Rüdiguer es reclamado por su abuela como heredero de un condado que detesta, pues será la diana humana de los enemigos de su familia, que ya se han cargado a todos sus antecesores. Así que tratará de hacer todo lo posible, por las buenas o por las m...
Interrumpieron sus pensamientos unos golpecitos en la puerta de su habitación. Era Cornelia, con el carrito de la cena. Oyó descorrerse la llave y la vio entrar, tras separarse de la ventana y cerrarla de nuevo. Fuera se quedó uno de los guardias de seguridad que le había abierto la puerta a Cornelia.
—Vaya susto nos diste, hijo. ¿Qué te pasó? —le preguntó preocupada al verlo despierto y levantado.
—Se me cruzaron los cables —contestó desganado, ruborizándose casi de inmediato, mientras se acercaba al carrito de la cena porque estaba muerto de hambre—. ¿Cuánto tiempo he estado fuera? ¿Qué día es hoy?
—Estamos a 25 de Mayo, querido —respondió ella, destapando la fuente humeante que traía—. Angus y Per se han encargado un poco de tu rebaño —añadió, echándose a reír—. O más bien el rebaño se ha encargado de ellos...
—¿Lo han sacado a pastorear? —preguntó incrédulo.
—No.Le han abierto las puertas del corralito un par de veces para que puedan comer hierba de por aquí, mientras ellos siguen con sus tareas... —La risa de Cornelia era contagiosa y no cesaba—. Pero no veas luego para volver a meter a los animales dentro... ¡No había manera! Ese chucho que tienes por perro pastor no les obedece. Ni a ellos, ni al silbato. Las tenían que meter a mano —Cornelia se descojonaba de recordar la escena.
Rüdiguer acabó riéndose también de imaginárselos, tanto, que hasta le dolía la barriga de las palizas recibidas. Todas aquellas personas que lo empezaban a conocer estarían confundidas y desorientadas por su comportamiento, y no le gustaba que pensaran de él que era un bicho raro, con tan poca estabilidad emocional que se arrancaba en ataques de ira cada dos por tres, a la menor ocasión. Él no era así, y no le gustaba que los demás pensaran que sí.
—Tendré que compensarlos de algún modo —dijo, poniéndose serio—. Menos mal que hay alguien en esta casa que piensa un poco por mí —añadió,pensando en voz alta.
—Nos tenías preocupados —dijo Cornelia retirándose, una vez ya serenada—. Los que te vieron estrellarte contra la verja pensaron que te habías matado en el acto —Hizo una pausa para mirarlo detenidamente—. Has tenido mucha suerte, hijo, el coche ha quedado para la chatarra.
—Lo siento —se disculpó, bajando la cabeza, avergonzado—. Supongo que tendré que aprender a controlar mis impulsos, pero es que... —Y cerró el puño, apretando fuerte mientras una vena le sobresalía por el cuello—. Es que mi abuela me lo está poniendo muy difícil—dijo por fin, y se relajó.
Cornelia casi pudo verle chispas en los ojos al referirse a su abuela. Ella sabía que no era una santa, ni mucho menos, y se hacía una idea delo que él estaría pasando, por eso no dijo nada más al respecto e intentó desviar el tema despidiéndose alegremente, aunque al cerrarla puerta y perderlo de vista volviera a su cara el gesto preocupado.
Cuando Cornelia se fue, Rüdiguer devoró la cena como si no hubiera comido en años. Después, con la barriga llena, se puso a estudiar un rato hasta que se hiciera de noche para poder bajar a la cripta. No podía demorarlo más, tenía demasiada curiosidad.
Caída la noche, que cada vez tardaba más en caer por aquellas latitudes, cuando creyó que todos dormían, rebuscó en su petate un viejo zippo plateado que le robó al Piro cuando aún estaba en el internado de Pamplona. Si el túnel era tan largo como parecía en el mapa, seguramente necesitaría algo con lo que hacerse luz, y no tenía ninguna linterna a mano, ni se le ocurría, en aquellos momentos, donde podrían guardar alguna. Así que, con el zippo en el bolsillo, cogió su alambre mágico y, tras hurgar brevemente en la cerradura de su habitación, logró descorrerla llave y abrir la puerta en silencio, para que no lo oyera el guardia de seguridad. Siempre es más seguro que descolgarse por la ventana. El estómago lleno le hacía pensar con más lucidez.
El pasillo estaba desierto. Al parecer, al vigilante lo habían enviado a dormir también. Pues mejor para él. Bajó por las escaleras hasta la planta baja. Tampoco por allí había nadie. Salió al patio interior a través de las cristaleras, abriéndolas con cuidado porque sabía que chirriaban un poco por la humedad. Consiguió meter el cuerpo por la ranura que había abierto antes de que chirriaran.Se dirigió a la torre, mirándola majestuosa y elegante, en toda su magnitud, elevándose hacia el cielo, sujeta por los cuatro pasillos laterales que la comunicaban con el hexágono que formaba el resto del edificio y más arriba, los arcos y contrafuertes que la sujetaban, como si fuera un cohete preparado para empezar la cuenta atrás.
Lo que tenía de majestuosa lo tenía de maligna. No le costó mucho imaginarse una bandada de cuervos volando en círculo justo encima de ella, graznando amenazadores, mientras un rayo atravesaba la nube negra que la coronaba. Encajaría perfectamente en Mordor.
Pero eso era solo su imaginación. Por suerte aquella noche estaba despejado y la luna acompañaba, iluminando el patio con su luz azul.Las estrellas sonreían silenciosas colgadas de la noche y la calma que se respiraba era absoluta. Tanta que sus pasos sobre la grava podrían despertar a alguien. Procuró andar con más cuidado,tratando de flotar, casi.
Finalmente llegó a puerta de la cripta. De hierro forjado, igual que la de la bodega, que estaba justamente al otro lado de la torre. La bodega se mantenía casi al nivel del suelo, pero la cripta descendía por unos oscuros escalones de pizarra que la hacían más tenebrosa todavía.
La puerta no tenía llave ni nada, solo una simple manivela. ¿Para qué poner una llave allí? Los que había dentro no se iban a escapar,pensó sarcástico. Una vez dentro, la luz de la luna lo abandonó y tuvo que encender el zippo para poder ver el mapa. No quería encender la luz para que no se viera desde fuera a través de las rejas de la puerta. Y de paso, para evitar que sus ojos fueran aparar a la tumba de sus padres.
Decidió concentrarse en el mapa. Según el dibujo, el túnel partía desde la pared del fondo izquierdo, entre la tumba de Gustav y Mangor, su bisabuelo. Se acercó para inspeccionar la pared. La piedra estaba enmohecida. La humedad allí abajo era abundante. Los pobres cadáveres deberían descomponerse rápidamente gracias a los miles de gusanos y otros bichos que poblarían, sin duda, aquel lugar tan húmedo. A simple vista no se notaba nada, ni un asa, ni una grieta,ni una flecha que le dijera: "por aquí". Se sentía como Indiana Jones, pero mucho más torpe.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
El dibujo de la torre es simplemente un boceto que he hecho yo. No he podido editarlo y dejarlo como a mí me hubiese gustado, pero para hacernos una idea de cómo es la torre maligna, me sirve, jejeje.