguntas sin dejarle dar las respuestas—. Me gustaría saber algo de Jowy —dijo finalmente,sin andarse con rodeos.
—Ah,Jowy está bien —contestó la tía respirando hondo—. Me dijo que no habías dado señales de vida y por eso está un poco enfadada contigo. ¿Qué has hecho con el móvil que te regalaron?
A Rüdiguer le entraron ganas de llorar al oír aquello, pero tenía que arreglarlo como fuese y aquel era buen momento. Sabía que entre la tía Auralia y Jowy había algo más que una relación tutor-discípulo. Era casi como una relación madre e hija, y que se llamaban a menudo durante el resto del año.
—No sabes cuánto lo siento —Se disculpó enseguida, nervioso—. Mi móvil cayó al váter del aeropuerto y murió. Y ahora no tengo el teléfono de nadie porque estaban memorizados en el móvil y no en la sim —aclaró rápidamente, tenía que aprovechar que había contactado con alguien conocido de ambos, por fin—. Le escribí unas cuantas cartas pero... —No podía decirle que su abuela las había interceptado porque daría la impresión de estar prisionero y no quería que ellas lo supieran, pero los nervios le habían hecho hablar más de la cuenta y tuvo que estar rápido de reflejos para poder arreglarlo sin que la tía, que las cazaba al vuelo hasta por teléfono, no se diera cuenta de nada raro—...escribí mal la dirección y cuando me di cuenta de eso, Jowy ya no estaba en el centro donde vivía. Intenté llamarla por teléfono pero me dijeron que no me podían decir donde estaba ahora.
La tía guardó silencio al otro lado del auricular, pero se le oía la respiración.
—¿Sigues ahí? —preguntó él, ansioso, víctima de sus propios silencios.
—Sí.Sigo aquí —contestó la tía ganando tiempo—. Verás... Jowy ya es mayor de edad y por eso ya no vive en la residencia —intentó explicar con mucho tacto—. Ahora vive en un piso compartido con algunas de sus compañeras... y bueno, no te puedo dar un teléfono para que la llames porque no tienen, no se lo pueden permitir, ya sabes, todas tienen trabajos basura y temporales...
Rüdiguer cada vez se sentía más hundido. Él allí, viviendo a cuerpo de rey y Jowy pasando apuros para sobrevivir. ¡Ni siquiera podía permitirse pagar la factura del móvil! No le parecía justo. Pero la vida no es justa: Es una mierda. Le entraron ganas de llorar y,aunque intentaba contenerse, como la tía no lo veía pues no pudo evitar soltar algunas lagrimillas, controlando la respiración en la medida de lo posible para que la tía no oyera cuando se sorbía la moquita.
—Ya,entiendo —dijo después de un rato, procurando que no le temblara mucho la voz—. Si se pone en contacto contigo... ¿le dirás que he llamado? Por favor.
—Claro,por supuesto —dijo la tía al otro lado del cable, en un tono que a Rüdiguer le pareció bastante falso. Y no entendía por qué.
Esto lo terminó de hundir.
—Vale,gracias —Y colgó el auricular empezando a sollozar como un bebé porque no podía más.
Tendría que haberle dado su número de teléfono para que ella se lo diera a Jowy y esta lo llamara. Pero no lo hizo, no cayó en ese momento.Como tampoco le preguntó nada a la tía sobre ella, qué carrera eligió, si es que estudiaba alguna, por ejemplo, o si todavía tenía contacto con alguien que él conociese. No pudo pensar en nada más.Su mente se cerró. La tristeza se instaló en su cerebro y lo bloqueó.
Después de haber colgado le vinieron a la mente las mil y una preguntas que debió hacer aprovechando la conexión. Pero pensó que, si había conseguido hablar con la tía una vez, podría llamarla más veces.Se haría una lista con las preguntas que quería saber para no dejarse nada en el tintero y así saciaría su curiosidad de una vez por todas.
Pero esa respuesta final que le había sonado más falsa que un billete de monopoly lo torturaba por dentro. ¿Qué motivos tendría la tía para no contarle nada de su llamada a Jowy si esta la llamaba alguna vez? ¿Acaso la tía ya no era de fiar? ¿Tal vez su relación se había enfriado por algún motivo? ¿Tal vez por lo que pasó en el río, con los trajeados?
No lo quería pensar. Necesitaba tiempo para fortalecerse y planear una nueva llamada, pero cuando estuviera más atemperado y preparado para respuestas de ese tipo. Ahora solo quería llorar, y eso hizo: Llorar de impotencia hasta que se le secaron los ojos.
Intentó llamar a la tía Auralia al día siguiente, y al otro y al otro, a la misma hora, pero nadie le cogía el teléfono. Probó también llamara otras horas. Y un día estuvo llamando a cada hora del día, y dela noche. Al final un día saltó un contestador diciendo que el abonado al que llamaba había cambiado de número. Definitivamente latía no era lo que él pensaba. Sospechaba que jamás le diría nada a Jowy y esta seguiría enfadada con él por los restos. Aunque...cabía la pequeña esperanza de que la vocecita que descolgó el teléfono y pronunció su nombre tuviera alguna relación con Jowy y algún día, por casualidad, se lo contara. Era una posibilidad remota, muy remota, pero se aferró a ella con uñas y dientes. No le quedaba más remedio y confiaba a ciegas en lo cotillas que suelen ser las mujeres, sin importar la edad que tuvieran. Al final, si tenía contacto con Jowy aquella vocecita acabaría contándoselo,estaba seguro. Aquella vocecita era su salvación.
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