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Estar ceñido en los brazos de Morfeo era como fluir en la marea del mar. Era agradable una vez las olas bajaban y podías solo flotar. El agua contra su espalda se sentía fría y refrescante, y su rostro iluminado por el sol se sentía cálido y cómodo: haciendo de aquel sueño el perfecto anestesiante de todos sus dolores. No sabía cuánto tiempo había pasado, porque su razón lo convencía de segundos y su conciencia de días, pero, ¿importaba?

Era cómodo. Muy cómodo sólo flotar así.

El cielo con las nubes y la tierra con el agua. Así debía ser. Así se sentía el orden y la tranquilidad.

Parecía perfecto.

Parecía ideal y utópico.

Quizás por esa misma tendencia a la imposibilidad una gota se deslizaba por su rostro, ahora. Rompiendo con el patrón, y dibujando una sutil discordancia en el abrazo cálido del Dios del Sueño.

Su ceño intentó fruncirse. ¿Una gota?

¿Por qué una gota?

La perla húmeda se deslizó por su rostro, bailando hasta sus labios. Donde se percibió cálida, y salada.

¿Qué era? ¿Agua del océano?

Palpó con sus dedos intentando acariciar el agua, pero la fricción con el algodón floral y de aroma familiar lo despertó en el tacto. No. Ese no era el océano.

La sal se sintió fresca en sus labios. ¿Entonces esa no era agua de mar?

Los brazos de Morfeo se abrieron, golpeándolo de frío. Del frío que caracterizaba a la primavera cuando la tierra a penas se acostumbraba a no estar terriblemente helada y a atraer la calidez.

Calidez...

¿Calidez?

Pero... Eso sí lo tenía él.

Sintió la dulce sensación extenderse por el cuerpo. Como si siempre estuviera ahí.

Siempre había estado.

De hecho, le trepaba.

Le subía lento por el cuerpo. Suavemente, con una melodía.

Una melodía tenue y lejana.

Su cabeza despertándose por partes gracias a su largo sueño se orientó a la melodía que fluyó por sus oídos como un timbre de voz dulce y grave.

¿Qué era...?

Solo unos segundos después comenzó a distinguir palabras de aquellos sonidos. Letras que juntas cobraban un sentido. Su cuerpo entumecido tardó en asimilar lo que escuchaba.

Lo entiendo... —un silencio corto atravesó sus tímpanos junto a los extraños sonidos—... Siempre lo entendí, créame... En mí no-... En mi no hay algo así como rencor. Es un dolor que compartimos.

Sintió ganas de fruncir el ceño, no entendiendo. ¿Quién era?

¿Qué pasaba?

Despertarse y ser consciente pareció tan difícil como levantar toneladas con los brazos.

No debe preocuparse, señora Kim. Ahora es la oportunidad adecuada para dejarlo ir. Piénselo... —hubo una larga pausa—... Quizás él no ha descansado como debería, con todas las inconsistencias y los problemas. Ahora que se sabe la verdad... descansará completamente en paz. Tenga la certeza de ello. Hay algo en mí que me lo dice.

El silencio volvió a hacer presencia. Pero las ganas de despertarse en el hombre no cesaron. Hizo fuerza desde dentro, de una manera inexplicable que le hizo sentir las extremidades pesadas. Quería levantarse.

Control «KookTae» ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora